EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LOS COHETES DE CALABUCH


Calabuch es una preciosa película de Luis García Berlanga ambientada en un pueblecito de la costa levantina. Cuenta la historia de un simpático viejecito, interpretado por Edmund Gwenn, que recala un día por allí sin saber muy bien por qué, ni cómo. Arropado por las gentes del pueblo se gana la vida con pequeños trabajos hasta que recala en el taller pirotécnico. Desde hace muchos años, Calabuch pierde el concurso provincial de fuegos artificiales, pero este año, Jorge, que así es como llaman al vagabundo, resulta ser providencial. Sus conocimientos son tan útiles como amplios y el resultado es tan impresionante que hasta un diario de la capital publica una foto de los creadores de esa maravilla pirotécnica. Y ahí empieza el problema; Jorge no es un vagabundo, es el ilustre profesor George Hamilton de la NASA que ha huido – recordemos que la acción ocurre en los años de la guerra fría – al no estar conforme con que sus conocimientos solo sirvan a la industria militar y no se apliquen y desarrollen con fines pacíficos. A partir de ahí, el desopilante crescendo berlanguiano; el pueblo en armas, básicamente hoces, picos y palas, amén de las lanzas de los romanos que desfilan en Semana Santa y alguna escopeta de caza, pretende enfrentarse a la VI Flota americana que acaba fondeando frente al inconfundible peñón de Peñiscola, donde está rodada la cinta. Lógicamente, termina por imponerse el sentido común y el bueno del profesor Hamilton, acaba volviendo, triste y sacrificado, a su laboratorio.

Hace algún tiempo les conté el sistema de cobro que había diseñado un viejo castillero – como a él le gustaba presentarse – que, dedicado a la industria pirotécnica, hubo de lidiar con los vuelva usted mañana de infinidad de alcaldes y concejales de festejos. Pues bien, le recomendé que viera la película y si me sorprendió aquella vez también lo consiguió esta, al realizar un afinado análisis de los diversos modos y medios por los que las empresas crecen. Intentábamos convencerle – creo que con la mejor intención – de que ampliara su pequeña fábrica para así incrementar su negocio en las provincias limítrofes e insistíamos en que el banco le apoyaría financiando parte de esa inversión.

–       Ya te dije que yo soy castillero y no pirotécnico.

–       ¿Y…?

–       Pues que he descubierto que también hay ingenieros aeronáuticos.

–       ¿Cómo?

–       Mira, he visto Calabuch y he caído en la cuenta de que las empresas son como los cohetes.

–       ¿…?

–       No pongas esa cara de palo que te lo voy a explicar. Vosotros queréis que crezca, ¿no? Bien, ¿os habéis preguntado si quiero crecer? ¿A qué no?

–       Suponemos que sí.

–       Pues no supongáis tanto. Verás, hay quien monta un negocio con préstamos y lo lanza como un cohete. Todo el mundo le dice lo bien que lo hace y que gran idea ha tenido. Cada vez que opina, aunque suelte una bobada, escucha un larguísimo ¡oh!; como cuando se abren los fuegos artificiales en el cielo simulando una palmera. Otros son capaces de fabricar un cohete para llegar a la Luna y volver. La gente también grita un enorme ¡oh! de admiración. Pero de los primeros, al poco tiempo, solo quedan los restos de cartón del cartucho de pólvora que caen aquí y allá para que los pise la gente. A los segundos les queda la gloria. No sé si la quiero pero de lo que estoy seguro es de que no me apetece crecer con la única fuerza de un préstamo para que el día que no pueda pagarlo se me acabe el impulso y no se me recuerde por mi trabajo y mi honradez sino por los cuatro cartones quemados que han salpicado al banco. Así que gracias, pero no. Ya ampliaré el negocio cuando tenga con qué hacerlo o cuando me quede claro que puedo devolver el préstamo.

Me he acordado mucho de esa conversación en estos años. ¿Cuántas empresas han crecido sobre una estela de chispas que se ha ido agotando conforme se restringía el crédito? En las épocas de bonanza es sencillo crecer mediante el apalancamiento, lo complejo es digerirlo después. Aunque parezca mentira, para endeudarse sólo hace falta una entidad financiera, a ser posible de gatillo fácil y un bolígrafo para firmar ante Notario. Pero devolver la deuda más los intereses requiere tiempo y esfuerzo en cantidades ingentes. Más aún, si el dinero del préstamo se diluyó en fuegos de artificio. Las empresas que crecen con propulsión propia – valga el símil aeronáutico – lo hacen de modo más lento pero a la vez más seguro que aquellas otras propulsadas por deuda. Ninguna está exenta de sufrir crisis, sea por razones internas, provocadas por la competencia o por la situación económica general, pero está claro que medir las propias fuerzas es muy importante a la hora de establecer políticas de crecimiento. Por ello, si sólo nos impulsa la deuda, la posibilidad de no caer es tan pequeña como grande la de acabar siendo, en palabras de mi amigo el castillero, cuatro cartones quemados pisoteados en una feria.

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2 comentarios

  1. Por suerte en España hay unos pocos grandes empresarios, que no saben de análisis financiero pero poseen una solvencia de sentido común sencillamente envidiable. Yo topé con otro castillero, pequeño comerciante, con ganas de crecer, eso sí, no quería préstamos ni ratios ni historias, sólo necesitaba que le calculasen el coste total si las cosas salían mal para, comparándolo con el saldo de su cuenta corriente, ver si ya podía intentar o debía seguir ahorrando. Lamentablemente son más los que opinan que para crecer ¿por qué alquilar un local para probar? Eso es tirar el dinero, compro la nave… y así nos va.

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  2. Anónimo dice:

    El problema de los españoles es que queremos ser propietarios a toda costa sin valorar los recursos que absorbe cualquier propiedad y la rigidez que supone ser dueño de una instalacion frente a la flexibilidad de un alquiler para trasladarse.

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