EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

PATADA A SEGUIR


El rugby, ese maravilloso deporte de villanos jugado por caballeros, tiene una regla que lo hace épico y otra que lo humaniza. La primera es su esencia; ningún jugador puede ir por delante del balón ya que no puede pasarse hacia delante. Así, será el ímpetu y el empuje del equipo el que lo haga traspasar la línea de ensayo. Por otra parte, como ningún jugador puede ser tocado si no lleva el balón, una de las imágenes más clásicas del juego es la patada a seguir. Cuando resulta imposible romper la muralla defensiva contraria se patea el balón hacia delante, con fuerza y a ras de hierba, para evitar la presión de los delanteros contrarios y esperando que un compañero pueda recogerlo y conseguir de ese modo alguna ventaja. En otras palabras, soltar el balón y encomendarse a todos los santos.

Últimamente, la banca, agobiada ante el muro infranqueable de la morosidad, las provisiones, el riesgo y las normas contables de Basilea III, ha hecho lo mismo que el jugador de rugby aterrorizado ante la corpulencia de sus adversarios y ha lanzado el balón hacia delante esperando tiempos mejores que parecen no llegar.

Según el Banco de España (Informe de Estabilidad Financiera de mayo de 2014, página 27) el conjunto de las entidades bancarias que operan en nuestro país mantienen en sus balances 211 mil millones de euros procedentes de refinanciaciones, un 15% de la cartera crediticia total. De esa escalofriante cifra, la mitad son créditos morosos – acumulan más de noventa días de retraso en los pagos – y casi la quinta parte cumple todas las condiciones objetivas para serlo muy pronto. Sea por impagos, por no cumplir sus obligaciones regularmente o porque el deterioro de su negocio es tan evidente como irreversible.

Si un banco se ve obligado a modificar las condiciones de plazo, tipo de interés o garantías aportadas para no declarar fallida una operación viva demuestra que algo ha fallado en su análisis de riesgos. Si se trata de una de cada seis operaciones el fracaso es estrepitoso, más aún, cuando el SAREB ha sacado de sus balances demasiada basura. Así que podemos colegir que la mayoría de esas operaciones son prácticamente incobrables.

Lo único que consigue la patada a seguir es alargar la agonía y volver a maquillar los balances. Si en el rugby, la efectividad que la jugada busca es que un compañero recoja el balón, avance y ensaye, en el ámbito bancario se reduce a esperar que en un futuro próximo, las condiciones generales del mercado y las financieras evolucionen de manera que el deudor sea capaz de generar beneficios y sobre todo caja, en cantidad suficiente para absorber la deuda consolidada y los intereses generados durante el plazo de espera. Cuanto más se alargue la prórroga, mayor será la deuda y menor la probabilidad de recobro.

La crisis ha sacado del olvido a Hyman Minsky, un economista estadounidense tachado de keynesiano radical de quien se ha recordado esta frase escrita 1974: una característica fundamental de nuestra economía es que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos.

Minsky centró su trabajo en estudiar la fragilidad intrínseca de los mercados financieros para comprender sus crisis y mostró cómo evoluciona esa inestabilidad y cómo interacciona con la economía. Para él, los tiempos de prosperidad desarrollan una euforia especulativa unida a un aumento del crédito hasta que los beneficios producidos por los activos adquiridos son incapaces de pagar el crédito que garantizan. Ahí llega el impago generalizado y con él, la crisis. En ese momento, la concesión de préstamos se contraerá sea cual sea la calidad de los solicitantes y la economía entrará en recesión. El análisis de Minsky describe tres tipos de empresa según su situación financiera: cubierta, sus flujos de caja son suficientes para pagar principal e intereses de la deuda contraída; especulativa, sólo es capaz de afrontar el pago de intereses por lo que requiere reestructurar urgentemente su deuda y ponzi, no puede afrontar ni siquiera los intereses y está, técnicamente, en quiebra. El esquema es válido para empresas, particulares o estados y el calificativo ponzi proviene de un conocido estafador estadounidense que creó lo que hoy llamamos estructuras piramidales.

La degradación del conjunto de agentes económicos desde una posición cubierta a una tipo ponzi se genera muy fácilmente en un entorno de tipos bajos y crédito masivo como en el que nos desenvolvemos desde hace años. Si le sumamos las políticas de apoyo a la compra de inmuebles era imposible que no se alimentara la burbuja. El ciclo definido por Minsky es sencillo: bajo interés y facilidad de crédito, creación de demanda, revalorización de los activos, compras con alto endeudamiento y ventas rápidas con beneficio. Pero el aumento del crédito acaba generando desconfianza en los prestamistas que elevan los tipos hasta que la mera especulación no es suficiente para pagar los costes y aparece el credit crunch o contracción del crédito. En ese momento aparece la volatilidad de los valores que afecta hasta a las empresas solventes y contagia la crisis a todos los sectores. En fin, todo lo que hemos vivido.

La pregunta ahora es sencilla, ¿por qué se prefiere mantener la basura bajo la alfombra? Sería mejor levantarla y sacudirla. Mientras haya sospechas respecto a los balances de las entidades el mercado vivirá a la espera de los sobresaltos. La mejor solución en estos casos es asumir cuanto antes todo el coste real de la burbuja. En caso contrario, es muy posible que las entidades requieran de nuevo ayudas, que el crédito siga estancado y que la recuperación nunca llegue a particulares y empresas que son quienes al final, generan riqueza.

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2 comentarios

  1. misael dice:

    ¿por qué se prefiere mantener la basura bajo la alfombra?
    Respuesta: Porque así la responsabilidad de todos los gestores se diluye en el tiempo…. “como lágrimas bajo la lluvia”, que diría el Nexus 6.

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