EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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Y LA TELE SE FUE A NEGRO


Hay que tener cierta edad para recordar que en España sólo existían los dos canales de Televisión Española. O que la gente llamaba a la segunda cadena el UHF porque eso ponía el botón con el que se seleccionaba. Los españoles de entonces adolecían del mismo defecto que muchos líderes políticos actuales, no hablaban inglés, así que casi nadie sabía que significaban esas siglas, aunque les daba igual. Lo importante era que al fin podían elegir entre dos canales distintos. A media tarde se cortaba la emisión un par de horas, entre la telenovela que seguía al telediario y la programación infantil. Y por la noche, se cerraba con la interpretación del Himno Nacional sobre una imagen del Jefe del Estado, primero en blanco y negro y después en color, a lo que seguía la Carta de Ajuste que permanecía en pantalla hasta el mediodía siguiente.

La boda de los príncipes de Gales. Un éxito histórico de la tele en blanco y negro.

La boda de los príncipes de Gales. Un éxito histórico de la tele en blanco y negro.

Después se alargó la programación a toda la tarde, nacieron los programas matinales y la hora de cierre fue haciéndose más tardía hasta que la emisión se convirtió en continua. A su vez, las Comunidades Autónomas decidieron crear sus propios canales tras rechazar la propuesta de crear un tercer canal que daría servicios centralizados a todas ellas con desconexiones regionales. Pero como todos pensaban que la televisión era un medio para crear opinión y controlar a las masas, la decisión de los gobiernos autonómicos fue la de poner en marcha sus propias corporaciones a imagen y semejanza de TVE. Al igual que el rey nos recuerda cada Nochebuena, el montón de cosas que en esas fechas tan señaladas, le llenan de orgullo y satisfacción, los presidentes de todas las Comunidades Autónomas con televisión propia tomaron la costumbre de dirigirse a sus conciudadanos en Nochevieja, recuperando por cierto, la fecha en la que el General Franco inauguró la costumbre de enviar un mensaje institucional a los españoles.

Aunque TVE incluyó la publicidad desde muy pronto, sus costes de gestión fueron casi siempre superiores a los ingresos generados y la deuda del llamado Ente RTVE siempre fue en aumento, al igual que su sobredimensionada plantilla, parte de la cual se dedicaba a lo que se conocía como hacer pasillos. Es decir, cobrar por no trabajar ya que no tenían asignada tarea alguna. En muchos casos, ese hacer pasillos procedía de alguna depuración ideológica que, al tener los trabajadores de TVE consideración de funcionarios, no podía sustanciarse en despidos.

Desde que el 31 de diciembre de 1982, ETB realizó su primera emisión en pruebas hasta hoy, todos los defectos de gestión de TVE, sus sobrecostes, su manipulación informativa o sus razias ideológicas han sido miméticamente copiadas por las autonómicas. Hasta trece comunidades han puesto en marcha su propia televisión, sea con un solo canal o con los ocho de Cataluña. Al igual que ocurría en TVE, la financiación de las cadenas públicas es mixta ya que admiten publicidad. Pero la realidad es bien distinta, los fondos públicos son quienes las sustentan ya que los ingresos publicitarios son testimoniales y si les deducimos aquellos que provienen de empresas públicas, hay casos en los que podrían calificarse de inexistentes. Por otra parte, con la llegada de la TDT el número de televisiones locales de titularidad pública se ha disparado y aunque es desconocido, se sospecha que se acerca al millar.

El lógico fundido a negro de Canal Nou ha hecho caer el decorado y nos ha mostrado en toda su crudeza las miserias de unas televisiones, mucho más preocupadas en servir a sus gobiernos que en ser un auténtico servicio público y ha sacado a la palestra la ruina del sistema que se ha generado en los últimos decenios.

La estructura de las televisiones públicas es insostenible e inviable. En primer lugar por el coste anual que suponen. Se estima que cada ejercicio, 1.200 millones de dinero público se cuelan por el sumidero de las diversas empresas públicas que las gestionan. A lo largo de estos años, los costes de inversión en estas estructuras improductivas no tienen desperdicio. Y tampoco debemos olvidar la competencia desleal que supone para las compañías privadas de televisión el hecho de que mientras las públicas pueden generar pérdidas que se enjugarán mediante subvenciones, aportaciones de dinero público al capital o avales, también públicos, para obtener financiación bancaria, las pérdidas de las privadas solo pueden compensarse con aportaciones de los socios. Y sin embargo, las televisiones públicas absorben parte de la inversión publicitaria, aunque, dada su ineficiencia como prescriptores de clientes, sólo son capaces de rebañar las sobras del pastel que se reparten los dos grandes grupos mediáticos. Y además, nadie cree que haya mercado publicitario para tantos canales.

Por otra parte, la televisión que ofrecen las cadenas públicas responde a un modelo generalista absolutamente obsoleto. Estas macroestructuras requieren miles de empleados directos a los que hay que sumar otros tantos que trabajan en productoras y subcontratas pero que dependen, al fin y al cabo, de la cadena. Dado que el coste de la televisión digital es muy inferior resultan claramente ineficientes.

Pero lo peor de todo no es ni siquiera el coste ya que hay servicios públicos más costosos pero necesarios. Lo absolutamente inadmisible es su innecesariedad. ¿Qué aportan al ciudadano? Nada. Todas nacieron de la voluntad política. Puede que sean necesarias para mantener a un partido en el poder pero no para formar, informar y entretener como proclamaba la vieja frase que pretendía definir el objetivo de la televisión.

Las soluciones políticas al problema del déficit de las televisiones resultan patéticas. Se habla de privatizarlas pero ¿quién va a aportar el capital necesario y además va a asumir la enorme deuda existente? Está claro que nadie, absolutamente nadie. Por tanto, la solución económica es solo una, el fundido a negro y el cierre.

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