EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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¿HAY QUE PAGAR POR TRABAJAR?


Hay una cierta tendencia en el ser humano a repetir sus errores. En los países occidentales, la esclavitud es una realidad olvidada pero desgraciadamente, no lo es la explotación de los trabajadores. La crisis se está convirtiendo en el mantra que justifica el atropello. Casi todas las reformas que nos llevan hacia atrás, se anuncian como temporales y extraordinarias. Pero nadie nos asegura el plazo de las mismas ni cuáles son las condiciones que han de darse para que volvamos a la normalidad.

Hay cosas que parecen ancladas en el tiempo. Y no todas son tan bellas como la Alpujarra. Pampaneira (España). Pampaneira.

Hay cosas que parecen ancladas en el tiempo. Y no todas son tan bellas como la Alpujarra. Pampaneira (España).

Algunas situaciones no han desaparecido sino que se han sofisticado. Si la sociedad decimonónica y finisecular que vivió el Desastre del 98 veía como algo normal que un chiquillo que apenas llegaba al mostrador de uno de aquellos comercios de ultramarinos y coloniales, trabajara de aprendiz a cambio de la comida y un catre en el que echarse a dormir, en la España de hoy somos muy pocos los que nos escandalizamos de que sigan existiendo becarios. Ya saben, esos jóvenes licenciados en alguna rama del saber que a cambio de nada o de una cantidad ridícula que no da ni para pagarse el transporte a la oficina, se dedican a hacer fotocopias y poco más, con la única idea de añadir un par de líneas a su magro currículo. Lo cierto es que casi ninguno desarrolla un trabajo que le permita aprender algo que pueda convertirse en una ventaja competitiva frente a otros aspirantes a un puesto de trabajo. Si observan con detalle ambas situaciones, en el fondo hemos ido a peor. Hace un siglo, el aprendiz trabajaba de hecho y obtenía conocimientos prácticos y relaciones que le podían servir en el futuro ya que, por ejemplo, hacía de recadero y llevaba las compras a casa de los clientes. El becario sólo aprende a fotocopiar, algo que ya sabía, no consigue casi nada y además, la experiencia acaba costándole el dinero.

Con cierto sarcasmo podríamos afirmar que los políticos y empresarios que defienden la figura del becario no están apoyando una nueva forma de esclavitud como dicen casi todos los jóvenes con estudios, muchos sindicalistas y bastante gente sensata. Realmente han sofisticado el concepto. ¿Para qué van a restituir la esclavitud si a un becario, la casa y la comida se la pagan sus padres? Esta situación es mucho más barata.

A todos nos parece razonable aportar al estado y a cambio de algunas cosas como seguridad, sanidad y educación, un porcentaje de nuestros ingresos o beneficios. Para afrontar los costes de todo lo que compartimos es por lo que cada ciudadano entrega una parte del valor añadido producido por su trabajo. Lo que resulta absurdo es pagar por el simple hecho de querer trabajar.

Al hilo de este razonamiento he leído en diversos medios la odisea que está viviendo un ciudadano barcelonés a quien el Consistorio de la Ciudad Condal reclama ciento cincuenta y cinco mil euros en pago de tres centenares de multas más sus consiguientes recargos. El terrible delito cometido por este señor consistió en pegar cartelitos con su teléfono en los que se ofrecía para hacer mudanzas o traslados. En tanto que, según comentó su abogado, en algunos medios, la policía de Gavá y la de Tarrasa llamaron a su cliente para advertirle de la prohibición de fijar carteles en la vía pública e instándolo – como hizo – a no reiterar su conducta, la de Barcelona prefirió seguir el rastro de los cartelitos sancionando cada uno de ellos. Independientemente de la situación familiar del denunciado – jubilado y con dos hijos a su cargo que busca algún ingreso extra – o de los posibles recursos y análisis jurídicos que puedan hacerse, la situación generada refleja meridianamente la realidad de un estado depredador que prefiere el reglamento a la ley, y esta a la sensatez de la justicia.

En España seguimos sufriendo impuestos cuyo concepto original es más propio del feudalismo medieval que de este tecnificado y ultramoderno siglo XXI. Impuestos que nos obligan a pagar por disfrutar de bienes que ya fueron objeto de imposición fiscal en su compra y lo serán el día que pasen a otras manos. Como el IBI que grava el lujo de tener un techo bajo el que cobijarse o el de Vehículos que obliga a tributar por disponer de un medio de transporte. Algún consuelo nos queda todavía ya que aún no se paga por las piernas.

Pero de todos ellos hay uno que siempre me ha parecido inadmisible, el IAE. ¿Cómo es posible que una empresa o un autónomo deba pagar al Ayuntamiento un Impuesto por intentar ganarse la vida y crear riqueza? La burocracia se justifica exigiendo procedimientos innecesarios. Cualquier impuesto, tasa o licencia exigida para ejercer una actividad económica sólo constituye una traba administrativa y una barrera de entrada de nuevos operadores al mercado. En consecuencia, este resulta poco competitivo, ineficiente, improductivo y caro. Todo aquello de lo que debería huir una economía sana.

Lo único que debería establecer la administración son las condiciones mínimas exigidas de salubridad y seguridad para iniciar y mantener un negocio y proceder al cierre de quien no lo cumpla. Fuera de esas circunstancias, la Administración estorba. Y exigiendo dinero para poder trabajar, casi podríamos decir que extorsiona y roba.

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2 comentarios

  1. Misael dice:

    En todo de acuerdo. Hace tiempo que nuestra administración me recuerda al cuadro de Goya “Saturno devorando a sus hijos”. Ella se justifica en tanto que ella misma.

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  2. Elizaberta dice:

    ¡Ole, los hombres valientes!
    Un abrazo

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