EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL TIEMPO Y LOS TIEMPOS


Si visitan y pasean por Cambridge, la exquisita y deliciosa ciudad universitaria inglesa, descubrirán, en la esquina de Benet con Trumpintong una curiosa estructura dorada empotrada en la pared de la Biblioteca Taylor: es el Reloj Corpus. Diseñado por John C. Taylor e inaugurado por Stephen Hawking en septiembre de 2008, toma su nombre del Corpus Christi College del que fue miembro Taylor y en cuya fachada se expone. El reloj no tiene manecillas ni números y simula una rueda dentada que avanza gracias al movimiento de un insecto devorador que recuerda a un saltamontes y a quien su creador denominó Cronófago – el comedor de tiempo. La característica más curiosa del ingenio reside en que solo da correctamente la hora cada cinco minutos. Durante el resto del tiempo, el péndulo se acelera o ralentiza de modo aleatorio. La idea que quiere reflejar es la de la irregularidad de la vida, el avance inexorable pero también errático del tiempo y la diferente percepción que cada uno tenemos del mismo. Un planteamiento tan hermoso como irrefutable y tan inquietante como cierto.

Reloj CORPUS. Cambridge. (Reino Unido).

Reloj CORPUS. Cambridge. (Reino Unido).

Aunque el futuro – en palabras de C. S. Lewises algo que cada cual alcanza al ritmo de sesenta minutos por hora, haga lo que haga y sea quien sea, nadie puede negar que no siempre lo sentimos así y que hay días en los que el tiempo corre veloz y otros en los que se demora con desesperante lentitud. Los tiempos, o lo que es lo mismo, la forma en la que cada uno gestiona esa magnitud neutral que avanza a ritmo constante suelen ser muy distintos entre sí. Y es muy posible que cuando implicamos a un grupo de personas en cualquier evento, sólo en determinadas ocasiones, seamos capaces de coincidir temporalmente de modo coordinado y eficiente.

Por ese motivo, uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta una organización empresarial es el de sincronizar las diversas estructuras que la componen e incluso a todas y cada una de las personas que intervienen en cualquier proceso, por ínfimo que este sea.

Frente a la tradicional y rígida jerarquía que genera pesadas estructuras incapaces de reaccionar ante cualquier contingencia, la gestión de recursos en un mundo como el actual debería incidir en la desaparición de las cadenas de mando a la vez que las órdenes se sustituyen por indicaciones, hitos temporales y objetivos materiales, exigiendo a cada trabajador, equipo o departamento, plena responsabilidad en relación con la calidad de ejecución de su trabajo antes que premiar la simplona y empobrecedora fidelidad a las órdenes recibidas que tanto gusta a quienes prefieren mandar a liderar.

El fin último de una empresa ha de ser la rentabilidad, no la obediencia.

Durante siglos, los relojes públicos han sido el referente ciudadano para señalar la apertura y cierre de fábricas, comercios y oficinas públicas y privadas; el inicio y fin de las clases en colegios, institutos y universidades; la hora de las tertulias, las citas galantes y las reuniones de negocios o el momento de retirarse a descansar. Nuestros antepasados no necesitaban sincronizar los relojes porque sólo había unos pocos a los que recurrir; el de la iglesia, el ayuntamiento o el del edificio de Correos. Así, nadie podía decir, yo tengo y cuarto para escuchar a continuación,  en el mío, aún no son ni y diez. Y además, el tiempo se medía por cuartos de hora, sin necesidad de caer en esa terrible dictadura del minuto exacto.

Si dispusiéramos de un conjunto de relojes Corpus, perfectamente ajustados, comprobaríamos como cada uno de ellos avanzaría a placer pero también veríamos, no sé si asombrados, que cada cinco minutos darían la hora exacta de modo perfectamente coincidente. No hay mejor metáfora para representar la que debería ser la realidad de una empresa correctamente gestionada. Cada departamento, incluso cada persona, en el ejercicio de su libertad debería ser el único responsable de su gestión del tiempo y del propio trabajo. La exigencia final está en la coordinación, en el hecho de que cada cinco minutos – utilizando la idea del reloj Corpus – todo el mundo coincida temporalmente.

Demasiados jefes son incapaces de delegar o de dejar que sus empresas funcionen desde la libertad y la responsabilidad. Resulta a veces patético comprobar cómo directivos de altísimo nivel desperdician su tiempo y el de los demás inmiscuyéndose en el día a día de sus colaboradores y subordinados. ¿Qué interés puede tener – y es un caso vivido – el presidente de una importante compañía en imponer a su secretaria la forma en la que deben ordenarse los documentos a archivar? ¿Qué sentido tiene imponerle un sistema nuevo a una persona que, hasta ese momento, era absolutamente eficiente? Ninguno.

Del mismo modo hay quienes se empecinan en exigir el orden en que deben afrontar las tareas sus subordinados y olvidan el fin, imponiendo el medio. Cada trabajador, cada departamento, debería ser como un reloj Corpus. Basta con que, en el momento oportuno, coincidan todos los implicados; la forma en la que lleguen es indiferente.

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