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RESCATE Y RIESGO MORAL


Publicado en Granada Hoy.

Invertir es arriesgar. Si hay algo claro en economía es que nada es seguro. Cualquier inversor debe asumir que siempre existe la posibilidad de perder parte o todo el dinero invertido. Pero invertir no es jugar. En palabras del profesor Samuelson, la inversión debe ser más como esperar que la pintura se seque o que la hierba crezca. Si quieres emoción, toma ochocientos dólares y ve a Las Vegas. El jugador se entrega a la agitación del azar, el inversor analiza sus probabilidades de éxito para minimizar el riesgo aunque nadie sea capaz de garantizar el buen fin de una inversión. Siempre pueden aparecer cisnes negros, que es como se denomina en el argot a esos acontecimientos tan inesperados que creemos imposibles.

La seguridad es una necesidad tan propia del ser humano como real es la incertidumbre sobre el futuro. Cuando aseguramos cualquier contingencia, la sensación de riesgo se desvanece. Seamos o no conscientes de ello, disponer de un seguro nos hace menos cuidadosos; sabemos que si por algún motivo el riesgo se convirtiera en pérdidas, habría alguien que las asumiría. Por eso las aseguradoras incentivan y bonifican a sus clientes, para que sean tan cuidadosos como si no dispusieran de coberturas.

Esa relajación en la vigilancia se denomina moral hazard – riesgo moral o inducido – y se da cuando un sujeto se ve tentado de realizar acciones ineficientes o proporcionar información sesgada de modo que primen sus intereses individuales respecto a los de los demás. En definitiva, sólo se busca el resultado porque se confía en que el riesgo real será asumido por un tercero, sea o no consciente de ello.

Durante esta crisis estamos comprobando la enorme hipocresía de quienes se deshacen en alabanzas al mercado libre pero sólo hasta que el riesgo propio se concreta en pérdidas. En ese momento, vuelven la vista al estado al que exigen que actúe como asegurador de sus negocios privados. La excusa siempre es la misma; el suyo es un sector estratégico e imprescindible y si cayera, la economía del país se hundiría en una espiral de ruina y miseria de consecuencias impredecibles. El efecto más grave que provocan las situaciones de riesgo moral es el de la transferencia del coste a un tercero ajeno que además, jamás se benefició de los años de bonanza. Y esa situación es la que estamos viviendo a diario. La quiebra de las Cajas de Ahorros es, por conocida, la situación más sangrante. Pero no debemos olvidar la continua sangría de fondos públicos que suponen cada año las aportaciones de capital a empresas de titularidad estatal, autonómica o local, las televisiones públicas o el rescate propuesto para algunas autopistas que probablemente, jamás debieron construirse. Esta acumulación de riesgo moral está convirtiendo al ciudadano en asegurador involuntario de unos riesgos que nunca aceptó. Pero será el contribuyente quien los acabe pagando.

El gran capitalismo español se ha caracterizado históricamente por su cercanía al poder político en todos sus niveles. Ese empresariado áulico y cortesano ha sido poco dinámico y demasiado dependiente del presupuesto del estado. Es muy posible que la alegre asunción de riesgos por parte de Cajas de Ahorros, Empresas y televisiones públicas o concesionarias de autopistas se deba a la seguridad que han tenido sus gestores de que el estado aparecería en el último momento como el 7º de caballería en los western de nuestra infancia. Cuando una empresa quiebra, sea cual sea su tamaño o el sector en el que desarrolle su actividad, está reconociendo que ya no es viable. Rescatarla con dinero público no sólo es injusto respecto a todas las que han sido liquidadas sino que genera una escandalosa situación de riesgo moral puesto que el mercado interpretará que el estado va a ser siempre el garante de sus deudas.

Esta actuación de los poderes públicos se convierte en un incentivo diabólico. Los gestores de las empresas consideradas estratégicas se sentirán libres para arriesgar más de lo que dictaría el sentido común. Si ganan, obtendrán todo tipo de beneficios; económicos, sociales y de reconocimiento profesional. Si pierden, volverán la vista hacia papá estado y solicitarán, una vez más, la ayuda pública aduciendo, como siempre, la importancia del sector para el futuro del país. Pero más negativo aún es el hecho de que los rescates generan emulación. Cualquier otra empresa con problemas preferirá solicitar ayudas antes que asumir costes de reestructuración o tomar medidas de ahorro con los que volver a ser viable. Así, se prima a las empresas ineficientes perjudicando a todo el tejido productivo. A las del mismo sector, por la competencia desleal que suponen las ayudas y al resto, porque el destino de sus impuestos será muy diferente de los que son aceptables en una economía de mercado. En definitiva, la principal causa del riesgo moral es la irresponsabilidad de quien toma riesgos excesivos y de quien, una vez quebrado, lo rescata. Y no olvidemos que un mercado irresponsable nunca generará estructuras sólidas de crecimiento económico y desarrollo social.

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