EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LA MENOSPRECIADA LEY DEL MÍNIMO ESFUERZO


Quizá porque nuestra cultura judeocristiana nos ha grabado a fuego en la memoria la maldición divina del Génesis, pensamos que sólo trabaja quien gana el pan con el sudor de su frente. Y si hacemos caso al viejo chiste anarcoide, los capitalistas serían aquellos señores que han reinterpretado el mandato divino ya que ganan el pan … con el sudor del de enfrente. Pero hacer del esfuerzo un valor absoluto, un bien inestimable y elevarlo a la categoría de fin en sí mismo es ridículo. Nos convierte en desgraciados sísifos que a imagen del mito griego, son castigados por los dioses a empujar una pesada piedra por una empinada ladera con el único objetivo de que caiga para volverla a subir hasta la cumbre.

El trabajo sólo ha de ser un medio para conseguir un resultado. La evolución humana no es más que una sustitución de la fuerza por la inteligencia, del músculo por el cerebro, el más poderoso de los músculos.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que sigue valorando el trabajo realizado – real o aparente – por encima del resultado obtenido. Muchas empresas adolecen de un rancio presentismo que ahoga cualquier manifestación de inteligencia y abomina de toda propuesta que suponga reducir los tiempos de trabajo aunque supongan aumentos de productividad. Así que aún sobreviven comportamientos mantenidos por inercia. Del mismo modo que el señor feudal ejercía un poder absoluto sobre la pobre vida y magra hacienda de sus siervos, son demasiados los jefes que creen tenerlo sobre el tiempo de sus empleados. Pero calentar asientos no crea riqueza sino todo lo contrario, es signo de pobreza económica y miseria moral.

El icónico cartel de "Vacaciones en Roma" en un mercadillo. Roma (Italia).

El icónico cartel de “Vacaciones en Roma” en un mercadillo. Roma (Italia).

A ese vicio ancestral de los dirigentes se une la complacencia de la infantería empresarial que prefiere ocultarse tras interminables jornadas de trabajo inútil que a su juicio reflejan una gran capacidad de trabajo pero que realmente ocultan una supina ineficiencia profesional.

Por eso no extraña que el desarrollo tecnológico sea incapaz de lograr por sí mismo que arrumbemos esos vicios. En la edad media, cualquier artefacto se consideraba obra del diablo y en plena revolución industrial, los ludistas (luddites, en inglés) quemaban máquinas porque suponían que iban a terminar con el trabajo del hombre. Hoy, seguimos soportando organizaciones empresariales que avanzan a paso de tortuga, paralizadas por montañas de inútiles papeles perfectamente sustituibles por archivos electrónicos.

Pero más peligrosos aún son aquellos que bastardean la tecnología usándola como mero soporte de sus viejos vicios burocráticos de visera, manguito y tintero. Es lo que se está dando en llamar el síndrome del power-point. Ya saben, esas reuniones en las que algún iluminado utiliza interminables horas para contarnos – apoyado en anodinas diapositivas salpicadas de dibujitos, frases propias de un manual de autoayuda, viñetas humorísticas sin relación aparente con el asunto e innumerables y coloridos gráficos – lo que un gestor eficiente explicaría en cinco minutos. Leí hace unos días que Jeff Bezos, el fundador de Amazon, ha prohibido su uso en la empresa, proponiendo a sus directivos que preparen un memorándum de un máximo de seis páginas en el que resuman lo que van a presentar para que después se debata el contenido. Comprenderán que entre ambos sistemas de presentación hay la misma diferencia que entre un culebrón televisivo en el que, en la clásica definición, chico encuentra a chica, chico se enamora de chica pero su amor es imposible y, por ejemplo, Vacaciones en Roma, la obra maestra de William Wyler. Ambas cuentan lo mismo, pero no hay lugar a la comparación.

Además, el tipo del power-point, no sólo aburre a las ovejas sino que ha dedicado una semana de trabajo propio y varios días de sus colaboradores a realizar la batería de tropecientas diapositivas, en tanto que al gestor eficiente le basta con unas pocas horas para plasmar en una cuartilla las líneas generales de su propuesta. Cuando recuerdo que el mariscal Montgomery preparó la ofensiva de El Alamein en un par de días, dejo de intentar entender a estos tipos.

Sacralizar el trabajo sólo oculta ineficiencias, de la organización, del trabajador, de los gerentes y hasta del mercado. Y sin embargo, cada vez que alguien manifiesta su intención de automatizar procedimientos, reducir esfuerzos o saltarse las convenciones y buscar un atajo, se le acusa de vago y se le menosprecia por aplicar la ley del mínimo esfuerzo. Y creen un insulto lo que cualquier persona sensata recibiría como un elogio. Trabajar es algo que no gusta a ninguna persona inteligente. Distinto es que todos ambicionemos la remuneración económica que nos proporciona subsistencia y libertad. Así, si el resultado obtenido no es mayor que el trabajo invertido, no merece la pena esforzarse. Por ese motivo, todo trabajador eficiente odia el trabajo y actúa con la mentalidad de un vago. Ante un caudaloso río, no se echa a nadar contra la corriente, sino que busca un vado o, mejor, construye un puente. Así, se crean procedimientos que lo hacen todo más fácil. El único objetivo racional y rentable es obtener el máximo beneficio a cambio del menor de los esfuerzos.

¿Qué prefiere?: ¿Empujar una piedra para subirla a la cumbre de Sísifo? ¿O disponer de un camión potente y una grúa? Creo que la respuesta es clara. Lo que no entiendo es por qué hay tantos directivos que prefieren seguir empujando piedras.

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