EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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FIDELIDADES SUICIDAS


La Segunda Guerra Mundial da sus últimos estertores. Los aliados han tomado París y el fin de la tragedia parece más cercano que nunca. La cámara nos adentra en un pueblecito semiderruido en lo que hasta hace muy poco era el frente occidental. Dos tipos de uniforme, entrados en años y con aire muy poco marcial pasean entre las ruinas. Suena una detonación sorda. En un acto reflejo se parapetan tras una pared. El disparo proviene de un edificio abandonado. El más joven y atlético cruza la plaza en zigzag mientras su compañero le cubre. Una vez dentro de la casa encuentra al francotirador. Lo tiene a tiro pero no le dispara. Es un adolescente, casi un niño, enfundado en un siniestro uniforme nazi. Esta escena de The Monuments Men sólo refleja la realidad de aquellos últimos meses de locura hitleriana en los que millares de chiquillos de las Hitlerjugend fueron enviados al frente para ser masacrados, obligados por su Reichswehreid, el juramento de fidelidad ciega al Führer de un imperio que iba a durar mil años y que apenas cumplió la decena.

Es lógico preguntarse como aquel veterano de guerra, acomplejado y maníaco que – en palabras de Chaplin – le había copiado el bigotito a Charlot, pudo abducir a una sociedad estable, culta y desarrollada como la alemana hasta el extremo de convertir a sus ciudadanos en esclavos de una ideología tan destructiva y criminal como el nazismo. Todos los historiadores coinciden en que la humillación de Versalles fue un caldo de cultivo idóneo para un líder que emergió con inusitada fuerza en la durísima crisis económica y social posterior a la caída del II Reich.

No cabe duda de que las consecuencias de una situación continuada de crisis generan estados de miedo y dependencia desconocidos en situaciones de estabilidad y llevan a demasiada gente a asirse a cualquier líder, por descabelladas que sean sus ideas, si les ofrece cierta esperanza, aunque sea falsa. Hace siete años, la crisis subprime nos despertó violentamente de la plácida siesta de la bonanza y desde entonces el terror al despido y la pesadilla del paro son moneda corriente. Demasiadas empresas han entrado en una espiral de mera supervivencia; carecen de liderazgo, estrategia, recursos y objetivos. Su único interés es el de seguir vivos a cualquier precio. Y aunque esa determinación sea positiva, de nada sirve si no tenemos claro cómo, cuándo y dónde queremos situar a nuestra empresa. En acertada frase de Séneca, nunca hay buen viento para quien no sabe adónde va.

Y en medio de ese pandemónium demasiados directivos empresariales demandan fidelidad ciega que es lo que se exige cuando se es incapaz de explicar qué se quiere, probablemente, porque no se sabe. Por ese motivo, en un ejercicio distópico se erigen en líderes visionarios.

Es muy habitual comparar a las empresas con los ejércitos y al mercado con un campo de batalla. El paralelismo es fácil. En ambos casos, estructuras humanas organizadas se enfrentan por imponerse al adversario. Del mismo modo que un general ha de saber que el momento de rendirse es aquel en el que los recursos sacrificados superan a la posibilidad de victoria, un empresario debe decidir cuándo hay que renunciar a un proyecto y cuál es el momento para disolver una empresa. Los grandes líderes deben saber rendirse. Quien pierde una batalla puede ganar la guerra pero si muere por el orgullo irracional de no entregar armas y bagajes, ni siquiera ganará el recuerdo agradecido de aquellos que le acompañaron en el campo de batalla.

Muchas empresas no tienen plan estratégico alguno o ni siquiera han pergeñado como enfrentarse a los problemas inmediatos. Otras no cumplen sus obligaciones económicas con sus trabajadores. No me refiero a situaciones concretas de falta de liquidez que se superan en unos meses o a pequeños retrasos más o menos habituales. Es mucho más grave; no son pocas las que han convertido en norma los impagos. Es como si un general no tuviera claro si quiere conquistar el país que ataca o prefiere hacer una mera incursión de castigo; si no se decide sobre si es mejor atacar al alba o cuando caiga la noche o si el ejército no dispusiera de ropa, armamento o víveres. En ambos casos, carecer de táctica – objetivos inmediatos -, estrategia – meta final – y logística – recursos necesarios – sólo nos lleva al suicidio.

Es terrible, pero estos peligrosos iluminados en vez de buscar soluciones al problema, incluso aunque esta sea tan radical como liquidar la empresa, se limitan a pedir a sus trabajadores que acepten que sólo el aparente líder que les ha llevado hasta allí, puede sacarles del atolladero. Pedir algo así unos trabajadores que llevan meses sufriendo las alucinaciones de un gerente visionario y las consecuencias de una gestión errática supera en delirio a cualquier novela gótica. Quien prefiere la fidelidad irracional y ciega porque es incapaz de admitir los retos de la lealtad crítica y racional sólo conseguirá que los trabajadores inteligentes le abandonen hundiéndole aún más. La mayoría de los fieles también lo harán en el último momento.

