EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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DEUDA Y HUEVOS CON JAMÓN


En septiembre – son datos del Banco de España – la deuda de las familias ascendía a la bonita cifra de 798 mil millones de euros. Un auténtico pastizal, como decía un antiguo cliente de mis tiempos de bancario. La suma es terrorífica ya que supone que cada español, sea cual sea su edad, debe casi diecisiete mil euros. Pero la noticia, vista desde el prisma financiero, es muy buena ya que hace sólo un año debíamos 840 mil millones. O lo que es lo mismo, unos mil euros más por cabeza. Y si añadimos que es el registro más bajo desde febrero de 2007 pasa a ser excelente. Haciendo una simple división, vemos que, durante el último año, las familias españolas han reducido su deuda en 117 millones diarios. Por otra parte, las empresas deben sesenta y nueve mil millones menos aunque todavía cargan sobre sus hombros otra cantidad más que respetable, algo más de un billón – con b de barbaridad – de euros. En su caso, replican niveles de abril de 2007. Un durísimo ajuste ha sido una constante en familias y empresas desde el inicio de la crisis.

En cambio, tras cuatro años de cacareada austeridad, la deuda pública española, aquella de la que es titular el estado, desde el gobierno de la nación hasta el más pequeño de los ayuntamientos, ha crecido. En junio sumaba 947 mil millones y puede que más, si hacemos casos a los rumores de facturas guardadas en cajones y contabilidades distraídas. Si lo comparamos con lo que debíamos en 2007 se nos cae el alma a los pies, que diría un castizo. En cinco años nos hemos endeudado en casi seiscientos mil millones de euros. Otros veinte mil por cabeza y sigue subiendo.

Permítanme tapar el disgusto con ironía y un recuerdo de los versos tristes y duros de don Antonio Machado que aprendimos en el colegio. Españolito que vienes, al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas, ha de helarte el corazón. No sé si aún sigue habiendo dos Españas o veintidós, pero lo que está claro es que si cada bebé que nace se enterara de que antes de conocer a su madre ya debe 37 mil euros, se le iba a helar algo más que el corazón. Con razón lloran.

Que las familias han cambiado su patrón de vida es evidente. El consumo ha caído y con él, el endeudamiento. Además de no pedir prestado, se han esforzado en devolver deuda, aprovechando de paso, la estabilidad de los tipos de interés que no ha encarecido las devoluciones. Pero si el estado es austero, ¿cómo crece su endeudamiento y además, lo hace de un modo tan exagerado?

Visto así, no se entiende. Es claro que la administración asume más gasto en plena crisis ya que aumenta el desempleo y con él, el volumen de prestaciones a pagar. Y como la deuda sube, también hay que reservar más dinero para hacer frente a los intereses. Pero no hay mucho más y sin embargo, los recortes en todo tipo de políticas son claros e incluso sangrantes. Por tanto, la cifra de gasto no debería subir mucho y los incrementos podrían compensarse, en parte, con los ahorros realizados. En ese caso, no habría déficit o sería más o menos el mismo y por tanto, la deuda no tendría por qué crecer de modo tan escandaloso. Entonces, ¿dónde está el dinero?

Pues el problema es que no está. Una parte muy importante se ha dilapidado en el mantenimiento de una administración hipertrofiada pésimamente gestionada. Si a eso le sumamos el despilfarro en gastos innecesarios como los famosos aeropuertos peatonales, las televisiones públicas arruinadas, los asesores ineficientes y las agencias, fundaciones, empresas y demás administración paralela, la cifra engorda y mucho. Por eso, la cantidad es elevada y su justificación imposible. Y lo más triste es que se haya esfumado en gasto puro y duro, ese que no genera retornos pero que sí intereses que se añaden al gasto financiado. Como, para más inri, el estado no ha cambiado sus hábitos, el dinero de todos se diluye como un azucarillo en una taza de café caliente. Y lo peor es que vamos a estar pagando el capricho durante demasiados años.

Esta contracción de la deuda privada combinada con el incremento de la pública recuerda aquella anécdota del cocinero que al recibir a un nuevo pinche le explicaba: Si quieres ser un chef reconocido no basta con que cocines bien, hay que ser sublime, porque la alta cocina no admite más que la excelencia. La cocina es una pasión más que una profesión y hay que involucrarse más allá de lo que se haría en cualquier trabajo. Con cara de pasmo, el chaval le reconoció que no entendía ni papa. Así que el chef sonrió y le preguntó si tenía hambre. Como contestó que sí, cogió una sartén, dos huevos y unas lonchas de jamón. Preparó un plato exquisito sobre que el que puso un buen trozo de pan y le pidió que le acompañara al jardín trasero del restaurante. Mientras el chico se zampaba aquellos huevos con jamón, el chef le señaló a las gallinas que paseaban libremente por el corral y le dijo: ¿Las ves? esas han puesto los huevos. Pero, ¿a que no ves al cerdo? A eso me refiero, para que tú te comas este plato, la gallina se compromete, pero el cerdo… se implica.

Y aquí ocurre algo similar, la gallina-estado se compromete, pero ahí sigue picando maíz del comedero; la sociedad civil, como el cerdo, se implica en el ahorro y se deja la vida en el intento.

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