EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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UNA LEY GLASS-STEAGALL PARA EL SIGLO XXI


Nuestros abuelos sabían distinguir el colmado de la lonja. En el primero, al que también se llamaba con el precioso nombre de ultramarinos, el señor Juan, el de la tienda, vendía las legumbres al peso y las empaquetaba en un cucurucho de papel de estraza. En la lonja, que en algunas partes de España también respondía al nombre de tercena, don Federico el tercenista comerciaba al por mayor. Los garbanzos eran los mismos. Llegaban a la lonja en carros. Y allí, la gente de don Federico los cargaba en sacos de un par de arrobas que vendía a los negocios que como el del señor Juan, vendían al detall. Entre ambos había diferencias; uno fiaba, compraba todas las semanas y tenía un buen centenar de clientes y el otro vendía a crédito, almacenaba género y solo vendía a un puñado de comercios. Pero ambos conocían a todos sus compradores por el nombre y siempre que podía le preguntaban por la familia. Cada uno asumía sus riesgos, el señor Juan fiaba muy poquito a muchos y don Federico daba crédito a pocos clientes pero en cantidades más altas. Y los dos sufrían de vez en cuando el impago de alguno de ellos.

En cuestiones bancarias también sabían que la Casa de Empeños, el Monte de Piedad, la Caja de Ahorros o los Bancos eran sitios muy diferentes. Durante mucho tiempo, la banca supo segmentar por operaciones y clientes e hizo de cada entidad una especie de compartimento estanco vedado a quien no tuviera determinado perfil. Hasta que a mediados del siglo XX apareció el concepto de banca universal y cambió la estructura de las entidades que empezaron a dedicarse a todo tipo de operaciones atendiendo a todo tipo de clientes. Y fue muy positivo ya que extendió la economía financiera y en todas las economías occidentales, los flujos de capital, ahorro y préstamo ayudaron al crecimiento.

Pero aún así, quedaron separadas, incluso por imperativo legal, dos modos muy diferentes de hacer banca, la banca comercial y la banca de negocios. La primera, como el colmado del señor Juan hace negocio a pequeña escala y su seguridad está en la gran cantidad de clientes con los que intercambia su mercancía. La otra, como don Federico el tercenista tiene pocos clientes pero sus volúmenes por operación son más grandes.

En nuestro caso, la banca comercial responde al esquema tradicional de intermediación financiera. Admite depósitos de unos clientes y con ese dinero presta a otros. Su margen nace de la diferencia de tipos de interés entre lo que cobra por el dinero prestado y lo que paga a sus depositantes. La banca de negocios, también llamada banca de inversión, actúa de un modo muy diferente. Su negocio es captar capitales para empresas y gobiernos mediante la emisión y venta de valores en mercados de capitales. Muy habitualmente garantiza la financiación y se compromete a adquirir parte de la emisión con sus propios fondos para luego colocarlos a terceros.

Tras la Gran Depresión, y dado que la mezcla de ambos tipos de actividad bancaria en las mismas entidades había llevado a muchas de estas a la quiebra provocando la ruina de sus clientes, el Congreso de Estados Unidos sancionó la Ley Glass-Steagall que limitaba las actividades bancarias. Así la banca comercial sólo podía realizar actividades tradicionales (depósitos, préstamos y servicios de pago y cobro), mientras que la actividad de los bancos de inversión se centró en el mercado de capitales.

La finalidad de la ley era evitar que los banqueros especularan en los mercados con el dinero depositado por sus clientes. Además, la separación de funciones contribuyó a limitar el tamaño de las entidades, evitando eso que ahora se conoce como riesgo sistémico, es decir que una entidad sea tan grande que sus problemas puedan arrastrar a toda la economía de un país. Creo que nos suena ¿verdad? La norma se abolió en 1999 bajo la administración Clinton. A partir de ese momento, los bancos comerciales pudieron apalancarse más, es decir pedir préstamos al mercado para actividades de inversión no estrictamente bancaria y… ya hemos visto las consecuencias.

Fuera de los Estados Unidos no han existido leyes similares. Pero también es cierto que la banca europea siempre ha estado más intervenida que la estadounidense. De lo que no nos hemos librado ha sido de las consecuencias. Nuestros banqueros tradicionales han querido dedicarse a eso que antiguamente se denominaba alta banca y han caído en la más absoluta de las quiebras. Las Cajas de Ahorros eran como el señor Juan que vendía garbanzos y lentejas en cartuchos de papel de estraza. Pero un día, algún espabilado se levantó pensando que él podía hacer lo mismo que don Federico el tercenista. Y lo hizo, pero no contó con que antes de afrontar ese cambio tenía que haber hecho dos cosas; aprender lo que no sabía y jugar con su dinero en vez de hacerlo con el de sus clientes.

Curiosamente, cada vez son más las voces que en la Unión Europea, Japón, Australia o Estados Unidos piden una Ley Glass-Steagall para el siglo XXI.

No vendría mal.

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