EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL RIESGO DE NO ARRIESGAR


No necesito recordar a nadie que el riesgo es algo connatural a nuestras vidas. Como no hay nada gratis, sólo arriesgando podremos conseguir lo que ansiemos en cualquier ámbito de la vida. Si una tarde de sábado dudamos entre invitar a nuestra pareja al cine o al teatro, tendremos en cuenta el precio, el horario y el interés de cada espectáculo, los gustos propios y de quien invitamos, la distancia a recorrer, si vamos en nuestro coche o en transporte público, los costes añadidos como el aparcamiento, la comodidad de las salas, etc. Y todo ello lo hacemos casi inconscientemente hasta decidirnos. Y aún así, siempre existe el riesgo de que la velada sea un fracaso ya que no controlamos todas las variables posibles, alguna de las cuales puede dar al traste con nuestra salida sabatina, sean responsabilidad nuestra – un comentario inapropiado desde el punto de vista de nuestra pareja; un cálculo erróneo sobre el tiempo necesario para llegar puntualmente o una mala elección de lugar de aparcamiento – o ajena – la actitud bulliciosa del pesado de la butaca de al lado que ríe con estrépito o no acostumbra a visitar la ducha antes de salir de casa; el atasco producido por un accidente de tráfico; la enfermedad del actor principal – en el caso de elegir teatro – sustituido por un novato sin gracia ni tablas o … cualquier otra eventualidad posible aunque sea altamente improbable.

De todos modos, una correcta valoración de las circunstancias más importantes casi nos garantiza disfrutar de la velada tal y como la habíamos planeado. El análisis bancario de los riesgos de devolución de una operación de préstamo se basa en una estructura similar. Estudiamos al cliente, investigamos todas sus circunstancias económico-financieras y valoramos su capacidad de reembolso, la propia inversión a la que se va a destinar el dinero y el vehículo más indicado para canalizarla – préstamo, crédito, etc. – antes de decidir si le otorgamos o no nuestra confianza. También debemos cotejar nuestras fortalezas y debilidades para concluir si somos la entidad o la sucursal idónea para asumir ese riesgo. Aún así, podrán aparecer, a lo largo de la vida de la operación, circunstancias propias del banco – solvencia, concentración de riesgos tras una fusión, etc. -, del cliente – cambios en la gestión o en el negocio, problemas con proveedores, impagos de sus clientes, entre otros muchos – o ajenas – caída de la oferta o de la demanda, situaciones de crisis, alzas o bajas de precios, por ejemplo – que la conviertan en un fiasco.

Ese ha sido el escenario que abocó a la banca a la crisis financiera que ha terminado llevándonos al rescate público y a la nacionalización de un buen puñado de entidades. De modo inmediato, el dinero que es miedoso se retiro del mercado. Las entidades redujeron el crédito de modo radical, sin tener en cuenta la solvencia del cliente. Aquellas que disponían de carteras sanas de inversión fueron capaces de sortear el temporal gracias a los ingresos obtenidos por las operaciones vivas. Pero estas se van amortizando o simplemente son menos productivas dadas las caídas de los tipos de interés y la reducción de los saldos pendientes. El beneficio bancario surge de la diferencia entre los Productos Financieros (cobros de intereses por préstamos) y los Costes Financieros (pagos de intereses por depósitos). Si la cantidad resultante (Margen de Intermediación) es negativa, el negocio bancario es ruinoso. A esa cantidad se añaden el resto de retribuciones obtenidas por servicios prestados a la clientela y obtenemos el Margen Ordinario a partir del cual se van deduciendo los diversos gastos hasta definir el beneficio. El recurso de la banca durante estos años ha sido el de engordar las retribuciones vía comisiones para compensar la caída de ingresos por la vía natural que es la de los Productos financieros. Por ese motivo, los usuarios bancarios hemos vuelto a sufrir, como hace un cuarto de siglo, la ofensiva de venta de seguros de todo tipo, de servicios muy poco bancarios o de menaje de cocina y electrodomésticos. Al menos, gracias al desarrollo de los libros electrónicos nos hemos librado de las siempre socorridas enciclopedias de antaño.

Pero toda maniobra de distracción tiene un límite. Y a la banca le está llegando porque ya le está viendo las orejas al lobo. De nada sirve cerrar oficinas, recortar salarios o concentrar el negocio cuando lo que ocurre es que no hay negocio. Por muchos sustitutivos que se busquen, el único negocio bancario es prestar dinero. Y hacerlo supone riesgos pero no menos que levantar la persiana de cualquier pequeño comercio cada mañana. El banco debe financiar inversiones solventes y el señor de la tienda atraer clientes que también han de serlo si no quiere bajar la persiana definitivamente. Cerrar el grifo del crédito en las situaciones de crisis es una decisión tan errónea como habitual. Y ahora hay que corregirla; y hacerlo pronto, aunque no alocadamente.

Igual que los trapecistas del circo arriesgan su vida, el banco expone su dinero. El análisis de riesgos es como la red que ahuyenta a los espectadores más morbosos pero atrae a muchos más, aquellos que quieren experimentar emociones sin necesidad de tapar los ojos a su hijo cuando las manos del trapecista resbalan tras fallar la maniobra de asirse a los brazos de su pareja al final de una pirueta con triple mortal. Pero si huimos del riesgo la taquilla del circo se llenará de telarañas. Si solo ofrecemos una pista sin trapecistas porque estos no quieren herirse, las gradas se verán desiertas.

Lo importante es que los bancos no vuelvan a quitar la red para llenar a caja con rapidez de la burbuja. No olvidemos que no es el miedo, ni la temeridad sino la prudencia la principal virtud que debe adornar a un banquero.

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