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LA BANCA EXTRANJERA EN ESPAÑA (I)


Barclays es la última entidad que anuncia su repliegue de España tras la venta del negocio a Caixabank. Banco Espirito Santo, ING Direct o Deutsche Bank son junto a algún otro como Targo Bank – participado al 50% por Banco Popular y el grupo francés Crédit Mutuel – o el recién llegado Banesco que asquirió NCG – hoy Abanca – al FROB, las únicas marcas que aún gestionan una red de sucursales más o menos reconocible en el mercado español. Y eso que fueron más de una veintena las entidades foráneas que lo intentaron. Excepto en el ámbito de la banca de inversión, donde la especialización española es aún deficiente, los últimos cuarenta años han sido un continuo fracaso para la banca extranjera. Por aquí han pasado entidades muy solventes a nivel internacional como Citibank, Crédit Lyonnais, Natwest, Lloyd’s, General Electric, San Paolo o Abbey National Bank. Y como llegaron, se han tenido que marchar.

El mercado español es muy agresivo y competitivo pero además se ha caracterizado siempre por una defensa numantina de las entidades más cercanas. Hasta el punto de que el rechazo no solo se ha dado frente a marcas extranjeras sino incluso ante las españolas cuando extendían su negocio a regiones o provincias diferentes de las que representaban su mercado tradicional. Sobre todo en el caso de las Cajas de Ahorros.

Y sin embargo, fue la banca extranjera la que en el siglo XIX protagonizó el desarrollo bancario, empresarial e industrial de España y colaboró en la creación de entidades nacionales. De todos modos, su presencia y protagonismo siempre dependieron de la corriente política y económica predominante en cada momento. Los gobiernos liberales dieron mayor preeminencia al establecimiento de entidades para generar competencia y los conservadores y nacionalistas pusieron en marcha políticas muy restrictivas que paralizaron el desarrollo del mercado bancario.

A partir de 1856 se crean sociedades de crédito – sobre todo de capital británico y francés – para financiar la explotación de minas, la creación de siderurgias y sobre todo, los ferrocarriles, la infraestructura básica de la época. La fundación del Banco Hipotecario en 1873 nació de la excelente relación que mantenía el Ministerio de Hacienda con el Banco de París y el Banco de los Países Bajos. Poco después, en 1875, se instalará la banca comercial gracias al Crédit Lyonnais.

Igualmente, el modelo de banca de negocios se importó de Francia donde había sido creado por el Crédit Mobilier, fundado en 1852 por los hermanos Isaac y Emile Péreire. Adoptó la forma jurídica de Sociedad comanditaria cuya finalidad esencial era el préstamo a largo plazo mediante la emisión de títulos, acciones y obligaciones que constituían el capital fundacional de las sociedades que el banco promovía y quedaban vinculadas como filiales. La financiación se efectuaba emitiendo títulos industriales – largo plazo- en vez de billetes – corto plazo. El papel del Crédit Mobilier es de extraordinaria importancia en la historia de la banca europea. Fue el modelo de banco moderno y apoyó la creación de otras entidades en diversos países participando en España en la fundación del Banco Español de Crédito (Banesto) hoy integrado en Santander.

Tras la Primera Guerra Mundial son veinte las entidades extranjeras que operan en España. Entre ellas, Societé Genéralé de Banque y el Bank of London & South America – hoy Lloyds Bank. Dichas entidades, incentivadas fiscalmente, más modernas y con un personal mucho mejor preparado que el de las españolas, centradas en sus mercados locales, obtienen grandes beneficios al participar en las grandes operaciones financieras.

Pero a  finales de 1920 quiebra el Banco de Barcelona, una institución caracterizada por su prudente gestión de riesgos y reconocida como ejemplo de solidez. Y es entonces, cuando en uno de esos bandazos típicos de la política española entra en vigor la Ley de Ordenación Bancaria de 1921, conocida como Ley Cambó, que modifica el statu quo financiero. Pues como resumió el propio Cambó, se buscaba prestigiar a la banca española y suprimir una competencia ruinosa, casi insensata… que la estimulaba a la especulación y a la aventura para cubrir gastos y pagar dividendos.

Hasta la promulgación de la Ley Cambó, los bancos actuaban en plena libertad; podían fundarse, establecerse, fusionarse y hacer cuantas operaciones considerasen oportunas sin limitación, obteniendo por sus servicios financieros las tarifas que decidieran aplicar. De ese modo, había nacido un mercado fuertemente competitivo que según el propio Cambó, operaba con un espíritu de exagerado individualismo, casi podríamos decir anárquico. Como ven, el señor Cambó no parece que fuera un amante de la libertad de mercado. Lógicamente, la ley provocó, casi inmediatamente, la salida de la banca extranjera y dio lugar a un sistema bancario nacional fuertemente concentrado, casi oligopólico y con un decisivo protagonismo en la industrialización de la economía.

El marco normativo diseñado por Cambó duró hasta bien entrada la década de los setenta. Casi seis decenios que vieron el fin de la Restauración borbónica, la Dictadura de Primo de Rivera, la agonía de la monarquía Alfonsina, la II República, una guerra civil, la Dictadura de Franco y la transición a la democracia. Es curioso que regímenes tan dispares coincidieran en mantener un sistema tan intervenido y poco competitivo. Será que los gobiernos españoles no han sido nunca buenos amigos del mercado libre.

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