EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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ESTÚPIDOS Y ASIMILADOS


En Las leyes inmutables de la estupidez humana, un magnífico texto que empezó como humorada entre amigos y se convirtió en libro imprescindible, el profesor Carlo María Cipolla definía el comportamiento del ser humano en función de las repercusiones que cada decisión produce en quien la toma y en aquellos a quienes afecta.

Nos dividía el ilustre economista italiano en cuatro grupos, ni excluyentes ni definitivos: Inteligentes, Idealistas, Malvados y Estúpidos. Los grupos no son excluyentes porque nuestras actitudes son poliédricas, ni definitivos porque a lo largo de la vida visitamos cada uno de ellos. Al fin y al cabo, el homo economicus decide y actúa continuamente y no siempre lo hace guiado por la racionalidad aunque durante mucho tiempo se haya creído así.

Para Cipolla, los inteligentes, o mejor los que actúan con inteligencia, son aquellos que al tomar una decisión obtienen beneficios para sí a la vez que los generan en los demás. El idealista se caracteriza porque está dispuesto a asumir una pérdida que supone beneficio para otros, justo lo contrario del malvado, que no duda en obtener rentabilidad a costa del resto. Y por último, los grandes protagonistas de esta reflexión, los estúpidos. Una decisión estúpida es aquella que sólo genera pérdidas, a quien la decide y ejecuta y al resto de los implicados directa o indirectamente, consciente o inconscientemente. Lógicamente, las consecuencias de cada decisión no tienen por qué ser absolutas y al analizarlas, podremos definir diversas combinaciones entre los cuatro tipos básicos.

Clasificación de nuestras decisiones. Inteligentes, Idealistas, malvados y estúpidos.

Clasificación de nuestras decisiones. Inteligentes, Idealistas, malvados y estúpidos.

La economía, como todos sabemos desde hace tiempo, no siempre es una estructura de suma cero en la que lo que una parte gana es igual a lo que la otra pierde. En particular porque lo que cada uno busca es diferente. La venta de un bien, por ejemplo, tiene mayores consecuencias que las derivadas del valor económico de la transacción. Un abrigo genera un beneficio al comerciante, al igual que lo ha producido a toda la cadena anterior de intercambios, sean  productores de materia prima, transportistas, confeccionadores, industrias auxiliares como fabricantes de hilo o botones o el propio estado que recauda impuestos de cada operación y de los beneficios obtenidos. Quien compra un abrigo busca no pasar frío durante un tiempo a cambio de un precio que considera justo y razonable. Pero también es posible que desee transmitir un cierto estatus, satisfacer su ego o enamorar a una determinada persona. Y todos esos deseos pueden cumplirse más fácilmente gracias a esa compra. Por tanto, debemos concluir que en cualquier decisión económica hay más de dos implicados ya que, al menos, el círculo más cercano de cada una de las partes también se ve afectado de alguna manera.

Aunque todas las actitudes se dan con habitualidad, a nadie se le escapa que la más destructiva es la que corresponde al grupo de los estúpidos, cuyo número en frase erróneamente atribuida por el Bachiller Sansón Carrasco al Eclesiastés, es infinito. Parece una prueba más de la estupidez humana ir soltando latinajos a diestro y siniestro para epatar al bueno de don Quijote, como este conocidísimo stultorum numerus infinitus est, afirmando que aparece en la Vulgata cuando ni es así, ni se le parece en nada el versículo que se toma como referencia.

De todos modos, no podemos afirmar que la frase en sí misma esté desencaminada. De la estupidez nadie se salva. Ninguno de nosotros podemos afirmar rotundamente que todas nuestras decisiones económicas están informadas por la racionalidad. Ni siquiera por la inteligencia. Imaginen que al volver de un viaje, sacan de la maleta una floreadísima camisa hawaiana que sólo les provoca sonrojo y piensan, ¿cómo pude dejar que aquel tipo me convenciera? La actitud del comerciante, consciente o no, fue malvada como la nuestra estúpida. Él obtuvo algo positivo – una venta – a cambio de que nosotros perdiéramos dinero y autoestima. La nuestra fue estúpida, ya que además de las perdidas personales generamos un claro disgusto en nuestro acompañante que hubiera preferido disponer de ese dinero para algo mucho más satisfactorio como tomarse un dry Martini a la luz de la luna.

Traslademos este esquema a las decisiones de dirección política o empresarial. Gravar con un peaje una carretera supone un incremento de ingresos fiscales y una caída inmediata del transporte que rebaja la recaudación por otros impuestos. Despedir a un directivo por razón de su sueldo podrá generar un ahorro inmediato de costes a la vez que una caída de la calidad de la gestión que repercutirá en los beneficios futuros de la empresa de modo negativo y probablemente superior al ahorro generado. En ambos casos la decisión es estúpida ya que perjudica a quien decide y al resto. El estado recaudará menos y creará un problema para los ciudadanos que reducirán sus viajes y para los transportistas que incrementarán los precios finales de los productos recortando sus ganancias. En el caso de la empresa, esta reducirá su beneficio y el directivo acabará en el paro. ¿Las dos partes pierden?, la actitud es puramente estúpida.

Cuando no valoramos suficientemente las consecuencias de nuestras decisiones nos adentramos en el proceloso mundo de la estupidez humana. Y como señaló magistralmente ese gran divulgador de la economía y el liberalismo que fue Frédéric Bastiat en Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve), más importantes que las causas inmediatas de un acto son aquellas que, por falta de análisis, permanecen escondidas y se revelan negativas cuando ya es muy difícil contrarrestarlas.

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Toda la serie inspirada por Las Leyes Inmutables de la Estupidez humana:

14/02/2014               ESTÚPIDOS Y ASIMILADOS.

21/02/2014               IDEALISTAS FRENTE A MALVADOS.

07/03/2014               LA EXIGUA INTELIGENCIA.

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