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¿DÓNDE ESTÁS, CINCINATO?


Publicado en Granada Hoy.

Gustan nuestros políticos de publicar libros sobre sus ideas o su proyecto de España y de editar gruesos tomos de memorias. Pero ni unos son originales, ni los otros interesantes. Como lectores, no pedimos la calidad y estilo de las Memorias de Churchill, pero sería bueno que no fuera la petulancia la única inspiradora de unos recuerdos desvaídos, ayunos de autocrítica y sobrados de rencor, rencillas y dulces venganzas. No ha sido España fecunda ni exquisita en ese género de memorias y diarios pero tampoco había que convertirlo en literatura de usar y tirar para lejanos votantes epatados.

González, Aznar, Zapatero y algunos ex ministros, como Solbes o Piqué andan de gira promocional. Se les ve felices rodeados de micrófonos y atendiendo entrevistas. Pero como las divas de la ópera que no admiten su declive, confunden el homenaje postrero con el debut juvenil y desafinan llenando de gallos el proscenio. Nuestros ex se enredan en largas y vacuas peroratas sobre el momento actual, la solución a cada problema que nos inquieta y ante todo, recuerdan su gran capacidad de resolución, sus éxitos y su liderazgo e insinúan su disposición. Con tan poco tacto que parecen en plena campaña. Todo el mundo es libre de fantasear. Ya se sabe que la imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser pero es el humor que a ellos les falta, lo que nos alivia de lo que somos. Si la política es vocación de servicio, una vez concluido, deberíamos saber abandonar el escenario con elegancia. Siempre hay que hacer mutis por el foro entre los aplausos, los pitos o la indiferencia del público. Y es la frase que da pie a la escena siguiente la que nos dice que ya no formamos parte de la obra.

Lucio Quincio Cincinato fue Cónsul allá por el 460 a.C. Dos años después, Roma, cercada por un ejército enemigo, buscó un dictador que ejerciera seis meses el poder, rindiendo cuentas al final del plazo. Cincinato recibió a los senadores labrando la tierra. Dejó el arado, acudió a la urbe y en dieciséis días derrotó al agresor. Cumplida su misión se retiró sin agotar el mandato y volvió a empuñar la yunta. Veinte años después volvieron a llamarle aunque ya frisaba los ochenta. De nuevo, concluido el servicio a la patria, renunció a la dictadura y regresó a sus labores agrícolas. Se sabía ciudadano. Ni único, ni imprescindible.

Olvidan muchos que cada momento tiene sus hombres y cada hombre, su momento.

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