EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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PRIMERO DE MAYO


Todos hemos celebrado la Fiesta del Trabajo, unos manifestándose y otros disfrutando del día junto a su familia y amigos. Pero es curioso que cada año, cuando llega el 1º de mayo, los medios de comunicación deban rescatar algún artículo de fondo para recordar quiénes fueron los Mártires de Chicago y explicar las causas y consecuencias de la Revuelta de Haymarket.

La revolución industrial había cambiado el concepto de la relación laboral. En las sociedades agrícolas tradicionales casi todo el mundo trabajaba por su cuenta en diversos oficios o como aparcero de las tierras propiedad de un tercero. Pero las fábricas, que requerían más capital y una relación laboral concreta y regulada al detalle, dieron lugar a una nueva forma jurídica de entender el trabajo. Al principio se le consideraba como una relación privada entre patrón y obrero. Pero poco a poco se fue abriendo paso la idea de que debía regularse de algún modo ya que afectaba, directa o indirectamente, a toda la población. E incluso se fue dando forma a lo que se denomina carácter tuitivo del derecho laboral, o lo que es lo mismo, el reconocimiento jurídico de que en el contrato de trabajo no existe igualdad entre las partes ya que una de ellas siempre es más débil que la otra. El trabajo es un bien escaso, siempre habrá, en condiciones normales, más oferentes que demandantes. Por ello, se entiende justo que se la proteja legalmente. Los ciudadanos no son mercancía sino seres humanos. Y la dignidad y la libertad son dos valores que jamás deben abandonarse.

Hoy, la jornada de ocho horas está regulada en la gran mayoría de los países pero allá por 1886 era una quimera. La idea de dividir el día en tres partes, una para el trabajo, otra para el descanso y una tercera para el ocio se abría paso con muchas dificultades. Era la época en la que el trabajo infantil aún se consideraba algo normal y el descanso semanal, la jubilación o las vacaciones no pasaban de ser meras ensoñaciones.

Estados Unidos, el país con mayor población industrial y mayor inmigración se convirtió en caldo de cultivo para las reclamaciones laborales. En 1827 los carpinteros de Filadelfia se habían movilizado pidiendo la regulación de la jornada; en 1840, el presidente Martin van Buren legisló la jornada de diez horas para funcionarios públicos y obreros navales y dos años después, Massachusetts y Connecticut, adoptaron leyes que prohibían que los niños trabajaran más de diez horas al día. En Europa, las protestas también daban su fruto. En 1844, el gobierno británico redujo por ley la jornada de los menores de trece años a siete horas y limitó a doce la de las mujeres.

En 1845 el I Congreso Sindical Nacional de los EE.UU. se fijó el objetivo de conseguir la jornada de diez horas con resultados desiguales y poco significativos. La resistencia patronal era muy dura y la afluencia de mano de obra inmigrante y muy necesitada de trabajo para sobrevivir permitía abortar cualquier protesta. En 1848, los trabajadores de una sociedad colonizadora en Nueva Zelanda obtuvieron la jornada de ocho horas quizá por primera vez en la historia. Tras la guerra de secesión (1861-65) los trabajadores estadounidenses reiniciaron sus reclamaciones. Regular el mercado laboral se tornó en urgente dada la reincorporación de los soldados desmovilizados y la continuada afluencia de inmigrantes, sobre todo europeos, que arribaban a los puertos estadounidenses. Ohio reguló la jornada máxima de diez horas para las mujeres y los albañiles de Australia obtenían el reconocimiento legal de la jornada de ocho. A la par, la I Internacional decidía en su Congreso de Ginebra de 1866 luchar por la implantación mundial de la jornada de ocho horas.

Ira Steward, un mecánico autodidacta de Chicago conocido como el maniático de las ocho horas y que era bastante escéptico respecto a la eficacia de la acción puramente sindical propuso ejercer presión sobre los partidos políticos votando únicamente a los candidatos que apoyaran las peticiones de los trabajadores, básicamente la reducción de jornada. En 1868, el presidente Andrew Johnson promulgó la Ley Ingersoll que establecía la jornada de ocho horas para los empleados de las oficinas federales y las obras públicas. El cumplimiento de la ley fue demasiado laxo y los avances no se concretaron en la esperada implantación generalizada. En 1881 se constituyó la American Federation of Labor (AFL) que exigió el riguroso cumplimiento de la ley. Un año después, aprobó una declaración para que se extendiera a todos los trabajadores sin distinción de oficio, sexo o edad. Y en el cuarto congreso (1884) tras varios debates al respecto, Gabriel Edmonston propuso que se declararan en huelga las empresas en las que no se respetara la jornada de ocho horas, a partir del 1° de mayo de 1886.

En Chicago se inició la huelga reivindicando lo que hoy es norma comúnmente aceptada, aunque no siempre se cumpla. Uno de los pocos lugares donde no se respetó la jornada fue la fábrica McCormick que además, contrató esquiroles para romper la huelga. El día tres hubo enfrentamientos entre ambos grupos y disparos de la policía que provocó varios muertos. El grupo socialista de trabajadores alemanes Lehr und Wehr Verein acordó convocar un mitin de protesta en Haymarket Square, para el día cuatro. La explosión de una bomba provocó la reacción policial que dejó treinta y ocho muertos y ciento quince heridos.

De aquel incidente se derivó un juicio que todos los historiadores reconocen como injusto y manipulado contra ocho líderes sindicales, cinco de los cuales fueron condenados a muerte – los alemanes George Engel, tipógrafo de cincuenta años, Luois Lingg carpintero (22) y los periodistas Adolf Fischer (30) y August Spies (31) y el estadounidense Albert Parsons (39) – y tres a prisión, – Samuel Fielden, (39) inglés, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua, el estadounidense Oscar Neebe (36), vendedor, a quince años de trabajos forzados y el alemán Michael Schwab (33), tipógrafo, a cadena perpetua.

No está de más recordar que la lucha por la dignidad de los ciudadanos nunca ha sido fácil. Y saber qué celebramos.

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