EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

AGGIORNAMENTO FINANCIERO


Parece que el Papa Francisco está dispuesto a dejar su impronta no solo en cuestiones de fe católica y dimensión social sino también en algún asunto de tipo financiero y bancario. La Santa Sede se ha dotado, al fin, de una Secretaría para la Economía a cargo del cardenal Pell y además, tras años de sospechas y cierto escándalo, alguien está dispuesto a poner coto a las actividades del IOR (Instituto para las Obras de Religión), conocido popularmente como Banca Vaticana.

El objetivo fundacional dela entidad fue el de conservar y administrar los bienes confiados al Instituto por personas físicas o jurídicas que tuvieran por objetivo actividades religiosas o caritativas. Además, permitiría a la Santa Sede administrar sus recursos y le ayudaría a financiar a las iglesias con mayores necesidades económicas situadas en los países más pobres.

Palazzo Governatorio. Ciudad del Vaticano.

Palazzo Governatorio. Ciudad del Vaticano.

Sin embargo, la quiebra en 1982 del Banco Ambrosiano del que era principal accionista, unida a la extraña muerte de su presidente, Roberto Calvi, que apareció ahorcado en el Blackfriars bridge de Londres; la vinculación al  IOR de Michele Sindona, empresario y banquero siciliano con evidentes conexiones mafiosas y la oscura gestión del prelado estadounidense Paul Marzinkus que había llegado a la dirección del banco sin disponer de formación o experiencia financiera de ningún tipo, dieron al traste con la imagen de la Banca Vaticana. El Ambrosiano había sido fundado en Milán a finales del XIX por el padre Tovini y nombrado así en honor de san Ambrosio, arzobispo y patrono de la ciudad. Su objetivo fue el de servir a organizaciones morales, trabajos piadosos y congregaciones religiosas orientadas a la caridad cristiana. Visto así, parece la historia de una de nuestras Cajas de Ahorros; fundadas sin ánimo de lucro y con el objetivo de atender a los más necesitados, dirigidas por analfabetos financieros y quebradas gracias a los resultados esperables de operaciones bancarias concedidas al límite de la racionalidad, la legalidad y el decoro.

Dada la inconcebible opacidad del IOR, más propia de un banco suizo de probada amoralidad que de una institución dependiente de la Iglesia Católica y ante la acumulación de escándalos y sospechas, Benedicto XVI promulgó en 2010 una nueva ley para prevenir el blanqueo de capitales. Desde el primer momento se tuvo la esperanza de que Francisco iba a actuar de modo más contundente. La confirmación vino en el verano de 2013 cuando la Guardia di Finanza detuvo amonseñor Scarano y a diferencia de otras ocasiones, la Santa Sede no sólo no movió un dedo ante la justicia italiana sino que procedió al cese preventivo del detenido en su puesto del IOR y bloqueó sus cuentas. Poco antes, el Papa había nombrado una comisión formada por religiosos y laicos expertos en derecho y finanzas para que recabara información y le ilustrara personalmente sobre la evolución, actividades y situación jurídica de la entidad. Otro hecho relevante ha sido la publicación, por primera vez en la historia, del Informe anual del IOR.

Tras un año de pontificado y meses de rumores y especulaciones, el Papa ha decidido no desmantelarlo pero ha remarcado que la institución debe cumplir su misión para el bien de la Iglesia Católica, la Santa Sede y el Estado de la Ciudad del Vaticano, según se ha indicado en un comunicado oficial. Es interesante analizar la prelación de los objetivos marcados. Iglesia, Santa Sede y Estado. O dicho en términos de estricto catolicismo, primero los fieles – que somos quienes formamos la Iglesia – después la propia estructura eclesial y por último, el minúsculo estado terrenal nacido de los Pactos Lateranenses.

La atención a los propios fieles a lo largo y ancho del mundo o las innumerables iniciativas de auténtica política social son parte de la actividad principal de la Iglesia que se nutre del trabajo de miles de religiosos y laicos que no exigen remuneración alguna. Pero aún así, es imposible llevarla a cabo sin dinero.

Ninguna actividad económica o empresarial es inmoral per se. La banca tampoco. Son las actitudes personales las que generan actos moralmente inadmisibles. Es legítimo ofrecer un producto de inversión, lo inmoral es hacerlo mediante engaño o sabiendo que oculta una estafa. La actividad bancaria se basa en la confianza que nos ofrece la otra parte, Y esta ha de ser elevada para que pongamos en sus manos sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de ella tenemos, el fruto económico de nuestro esfuerzo que no es otro que nuestro dinero. Para ello, es imprescindible que la actitud del banquero sea moralmente coherente y éticamente intachable.

Por eso, es interesante destacar las manifestaciones del cardenal Pell que, sin duda en la estela de Francisco, anuncia que el marco regulatorio y legal del Estado de la Ciudad del Vaticano se va a alinear con el de los países más desarrollados y que el IOR tendrá como única misión servir con prudencia y proporcionar servicios financieros especializados a la Iglesia Católica en todo el mundo, adaptándose a las normas internacionales de transparencia.

Si Juan XXIII decidió convocar el Concilio Vaticano II para insuflar aire freso a la apolillada Iglesia de la época, desterrando formas y modos profundamente alejados del mensaje de Cristo, Francisco, que tomó el nombre de quien tuvo por bandera la pobreza, hasta ser conocido como il poverello di Assisi ha decidido impulsar un claro y potente aggiornamento financiero. Bienvenido sea.

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