EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LUGAR DE PAGO: VALLE DE JOSAFAT


Se ha montado cierto revuelo mediático cuando se ha conocido la intención del Tesoro de emitir Deuda Pública a treinta años. No es la primera vez que se hace, ni tampoco será la última. Es habitual entre los grandes países realizar emisiones a muy largo plazo para estabilizar los precios de la deuda y ofrecer a los Fondos de pensiones activos seguros y rentables con los que configurar su cartera, de modo que puedan garantizar a sus fondistas los retornos pactados, si bien siempre se realiza en pequeños porcentajes ya que no tiene sentido alargar tanto la devolución de ningún préstamo,

De todos modos, endeudarse a plazos tan largos nunca es recomendable. La capacidad de financiación de una economía no es infinita y toda deuda, por pequeña que sea, ocupa parte de la misma. Por ese motivo, la emisión de grandes cantidades de estos títulos se ha reservado para momentos muy concretos. Estados Unidos financió la II Guerra Mundial con bonos a cincuenta años. Los War Bonds (Bonos de Guerra) eran también un apoyo patriótico al esfuerzo bélico y fueron publicitados por grandes artistas de Hollywood como la  alemana y antinazi Marlene Dietrich, Carole Lombard, – esposa de Clark Gable – que falleció en un accidente de aviación cuando regresaba de un acto de apoyo a la guerra contra los nazis o Dorothy Lamour, muy activa en su promoción en la que hasta Bugs Bunny, en un cortometraje encargado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, pidió a los estadounidenses que invirtiesen en ellos sus ahorros.

También es razonable hacerlo si se trata de emisiones finalistas; ha sido normal buscar los recursos necesarios para la construcción de grandes obras públicas como túneles, viaductos, autopistas, puertos o aeropuertos, mediante emisiones de este tipo. Así, los ingresos generados por la propia inversión – vía peajes – se utilizan para abonar los intereses pactados y una vez que la infraestructura entraba en beneficios se reducía la deuda mediante amortizaciones parciales de bonos decididas por sorteo. Un caso utilizado en situaciones de emergencia y hoy desconocido fue el de la denominada Deuda Perpetua. España la emitió a lo largo del siglo XIX y hasta los años setenta del siglo XX. Al finalizar la guerra civil, se realizó una amplia operación de ordenación de los pasivos del gobierno conocida como arreglo de Larraz que supuso la suspensión de las amortizaciones hasta 1946 y la emisión de Deuda Perpetua interior libre de impuestos y pagadera al 4%. Como decía el Decreto de emisión de deuda de marzo de 1928, la deuda perpetua no es eterna, pero es claro que ofrece al país emisor una clara ventaja en la gestión financiera de sus cuentas ya que es el gobierno quien decide cuando amortiza y en que importe lo hace. Mientras tanto, los títulos de deuda perpetua se convierten en una renta segura o al menos, tan segura como el país emisor.

Endeudarse a un plazo tan largo genera un claro problema de coste ya que por bajo que sea el tipo de interés de la emisión y dado que el pago de intereses se extiende en un plazo muy dilatado, los gastos financieros totales siempre son muy altos. Un bono de mil euros a cincuenta años y al cinco por ciento de interés anual supone un pago total de tres mil quinientos euros, mil de amortización de principal y dos mil quinientos de intereses. Aún así, la inflación, cuando existe, acababa resultando un aliado del gobierno al rebajar sensiblemente el coste real de la deuda pues este es inversamente proporcional al incremento de ese oscuro y anestésico impuesto que llamamos inflación. Pero al menos, este tipo de emisiones tenían una finalidad clara y concreta, financiar la guerra o las infraestructuras o atender a un grave problema de liquidez en el caso de la deuda perpetua. Además, desde que aparecen los títulos en el mercado primario, los inversores y los contribuyentes conocen la incertidumbre en el plazo final de devolución de la deuda y sobre todo, si las emisiones se dedican a financiar inversiones de vida útil longeva, el equilibrio entre el plazo de devolución y el bien adquirido será provechoso para la sociedad.

Lo que debería inquietarnos no es la emisión de deuda a treinta, o incluso a cincuenta años, ya que si se conocen las reglas del juego y estas se aplican desde el inicio del partido, no podemos sentirnos engañados. En cambio, cada año se renueva, una y otra vez, deuda a corto plazo y esa situación no parece alarmar a nadie. Lo que es una mala decisión financiera es endeudarse a corto plazo para afrontar gasto corriente y un año después, pagar ese primer préstamo mediante el efectivo recibido al conseguir otro, también a corto plazo. Porque ese juego de emitir deuda a un año para cancelarla con otra emisión de idénticas características realizada unos días antes de que venza la anterior es una clara estafa al contribuyente que al final va a terminar de pagar gastos corrientes de cualquier año ya olvidado en el calendario el día del Juicio Final. Y así es como hoy actúan los estados, renovando ad infinitum la deuda, no endeudándose para crecer sino para pagar los intereses de una deuda contraída para ya ni se recuerda qué. Por eso era más decente emitir deuda perpetua, al menos el inversor sabía que cuando llegara al valle de Josafat, donde sitúa la Biblia el juicio al final de los días, podría alegar en su descargo que alguno de sus pecados había sido provocado por la angustia que le generó la falta de liquidez producida por aquella deuda que nunca llegó a cobrar.

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1 comentario

  1. Precioso retazo de cultura financiera.

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