Encerrado junto a sus más fanáticos colaboradores en un cuartucho del búnker de la Cancillería, Hitler, el otrora conquistador de Europa, se resiste a admitir que está acabado. Histérico, lanza acusaciones de traición a diestro y siniestro. Decreta sentencias de muerte con el mismo desparpajo con el que un día arengó a las masas del partido y exige atacar al Ejército Rojo que sitia Berlín con las fantasmales divisiones que sólo existen en su imaginación y en las banderitas clavadas en un mapa. En realidad están formadas por críos asustados y ancianos reclutados a golpe de culata por las hordas de fanáticos nazis que aún le creen el elegido de los dioses, el mesías de la supremacía aria. Unas horas después se descerrajó un tiro en la boca y su cadáver fue quemado con un triste bidón de gasolina racionada.

La escena anterior es de otra excepcional película cuyo nombre resume todo lo que pueden esperar de sus empresas estos líderes visionarios y cegados de ego: El Hundimiento.

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5 comentarios

  1. misael dice:

    Pues D. Luis, a mi me parece lo más lógico pedir “fidelidad” en los momentos convulsos en los que andan todas las empresas ahora mismo. Si el empresario se siente acosado por la hacienda publica, por los sindicatos y trabajadores, por los clientes, por los proveedores… no hay un duro y todos quieren cobrar ¿ qué queda ? prácticamente nada. Desde esa nada se quiere establecer un “perímetro” de seguridad… una habitación del pánico… y eso es básicamente la exigencia de fidelidad. Y está bien que así sea… porque debería ser a partir de ahí donde se comience a construir.

    En los negocios o en la relación empresario-trabor el patrón DINERO encauza las voluntades para conseguir aunar mismos objetivos. Dinero no hay, sino que se debe. Así que sólo queda gritar ¡ a mi los mios !

    Yo no se lo voy a explicar a vd., porque me puede dar sopas con honda, pero la situación para el empresariado español, más allá de lo que que puedan arrojar las cocinas de las estadísticas públicas, es grave.

    Reciba un cordial saludo.

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    • Pues aquí, Misael, si que divergimos. Pedir fidelidad a los trabajadores no me parece lo más sensato. La fidelidad (que viene de fe) está para otras cosas. En la empresa como en la guerra hay que ser leales y sobre todo no pedir lo que no se da. La relación trabajador-empresa no puede ser igual que la que hay entre padres e hijos. En particular, porque la empresa como organización económica, tiene otros objetivos. Hundirse con la empresa no es algo que pueda pedirse a un trabajador. Más, cuando habitualmente, se suelen socializar y compartir pérdidas y problemas pero nunca las ganancias y los premios. Los humanos somos así. En la próxima Nota les plantearé las diferencias que, a mi modo de ver, hay entre lealtad y fidelidad.

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  2. Totalmente de acuerdo Luis, sin un plan, sin un proyecto que, aunque pudiera ser que fracasase finalmente, ofrezca una posibilidad de superar el problema, es inmoral pedir fidelidad a los trabajadores que si están a tu lado seguramente será porque fueron fieles cuando todo iba bien y era fácil recolocarse en otro puesto. Hoy yo dudaría de esa fidelidad en un doble sentido, por un lado al vicio de pedir la virtud de no dar, como planteas en ocasiones se pide al trabajador que se hunda con el barco, nada más lógico que aplicar el dicho popular, presentar tus condolencias y saltar del barco. Por otro lado, la fidelidad se tiene por convicción y se pierde por oportunidad, poco fiel es quien permanece en el barco temeroso de las aguas, pues posiblemente si tuviese otro barco a mano no dudaría en saltar. En cualquier caso nunca debemos olvidar el detalle que pones de manifiesto, socializar pérdidas y problemas pero nunca ganancias y premios. Espero esas lineas de lealtad y fidelidad cual amante embelesado por los dulces versos que resuenan en sus oídos.

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  3. Luis Jorda dice:

    En estos tiempos que corren hacen falta empresarios que sean capaces de anticiparse a la jugada, ya no es suficiente con adaptarse al mercado y la fidelidad máxima que se le puede pedir a un trabajador es que sea eficaz en su trabajo. Lo que está ocurriendo es que algunos empresarios no son capaces de re conducir los negocios ante tantos cambios en el mercado,precios,comportamientos de compra de los consumidores, regulaciones y normativas, competencia, y al final lo pagan con la parte más débil, el trabajador.
    Saludos Luis.

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