EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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MARACANAZOS EMPRESARIALES


El evidente y desgraciado fracaso de la selección española en el Mundial de Brasil refleja las consecuencias de una actitud demasiado habitual en la organización y devenir de grupos humanos; el miedo o la resistencia a la renovación ordenada en las organizaciones de éxito. El fútbol, como todo deporte de equipo, es un paradigma de la gestión de personal. Requiere una estructura definida, alguien que actúe como estratega – el entrenador es el equivalente al Consejero Delegado de una compañía –, quien se responsabilice de la táctica – el líder de juego o el Director General – y hasta quien aporte auctoritas o autoridad moral – los referentes en la estructura empresarial o quienes lideran el vestuario en un equipo deportivo – así como los responsables de la logística, sean utileros o ayudantes. Un grupo cohesionado, actúe en un campeonato deportivo o en el mercado, consigue los objetivos que se plantea, siempre que la mayoría del equipo los desee y sean posibles, cuantificables, comprensibles y consensuados.

viena monumento a francisco jose en burggarten

Francisco José de Austria. Un reinado del éxito al fracaso. Monumento en Burggarten (Viena)

Ante los éxitos, no siempre solemos reaccionar con humildad o magnanimidad. Es difícil y sin embargo, esta selección lo ha conseguido en los últimos años aún alzándose de modo consecutivo con dos títulos continentales (2008 y 2012) y uno mundial (2010), proeza que nadie había logrado hasta este momento. Lo habitual es que el triunfo ensoberbezca o al menos, dé lugar a un cierto orgullo mal entendido. Superar estas tentaciones es muy complejo pero las grandes empresas se caracterizan por respetar la competencia y a competidores, clientes y proveedores así como al propio mercado. De ese difícil equilibrio entre humildad y orgullo surgen los líderes.

Pero lo que es muy difícil superar es la autocomplacencia. Saberse líder crea cierta sensación de invulnerabilidad, una situación muy peligrosa porque se toma por indubitable hasta que alguien, como el niño del cuento grita que el rey está desnudo, y pone en peligro un liderazgo artrítico y cristalizado por culpa de la inercia de la inacción, el paso del tiempo y la ceguera de los mercados.

La inesperada derrota de los temidos y poderosos Tercios de Flandes en Rocroi el 19 de mayo de 1643 marcó el inicio de una serie de derrotas claves para el Imperio Español que se haría irreversible quince años más tarde en la batalla de las Dunas. Pocos meses antes de Rocroi, esos mismos Tercios comandados por idéntico Capitán General – Francisco de Melo –habían derrotado a los franceses en Honnecourt y a finales de noviembre de 1643 harían lo mismo, aniquilando a las tropas galas en Tuttlingen. Pero tras Rocroi, nada fue igual; nuestros Tercios dejaron de ser invencibles tras un siglo de indiscutible hegemonía mundial.

Las quiebras de la Hacienda en tiempos de Felipe II – 1557, 1577 y 1597 – Felipe III – 1607 – y Felipe IV – 1627, 1647, 1652 y 1662 – no auguraban un futuro de esplendor para un vasto imperio centralizado, excesivamente burocratizado y sobre todas las cosas, impermeable al sano y normal relevo en sus cuadros directivos y en la sociedad en general.

Es curioso comprobar que de las diecinueve Copas del Mundo de Fútbol celebradas hasta la fecha, sólo dos campeones, Italia en 1934 y 1938 y Brasil, en 1958 y 1962, consiguieron revalidar los laureles. En cambio lo que es mucho más habitual es el fracaso del campeón vigente.

¿Por qué? En primer lugar, la resistencia de los propios protagonistas es lógica y humana. Sea en un equipo triunfador o en una empresa líder. También para la propia afición será muy difícil admitir que el único modo de mantener la gloria exige la sustitución de quienes, hace muy poco tiempo, se la dieran. El dilema es muy parecido en las empresas. Cualquier equipo directivo que haya protagonizado el ascenso o la consolidación del liderazgo de su empresa será muy reacio a admitir que ha terminado su tiempo. Pero también sus colaboradores, proveedores y clientes preferirán la tranquilidad de lo conocido, más cuando se encuentra en su mejor momento, antes que arriesgarse en la aventura que siempre supone cualquier cambio de rumbo.

La única magnitud que diferencia los procesos de renovación en un equipo ganador – como ha sido y puede seguir siendo, nuestra selección nacional de fútbol – y en una empresa líder es la de su período de maduración. Evidentemente, la vida deportiva es mucho más corta que la profesional.

Pero lo más cierto, y esa es la enseñanza que debemos obtener de este inesperado maracanazo es que la única forma de conseguir una presencia continuada de la excelencia en cualquier organización humana es la ordenada renovación de sus miembros. Mantener cúpulas directivas esclerotizadas que se niegan a dejar paso y hacen de tapón ante quienes podrían insuflar aire fresco a la dirección sólo nos lleva al fracaso. Y cuando este se presenta de modo súbito, repentino e imprevisto es aún mucho más doloroso y difícil de superar.

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