EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LA CONCENTRACIÓN DE RIESGOS


El riesgo es connatural a la vida humana. De pequeños nos caemos cuando aprendemos a andar; de niños, al correr demasiado rápido; de jóvenes si nos creemos deportistas de élite; de mayores, cada vez que olvidamos que ya no somos aquellos jóvenes atléticos con alas en los pies y de ancianos porque nos negamos a pasear apoyados en un bastón. Por eso, una de las frases que deberíamos grabarnos a fuego en nuestra mente es aquella que sostiene que nada en la vida es seguro. La otra verdad absoluta, en la economía y en la vida, y que también da para unos cuantos artículos, nos recuerda que además, nada es gratis. Sería recomendable recordar ambas más a menudo de lo que lo hacemos.

El riesgo económico es la sal de la empresa, sea cual sea el bien o el servicio con el que comerciemos. Tan claro es que sin riesgo no hay beneficio como que el incremento del primero justifica sobradamente la mayor expectativa del segundo. El porqué es fácil de explicar: en una corrida de toros, el diestro siempre cobra bastante más que el clarinero. Seamos o no aficionados, podríamos dar el nombre de algún torero muerto en la plaza, pero ni releyendo con atención los gruesos tomos del viejo Cossío, creo que encontremos un caso similar protagonizado por el señor que, sin duda con buen tino y mejores pulmones, marca el cambio de tercio a toque de clarín.

En los mercados ocurre algo similar. Cuanto más cerca se está de las astas del toro, más beneficio se puede obtener porque mayor es el riesgo que se asume. En El Mercader de Venecia, Shakespeare ponía en boca del judío Shylock unas palabras que definen muy a las claras el concepto de riesgo bancario. Admitiendo que Antonio, – el mercader que da título a la obra – es solvente, el banquero judío afirma pensativo que sin embargo, sus recursos son hipotéticos; tiene un galeón con destino a Trípoli; otro en ruta para las Indias; […] un tercero en Méjico y un cuarto camino de Inglaterra. Posee algunos más, esparcidos aquí y allá. Pero los barcos no están hechos más que de tablas; los marineros no son sino hombres; hay ratas de tierra y ratas de agua; ladrones de tierra y ladrones de agua; quiero decir piratas. Además, existe el peligro de las olas, de los vientos y de los arrecifes. No obstante, el hombre es solvente. Tres mil ducados. Pienso que puedo aceptar su pagaré.

Tasar el riesgo, ponderar las posibles contingencias y determinar, en función de esos razonamientos, hasta donde estamos dispuestos a arriesgar y en qué cantidad se concreta nuestra decisión, es una forma más que razonable de afrontar los diversos acontecimiento de nuestra vida personal o profesional. Recuerdo una entrevista a Luis Francisco Esplá, torero tan elegante, variado y pinturero en el coso como culto fuera de él, en la que preguntado sobre el riesgo de jugarse la vida ante un toro, contestó, con cierta parsimonia, que las cornadas sólo las reciben los tontos y los temerarios. En los mercados, las pérdidas, sucedáneo económico de la cornada, nacen de no valorar el riesgo – es decir, por tonto – o de no darle la importancia que tiene e incluso despreciarlo – en lenguaje taurino, por temerario.

Incluso entre quienes cumplen escrupulosamente estos procedimientos llega un momento en el que hay que desestimar la posibilidad de asumir un nuevo riesgo, incluso aunque este sea mínimo, la contraparte sea más que solvente y el beneficio esté garantizado, salvo hecatombe nuclear o contingencia que provoque el fin del mundo.

Es lo que se denomina concentración de riesgos y que puede definirse como la situación en la que se encuentra una entidad financiera cuando los riesgos asumidos respecto a un cliente determinado, sector económico, o territorial, sean tan importantes por su volumen porcentual que puedan poner en peligro la cuenta de resultados, la viabilidad o la propia subsistencia de la entidad, si el cliente o conjunto de clientes definidos tuviera problemas de solvencia o liquidez, por mínimos y temporales que estos fueran.

Pensemos un poco. Supongamos que debemos trasladarnos a otra ciudad para asistir a una celebración familiar. Nos ponemos de acuerdo con uno de nuestros hermanos y decidimos alquilar un monovolumen de nueve plazas. Así, las dos familias comparten el viaje, los primos van juntos, somos varios los conductores y ahorramos costes. Hasta ahí la decisión es interesante y lógica. Ahora bien, si otros miembros de la familia, conocedores de la idea, nos plantearan sumarse a la propuesta, ¿qué sería lo razonable? ¿Alquilar un microbús de veinte plazas y asumir el riesgo de conducir un vehículo para el que ni tenemos permiso ni estamos habituados? Y si se siguen sumando familiares y amigos ¿tendría sentido buscar un autobús de sesenta plazas y acudir a la reunión familiar en plan viaje organizado? Parece claro que no, salvo que contratemos a una empresa especializada en el transporte de viajeros.

En caso contrario, el riesgo que asumiríamos todos, conductores y pasajeros sería excesivo para el beneficio buscado que se limita a la mera reducción de los costes de viaje. Las entidades deben actuar de igual manera. Usando el símil, podemos señalar que hay entidades taxi, monovolumen, microbús, autobús e incluso algunas tienen la capacidad de un tren convoy de veinte o treinta vagones.

Nadie en su sano juicio asume un riesgo incontrolable. Por ese motivo, concentrar riesgos, asumir demasiadas operaciones de un cliente, o exponerse excesivamente a un sector, sea el que sea, nunca es recomendable. En el mundo de la empresa, siempre es mejor no ganar por no arriesgar, que perder por hacerlo. En el primer caso, seguiremos disponiendo de recursos para invertir con buen tino en otras operaciones; en el segundo se habrán reducido o volatilizado y nuestra capacidad de inversión será menor o inexistente.

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