EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LAS BICICLETAS DE COPENHAGUE


Parece que España va a salir de esta crisis sin recurrir en exceso al multiplicador keynesiano. Esa idea de que el gasto público, sea cual sea su finalidad, genera de modo inmediato y potente, crecimiento económico y riqueza no es patrimonio de algunos seguidores de Lord Keynes. Al fin y al cabo, la historia nos descubre demasiadas ocasiones en las que resulta muy español eso de proponer soluciones milagrosas e inmediatas a los problemas del país. A tal punto llegó el descrédito de las políticas económicas instadas por diversos memorialistas – conocidos como arbitristas – ante los gobiernos de España que el DRAE los define como la persona que inventa planes o proyectos disparatados para aliviar la Hacienda pública o remediar males políticos.

Bicicletas sobre el puente. Ámsterdam. (Países Bajos)

Bicicletas sobre el puente. Ámsterdam. (Países Bajos)

De hecho, existe una versión castiza de esa idolatría del estado que siempre caracteriza a los gobiernos españoles desde la monarquía de los Austrias y que suele identificarse con el recurso a la obra pública; recuerden el Plan E. Lo que supone una novedad histórica es la ausencia de incentivos a la construcción residencial. También es cierto que con la enorme sobreoferta que acumulamos, sería inútil buscar una salida al paro y sobre todo a la crisis incrementando la contratación de mano de obra intensiva.

Así que, no sé si porque hemos cambiado o porque no nos ha quedado más remedio, parece que el cambio de modelo productivo que viene solicitándose desde hace medio siglo puede de alguna manera ponerse por fin, en marcha. La estructura económica de un país no es fácil de cambiar. Requiere tomar decisiones que no siempre son populares y en ocasiones resultan dolorosas e impopulares. Pero lo más importante es que si no se inicia el cambio, nunca se podrá disfrutar de sus beneficios. Nuestro problema es que aunque se hable de la necesidad de cambiar el modelo productivo nunca se pone, dicho sea con todo el sarcasmo del que soy capaz, la primera piedra del nuevo edificio.

Muchas veces creemos que realmente Spain is different y que no va a ser posible cambiar un país. Y a sensu contrario, estamos convencidos de que otras sociedades siempre han sido diferentes.

Cada vez que un Ayuntamiento propone construir un carril bici toma como ejemplo alguna ciudad nórdica como Ámsterdam o Copenhague. Y es en ese momento cuando se recurre a todo el catálogo de tópicos para oponerse a la medida en cuestión. Se argumenta el calor propio de estas latitudes como razón que desaconseja el uso de la bicicleta pero se olvida que el frío gélido de los inviernos boreales tampoco es cosa baladí o se recurre a la innegable tradición de holandeses o daneses en el uso de la bicicleta como si los vikingos la hubieran inventado.

La realidad es bien distinta y mucho más prosaica. Allá por los años sesenta, Copenhague estaba tan atestada de vehículos como cualquier otra metrópoli occidental. Un grupo de urbanistas propuso un nuevo modelo de ciudad que incluía la peatonalización progresiva del centro y una apuesta por el uso de la bici como medio alternativo de transporte. Resulta paradójico, pero como cuenta Jan Gehl, – arquitecto y urbanista que participó en el proyecto – una de las críticas más aceradas que recibieron defendía que no funcionaría nunca porque el uso de la bici era algo propio de la cultura italiana y muy alejado de la forma de ser danesa. Supongo que a estos críticos debió impactarles en exceso esa obra maestra de Vittorio de Sica y del neorrealismo italiano que es Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette).

Medio siglo después, Copenhague es, junto con Ámsterdam, el paradigma de ciudad en lo que respecta al transporte ecológico, amable y sostenible. Sin embargo, las autoridades siguen incentivando el uso de la bici y se han propuesto que para 2015, la mitad de los trayectos diarios por la ciudad se hagan sobre dos ruedas. E incluso se prevén autopistas ciclistas con múltiples carriles en todo el país.

¿Qué conclusiones podemos sacar de este ejemplo? La primera es que todo cambio encontrará siempre oposición. El ser humano es conservador por naturaleza. Y la segunda es que si se cree en algo y se pone en práctica es posible conseguir los objetivos buscados. Nadie lo puede garantizar pero lo que está claro es que la peor decisión es la que no se toma.

Todos, gobierno y oposición, empresarios y trabajadores, organizaciones empresariales y sindicales y ciudadanos de a pie estamos convencidos de que nuestro modelo basado en la construcción, el turismo de sol y playa y los sectores de mano de obra intensiva que no aportan gran valor añadido ha muerto y no es, en ningún caso, reeditable.

Por tanto, aunque sea porque no hay otro camino, aunque no tengamos el convencimiento de quienes hicieron de Copenhague un paraíso bike-friendly, que diría algún tipo cool, debemos, de una vez por todas, iniciar ese cambio de modelo productivo que nos aleje de las elevadas tasas de paro que constituyen la mayor lacra de nuestra economía y de los enormes vaivenes de nuestro mercado laboral. No olvidemos que creamos más empleo que nadie subidos a la ola del crecimiento pero lo destruimos con la misma facilidad en las recesiones.

Seamos optimistas, quizá no sea necesario medio siglo para crear otra estructura económica. Pero aunque lo fuera, sería mejor asumir ese esfuerzo que seguir viviendo en un pasado recurrente y mísero.

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