EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LA EXIGUA INTELIGENCIA


Hemos sobrevolado en las últimas entradas sobre las actitudes estúpidas, idealistas y malvadas que el profesor Cipolla definía en Las leyes inmutables de la estupidez humana y he querido dejar para el final a la que creo más sencilla de aplicar de todas aunque, tristemente, sea la menos habitual, la inteligencia. Siendo la más importante característica del ser humano aparece, sin embargo de modo tímido, casi exiguo. Quizá, porque como decía el rey de Prusia, Federico II el Grande, la inteligencia es más rara de lo que se piensa.

¿Entrar o no? ¿Seguir adelante o volver? Galería del Forte de Santa Luzía. Elvas (Portugal)

¿Entrar o no? ¿Seguir adelante o volver? Galería del Forte de Santa Luzía. Elvas (Portugal)

Actuar con inteligencia no es difícil. Lo sabemos todos y sin embargo anteponemos otras cualidades o defectos en nuestro proceso de toma de decisiones. Quizá porque, en frase de Pascal, hay razones del corazón, que la razón no entiende, nos dejamos llevar por el cariño, el afecto, el amor, la amistad o la familia, a la hora de decidir. Puede que, porque somos humanos, nos influyen la euforia, la depresión o la ira, la conmiseración, la pena o la alegría del momento. Y también, el interés, la ambición, la avaricia o la codicia. E incluso, el sentido de justicia no siempre bien entendido. En estos casos, sea porque se impone alguna o varias de estas causas u otras similares, nuestras decisiones oscilan entre las propias del idealista y las del malvado. Cuando prima el corazón nos importa más el beneficio del otro. Si desechamos las consecuencias negativas que puedan generarnos nuestros actos, ese componente de idealismo y entrega crece hasta convertirse en principal. Si lo que prima es el egoísmo y lo que nos interesa es nuestro propio beneficio, la decisión se irá tiñendo de maldad hasta que lo que obtengamos sea perjuicio para el tercero.

Entonces, ¿Por qué no actuamos con inteligencia? Básicamente, porque solo analizamos las consecuencias inmediatas de nuestros actos y no dedicamos ni un momento a pensar que otros efectos pueden producir. En la economía en general y en la gestión empresarial es muy habitual no ver más allá de unos pocos meses y olvidar que el mundo, como decía el tango, yira, yira y no tiene fin. Los gobiernos toman medidas buscando el impacto inmediato que no siempre es económico ya que también se buscan otras rentabilidades como la presencia en los medios de comunicación, contentar a un determinado electorado o beneficiar intereses concretos, sean los que sean y puedan calificarse de justos o espurios.

En la empresa tenemos centenares o miles de ejemplos cotidianos en los que la ausencia de análisis resta inteligencia a las medidas adoptadas o directamente las convierte en malvadas. La posibilidad del idealismo existe pero su probabilidad es reducida. Así que, básicamente se decide por interés. Aunque buscar el propio beneficio no es malo per se, el problema surge cuando se convierte en el único objetivo y además, se pretende obtener de modo inmediato.

Una de las estructuras clásicas en las que podemos ejemplificar este conflicto es la que pretende analizar si es mejor entregar la gestión de las compañías a los propietarios o cederla a profesionales sin vinculación accionarial. Realmente, es indiferente ya que no podemos deducir que las acciones sean más inteligentes en un caso que en otro, simplemente, en función de cuál es el origen del gestor.

Para los defensores de la gestión dominical el simple hecho de jugarse el propio dinero parece suficiente freno para que la toma de decisiones se decante por la vía de la inteligencia. Podríamos enumerar infinidad de casos donde el propio interés ha acabado con la empresa por no incidir en la cantidad de decisiones estúpidas que se toman basándose, exclusivamente, en el argumento de cómo esto es mío, se hace lo que yo digo. En el caso de los profesionales, la formación, por depurada y exquisita que sea, tampoco garantiza un proceso decisorio eficiente. Pensemos en las remuneraciones variables, sean sencillas comisiones o complejas stock options. En estos casos, el directivo, al buscar su beneficio puede no valorar otros problemas que se quedarán en la empresa cuando él se vaya y que pueden arrojarla al abismo.

Por tanto, el único antídoto contra la maldad y la estupidez, no olvidemos a la gran protagonista de estas reflexiones, es el análisis. Cuando somos capaces de pensar qué consecuencias van a provocar nuestras decisiones, no sólo de modo inmediato sino algo más adelante, podremos disfrutar de un proceso de toma de decisión inteligente. Nuestra actitud ha de ser la del jugador de ajedrez que es capaz de anticipar un número de jugadas y en función de las distintas respuestas de su adversario tomar la decisión más beneficiosa para acercarse a la victoria en la partida. Si sólo movemos las fichas buscando el beneficio inmediato, podemos estar cavando, sin saberlo, nuestra propia tumba.

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Toda la serie inspirada por Las Leyes Inmutables de la Estupidez humana:

14/02/2014               ESTÚPIDOS Y ASIMILADOS.

21/02/2014               IDEALISTAS FRENTE A MALVADOS.

07/03/2014               LA EXIGUA INTELIGENCIA.

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