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LAS CARTAS NIGERIANAS


Entre los muchos papelotes que he ido atesorando a lo largo de mi vida profesional, guardo con especial cariño una carta escrita en inglés y recibida en el verano de 1996, por correo aéreo y dirigida pomposamente a THE PRESIDENT / CEO, así en mayúsculas, de un pequeño comercio familiar. Como aquel honrado empresario nacido en la posguerra, aunque fuera capaz de cantar alguna que otra letra de los Beatles, no entendía más palabras en el idioma de Shakespeare que los cuatro anglicismos propios del fútbol o del cine, dejó la carta bajo el mostrador con la esperanza de que el dinero gastado en clases de inglés para sus vástagos diera algún fruto inmediato. Así que tras echar la persiana como cada tarde se encaminó a casa con la misteriosa carta en el bolsillo y la curiosidad a flor de piel.

La Carta Nigeriana.

La Carta Nigeriana.

Sin recurrir más que un par de veces al diccionario, su hijo le informó que la misiva en cuestión venía firmada por el Dr. Olu Takar, que se presentaba como miembro del Contract Award Comitte (CAC) de la Nigerian National Petroleum Corporation (NNPC). La verdad es que los destinatarios nunca pusieron en duda que en Nigeria existiera una sociedad pública dedicada a gestionar el petróleo; lo que jamás llegaron a entender es que su comité de adjudicación de contratos se dirigiera a ellos y mucho menos que lo hiciera por recomendación de una Agencia Internacional de Negocios.

Así que, aunque se sintieron muy orgullosos de que se les considerara una empresa confiable, cuando el educadísimo doctor Takar, les prometió un 25% de los fondos que recibieran en su cuenta sólo por darles sus datos bancarios, la familia en pleno torció el gesto. Más aún cuando del texto de la carta se dedujo que la transacción no era del todo legal, ya que los fondos no podían salir del país y por eso se buscaban cuentas de terceros en países extranjeros.

– Esto es muy raro, papá.

– Como que es un timo. Estos tipos son unos estafadores.

– O algo peor, unos delincuentes – terció la madre.

– Mujer, los estafadores son delincuentes.

– Si no te digo yo que no. Pero estos son mucho más delincuentes. Cosas de drogas o… ¡vete tú a saber!

Y ahí se acabó la conversación. Y el timo, claro.

Me he acordado de la carta pues este verano he vuelto a leer una noticia que contaba una estafa muy parecida, sólo que ahora en vez del correo postal se utiliza el socorridísimo y gratuito correo electrónico.

El mecanismo siempre es idéntico. Una vez que hemos dado los datos de nuestra cuenta se nos requiere para enviar pequeñas cantidades con las que asumir gastos de transacción ineludibles o incluso pagar sobornos. Supuestamente, todos estos pagos incrementarán la cantidad que acabaremos recibiendo como comisión. Si pagamos, el timador solicitará nuevos pagos y cuando se sienta satisfecho, desaparecerá. Y jamás recibiremos la prometida transferencia millonaria.

En otros casos, no nos pedirán dinero pero utilizarán la información personal y la documentación enviada para suplantar la identidad de la víctima vaciando cuentas bancarias y utilizando tarjetas de crédito hasta el límite concedido.

Sobre este planteamiento clásico han aparecido múltiples variantes. En unas nos solicitan dinero para sacar de la cárcel a algún multimillonario que se oculta tras un alias y por tanto, no puede disponer de su dinero; en otros casos nos prometen herencias yacentes que sorprendentemente nos corresponden, premios de lotería de sorteos en los que no recordamos haber participado, etc.

Cada vez que leo una noticia parecida me hago la misma pregunta, ¿qué lleva a una persona normal a creerse un timo tan ridículo? Sin embargo, la extensión de estos fraudes financieros, aunque profundamente pedestres es tal, que periódicamente las policías de medio mundo alertan al respecto.

Lo normal sería reaccionar como los destinatarios de la carta que guardo; sonreír, enfadarse y olvidar el asunto. Al fin y al cabo, nadie comparte un buen negocio, salvo que de esa colaboración nazca uno, aún más rentable. Las finanzas, como toda actividad humana deben regirse por principios éticos. Es algo que todos sabemos y que sin embargo, hay demasiada gente dispuesta a obviar a cambio de un beneficio inmediato.

En este caso, la víctima no es tal pues acepta convertirse en eslabón de una cadena de tráfico de divisas a sabiendas de que es una operación a todas luces ilegal. La motivación real de los estafados está en ese lado oscuro del alma humana que tanto cuesta aceptar pero que se manifiesta en demasiadas ocasiones. Como en todo timo, el resultado depende, en el fondo, de la maldad del estafado.

Una razón más para ser honrado.

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