EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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ENTRE LEALES Y FIELES


Recuerdo una famosa campaña publicitaria de finales de los ochenta. Un perro tristón, parado en medio de la calzada de una carretera – aún no había tanta autovía – nos miraba con ojos mohínos e infinita pena. A pie de cartel, un lema impactante: Él nunca lo haría. No lo abandones. La visión del pobre animal dejado a su suerte en medio de la noche me provocaba tanta congoja como rabia el mensaje implícito que al menos yo recibía: el perrito no lo haría aunque tú – refiriéndose al dueño – sí lo hayas hecho.

Tomar como ejemplo para un ser humano racional y libre, la imagen del perrito fiel, que haga lo que haga su dueño siempre estará a su lado, me enerva. Soy incapaz de entenderla. Quizá por eso, creo que es muy importante separar dos conceptos que suelen tenerse por sinónimos y no lo son; lealtad y fidelidad. La etimología, que suele ser aclaradora, nos marca la primera diferencia. Ambas proceden del latín, lealtad de legalitas y esta de lex (ley) y fidelidad de fidelitas, que a su vez deriva de fides (fe).

Fieles son los que se mantienen junto a alguien por mera fe, leales los que lo hacen por razón de legalidad, de compromiso, de libre acuerdo, en definitiva. Un ser humano puede ser fiel a una idea pero cuando lo es a una persona renuncia a una de sus mayores capacidades, la racionalidad. En cambio, la lealtad no es posible desde la ceguera de la sinrazón.

La fidelidad se basa en promesas y la lealtad en acuerdos. En cierto modo quien es fiel se somete, quien es leal se compromete. Por eso, la fidelidad puede ser ciega y devenir en suicida y la lealtad, no. La lealtad es crítica, la fidelidad, no. Ser fiel significa soportar todo lo que venga de aquel a quien se sigue y no exigirle nada. La lealtad abomina de tales entregas y se limita mediante reglas aceptadas tácitamente por las partes; es recíproca y jamás gratuita. Do ut des, que dice el adagio romano, te doy para que tú me des. Ninguna de esas características se encontrará entre los que se definen fieles pues prefieren ponerse bajo el halo protector de aquel a quien creen un elegido de los dioses. Los leales no siguen a una persona sino a una causa y tan sólo mientras la creen justa. Por la consecución de ese objetivo común están dispuestos a asumir riesgos, pérdidas y esfuerzos.

La fidelidad nace de las entrañas, la lealtad del análisis racional. Y aunque, en palabras de Pascal, haya razones del corazón que la razón no entiende, la fidelidad debe circunscribirse al ámbito íntimo o personal. Se es fiel a Dios, a la pareja o a la familia y aún así, conforme se va ampliando el círculo, más insensata es la fe. Desde la fidelidad simplemente se perdonan los errores, desde la lealtad se exigen responsabilidad y reparación del daño.

Al hilo de este razonamiento y trasladando el análisis al campo de la empresa, podríamos hacernos tres preguntas. ¿Qué es mejor para un directivo, rodearse de leales o de fieles? ¿Qué debería preferir un trabajador, que le exijan lealtad o fidelidad? Y por último, ¿qué es mejor para una empresa, la fidelidad de los empleados a sus jefes o la lealtad entre ambos?

No cabe duda de que dirigir una empresa rodeado de fieles es muy cómodo pues harán lo que se les mande y lo afrontarán con gusto y entrega. Pero la comodidad no es un estilo de gestión. Quien cree que dirigir es sinónimo de mandar buscará la fidelidad de sus subordinados. El que sabe que la mejor manera de obtener resultados positivos a largo plazo es liderando, se ganará la lealtad de sus compañeros.

Quien quiera liderar, sea un holding o una microempresa, debe asumir sus propias limitaciones; intelectuales, relacionales, personales o de carácter. Por todo ello, un líder preferirá el leal gesto de desaprobación del crítico antes que el fiel arrobo del fan. No hay ser humano infalible, ni líder perfecto. La mayor gloria para un general romano era que el Senado le concediese un Triunfo. Entonces, recorría junto a sus soldados la ciudad aclamado por la plebe. El protocolo exigía que el esclavo que le acompañaba en una cuadriga lujosamente adornada, sostuviera sobre su cabeza los laureles de la victoria; y la costumbre que le susurrara al oído durante todo el desfile: respice post te, hominem te esse memento (mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre).

La lealtad la demuestra quien avisa del error y colabora para corregirlo, quien dice lo que piensa y no lo que le gustaría oír al líder, quien aporta ideas y no solo absorbe las del jefe, quien asume el riesgo de plantarle cara frente a quien sólo es capaz de criticar sus decisiones con cobarde condescendencia en la barra del bar de abajo.

La mayor prueba de lealtad es abandonar a quien ya no cumple con el pacto tácito en el que se basaba la misma. La forma más sublimada de fidelidad es la de hundirse en el barco junto al capitán visionario que tras embarrancarlo, insiste en no variar el rumbo.

Rodearse de fieles es un craso error de gestión. Ser fiel hasta el último aliento ha alimentado la inspiración de los poetas y nos ha dejado hermosas paginas elegíacas pero en cuestiones más profanas – y la empresa es una de ellas – mejor será hacer caso a quienes tienen por norma aquellos viejos versos guasones del romancero que muestran los peligros de lanzarse a la batalla sin más preparación que le fe ciega en el adalid que nos guía y nos cuentan como…

Llegaron los sarracenos

y nos molieron a palos,

que Dios ayuda a los malos

cuando son más que los buenos.

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2 comentarios

  1. misael dice:

    Maravilloso análisis de dos palabras tan bonitas y que son tan importantes en las relaciones humanas. Es muy importante conocer la diferencia, pero sobre todo es muy importante conocer qué significan y donde se aplican… Enseguida me ha venido a la cabeza el matrimonio canónico… gran prueba de fidelidad, explicitado con lo de “en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad”. Es curioso como algunos y algunas, por el mero cansancio del tiempo cambian, el pacto desde fidelidad a exigencia de contraprestaciones, más propio de la lealtad. Saludos

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  2. Exacto, Misael. El matrimonio es una clara muestra de fidelidad; es gratuito porque lo inspira el amor y te une a una persona. Por eso mismo, en las relaciones mercantiles solo cabe la lealtad.

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