EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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TRAMPANTOJOS EMPRESARIALES


Durante siglos, las artes figurativas eran el único medio que el ser humano tenía para conocer todo aquello que no podía ver o tocar por sí mismo. La pintura o la escultura imitan a la naturaleza, pero a menudo, conscientemente, el artista la falsea. ¿Cuántas veces un matrimonio de estado se rompió tras comprobar alguna de las partes implicadas que la belleza ideal que le había sido presentada en un idealizado retrato, fruto de la experta mano de un avezado pintor, no se correspondía con el rústico porte de quien acababa de serle presentado? Aún con su máximo genio, ni el divino Miguel Ángel pudo crear la realidad. Quizás por ello, obsesionado ante su Moisés, lo golpeó mientras le gritaba desesperado: Parla, cane! (¡Habla, perro!).

Trampantojo. Scwarzersaal (Sala Negra). Residenz.  Munich. (Alemania)

Trampantojo. Scwarzersaal (Sala Negra). Residenz. Munich. (Alemania)

Todos somos conscientes de que identificar representación con realidad es un error. Ni siquiera la fotografía, aparentemente más neutral que la pintura es capaz de trasladarnos el tacto, el olor o el sonido de un momento. Mucho menos, si frente a la cruda realidad captada por un fotógrafo de guerra, oponemos la fotografía de estudio realizada con luces dirigidas, filtros o enfoques estudiados.

Y, desde luego, si entramos en el campo de los retoques, es más fácil que el resultado pertenezca, como los viejos retratos de corte, al ámbito de la fantasía.

Para algunos, la imagen empresarial es más importante que la realidad. Es cierto que la reputación y la impresión que recibe el mercado es decisiva para  una hacer de cualquier empresa una estructura económica eficiente. Nadie se convertiría en proveedor o cliente de una compañía si tuviera de ella una imagen negativa. Sea, por ejemplo, porque no cumple con sus obligaciones, porque la calidad real de sus productos no es la que promete en sus catálogos, porque la actitud de sus trabajadores no responde a la profesionalidad exigida o porque la moralidad de sus directivos se aleja de lo que razonablemente espera el mercado. Una empresa bien gestionada eliminaría las ineficiencias atacando el problema en su origen pero son muchas las que prefieren, para incurrir en el menor gasto posible, la mera representación.

El incumplimiento de las obligaciones de pago se camufla mediante demoras administrativas, seguidas de larguísimos aplazamientos o gracias a la implementación de operaciones financieras que ocultan la realidad mercantil con la misma habilidad que el pintor cortesano obviaba la cojera de un príncipe poco apuesto u olvidaba las marcas de acné de la joven princesa casadera.

Otras veces, se pretende compensar la poca calidad de un producto presentándolo en un envase innecesario adornado con un exuberante lazo, sin pensar que una vez abierto el paquete, la atención del cliente se centrará en lo adquirido y no en su inútil envoltorio. Entiéndase el lazo como metáfora que se personifica, según el sector, en conocidos personajes que prestan su imagen, reputados profesionales que garantizan la operación o excelentes condiciones de pago que nos permitirán disfrutar de un magnífico apartamento de cuarenta metros cuadrados en la Costa del Sol con vistas al Cantábrico.

Muchos departamentos de Recursos Humanos, conscientes de la baja calidad de su personal y de la imposibilidad de mejorarlo dada la mísera política retributiva de la compañía en la que prestan sus servicios, abogan por dar a sus empleados leves capas de barniz mediante cursillitos de veinte minutos, a ser posible on line para que los realicen en casa y cuyos resultados, en caso de haberlos, no serían capaces, ni en el mejor de los sueños, de contribuir a engañar a un cliente medianamente informado.

Y por último, los directivos inmorales suelen llamar a su ausencia de ética empresarial, ambición, arrojo o decisión cuando no recurren a viejos tópicos del tipo no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Castiza frase esta que ha sido sustituida por un desagradable eufemismo de origen militar, como es el de los inevitables daños colaterales.

El problema de estos trampantojos empresariales es el mismo que el de los pintados para engañar al ojo del espectador. Si alguien se acerca, descubre el engaño. Cuando tocas la pared, compruebas que las columnas corintias y el busto romano que parecían enmarcar la puerta de la sala carecen de volumen. Quizás en la pintura, la habilidad del autor produzca admiración, pero el mercado tiene sus propias reglas y del engaño sólo nace la desconfianza. Al final, el proveedor se cansa de recibir promesas o papelitos y acaba exigiendo dinero; el cliente no vuelve a comprar lazos a precio de producto, los trabajadores acaban en el paro y los directivos en la cárcel. Todo ello, por supuesto en los mercados libres y en los estados donde la separación de poderes es una realidad y no un trampantojo jurídico.

La distancia revela el truco. Trampantojo. Scwarzersaal (Sala Negra). Residenz.  Munich. (Alemania)

La distancia revela el truco. Trampantojo. Scwarzersaal (Sala Negra). Palacio Residenz. Munich. (Alemania)

La traición de las imágenes es una serie de cuadros realizada por el pintor belga René Magritte a finales de los años veinte del pasado siglo. En uno de ellos, bajo la imagen de una pipa, el artista escribió Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa). El propio autor, preguntado por qué había realizado esa inscripción, contestó con otra pregunta; ¿Se podría rellenar? No. Así que si hubiera escrito en el cuadro “Esto es una pipa”, habría mentido.

Los mercados libres, como Magritte, prefieren y premian a las empresas sinceras. En los mercados intervenidos, desgraciadamente, no puede ejercerse la preferencia.

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