EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LOS COBROS DEL CASTILLERO


Hará más de veinte años, al principio de mi carrera profesional, conocí a un tipo excelente y divertidísimo que se dedicaba a la industria pirotécnica. En los meses de invierno preparaba los cohetes y demás ingenios ya que con algunas excepciones como bodas, bautizos o las celebraciones de fin de año, la mayor parte de su negocio se concentraba en las fiestas patronales y romerías de los pueblos de la provincia que siempre han sido más propias del verano.

Defendía que pirotécnico era un título más propio de quienes estudiaban estas cosas que de aquellos que solo las ponían en práctica. Y como, por otra parte, cohetero le parecía poco serio prefería presentarse como castillero. Al fin y al cabo, – decía – lo que yo preparo son castillos de fuegos artificiales.

En aquella época, como en casi cualquier momento de nuestra historia, los organismos públicos pagaban tarde y mal. Sus clientes habituales eran, lógicamente, los Ayuntamientos y sus distintas Comisiones de Festejos. En consecuencia, sus visitas al banco buscaban casi siempre financiación sobre las facturas impagadas de algún puñado de Ayuntamientos morosos. Y así lo hizo hasta que llegó un momento en el que los costes de los anticipos que se renovaban cada ciento veinte días a los tipos de la época – por encima del quince por ciento – acabaron por comerse alguna factura íntegra. Adiós cobro, adiós beneficio y sobre todo, hola pérdidas.

El castillero era uno de esos tipos sin estudios a los que se les puede engañar redactando un contrato pero a los que difícilmente se les escapa un céntimo en un acuerdo. Porque es posible que no sepan de leyes pero están doctorados en cuentas y en gestión comercial. Así que ideó un sistema para cobrar al contado, todos y cada uno de los castillos de fuegos artificiales a partir de aquella temporada. Y el sistema resultó infalible.

Imaginen la escena: tarde de verano en cualquier pueblecito español. Día de fiesta grande. A las siete, después de la misa mayor, las campanas de la iglesia repican para anunciar que el Santo Patrón sale en procesión por las calles del pueblo. El párroco que le ha encargado y pagado unas palmas de fuegos artificiales preside la comitiva. En cuatro o cinco puntos del recorrido, algunas familias, bien por devoción, por alguna promesa o por aparentar ante sus vecinos, también han abonado esa mañana pequeños homenajes pirotécnicos al patrono del pueblo. Un par de horas más tarde y a los acordes del himno nacional que interpreta una banda de cornetas y tambores, el Santo Patrón regresa a su hornacina y los vecinos a sus casas para tomar un refrigerio antes de presenciar en la plaza del pueblo el castillo de fuegos artificiales que ha encargado la Comisión Municipal de Festejos y que según se comenta, va a ser espectacular y lógicamente, mucho mejor que el del pueblo de al lado. Ya conocen las infinitas historias de Villarriba y Villabajo que pueblan la geografía patria.

Quince o veinte minutos antes de la hora prevista, mi admirado castillero que ya ha preparado junto a sus hijos todo lo necesario, enciende un cigarrillo y se dirige al alcalde que está junto al concejal de fiestas. Hechos los saludos protocolarios, el castillero saca una copia de la factura y con una sonrisa les dice a los dos munícipes:

–       ¿El dinero?

–       Hombre, eso te pasas en septiembre por el Ayuntamiento y te preparamos un cheque…

–       Señor alcalde, ¿o me dan el dinero ahora mismo o desmonto el castillo? Qué aún me deben el del año pasado.

–       ¿Cómo?

–       Lo que ha oído.

Como el alcalde no reacciona, a una señal del castillero sus dos hijos empiezan a desmontar. La plaza se va llenando y la gente empieza a ver que están retirando los cohetes. Se corre la voz y toda la plaza es un murmullo. ¡Que no han pagado el castillo! ¡Esto no pasaba con los que mandaban antes! ¡Qué vergüenza!…

Algún alcalde llamó al cabo de la Guardia Civil. Y el cabo le dijo que él no podía hacer nada, que el castillero era el dueño de los cohetes y que si se los quería llevar…

En la mayoría de los sitios alguien se acercó al Ayuntamiento y apareció en unos minutos con el correspondiente fajo de billetes. Pero hubo pueblos en los que pagó el alcalde de su bolsillo, otros donde lo hicieron los concejales a escote y algunos en los que se llegó a abrir la oficina de la Caja de Ahorros casi a medianoche para que cobrara el castillero.

Hace unos años me lo encontré. Hacía mucho tiempo que se había jubilado y frisaba los ochenta. Le recordé la historia y me dijo que la única forma de cobrar al estado es hacer lo mismo que él. Prometer mucho, no dar nada y hasta que no se tenga el dinero en el bolsillo, no encender la mecha del castillo. Porque una vez que se han comido el puchero ya no les azuza el hambre.

Y la verdad, me pareció una excelente receta que si la aplicarán todos los proveedores a los diversos organismos públicos, nos evitaría muchos disgustos a los ciudadanos.

También me dijo un día que en España hay demasiadas empresas que parecen cohetes, suben con una velocidad endiablada pero caen casi con la misma rapidez. Pero esa historia, se la contaré otro día.

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