EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL PINTOR DE BISONTES


Es curioso el numantinismo que aparece en casi todas las organizaciones siempre que se plantea algún cambio en los procedimientos instalados. Es paradójico que la resistencia al cambio – a cualquier cambio, sin dejarle siquiera la posibilidad de prueba y sin analizarlo – sea una actitud tan habitual del ser humano a la vez que la humanidad, como grupo, disfruta de una clara vocación de mejora y avance permanente. Parece como si aquella frase que se atribuye a san Bernardo de Claraval y que declara a la novedad, madre de la temeridad, hermana de la superstición e hija de la ligereza constituyera el lema y principio básico de cualquier estructura social, política o empresarial. Para el santo cisterciense y con él, para demasiados de los que nos rodean, la novedad nace de la ligereza, de cualquier impulso poco meditado y caprichoso y  desemboca en pura temeridad, esa actitud de quien, como decían los viejos toreros deja de ser valiente cuando en vez de respetar al toro, lo provoca. Lo de la superstición siempre lo he entendido menos pues parecería que todo aquello que aparece como novedoso sea extraño a la razón o a la fe religiosa.

ABADÍA DE SAN PEDRO. SALZBURGO (AUSTRIA)

ABADÍA DE SAN PEDRO. SALZBURGO (AUSTRIA)

Bien es cierto que al otro extremo del numantinismo resistente también nos encontramos con los que se adhieren a cualquier novedad por el simple hecho de serlo pues, en palabras de don Francisco de Quevedo, ninguna cosa despierta tanto el bullicio del pueblo como la novedad. Porque no es extraño que a lo nuevo se le reconozcan todo tipo de virtudes por el simple hecho de serlo, o de aparentarlo. ¿O no hemos visto demasiados deslumbramientos con la nueva economía, las puntocom  o el wifi gratuito de Gowex que tanto nos ha sobresaltado en España, este pasado verano?

Así que el abad de Claraval, movido por un honrado miedo  intelectual, recelaba desde su acendrada fe de todo aquello que desde lo meramente novedoso pudiera horadar los cimientos de una sociedad que buscaba la perfección de la Ciudad de Dios  y en posición tan distante como coincidente, el insigne poeta no confiaba en el pueblo iletrado más de lo que podría hacerlo su don Pablos en el Dómine Cabra que de hambre intelectual y física, le mataba.

Y sin embargo, el mismo san Bernardo que abominaba de la novedad, dedicó su vida a expandir la Orden del Císter en cuyo primer monasterio profesó, fundando personalmente sesenta y ocho de los casi trescientos cincuenta cenobios que a su muerte se repartían por Europa. Y el propio Quevedo que lo hacía del pueblo al que toda novedad producía bullicio, no pudo ser más rompedor ni novedoso como poeta, ni arriesgado e innovador como diplomático y espía.

Es posible que la base de tanto rechazo esté en un miedo irracional al cambio, el temor a no ser capaces de movernos en una realidad que nos resulta ignota hasta ese momento. Al fin y al cabo, la comodidad de lo conocido es siempre un freno razonable a la implantación de cualquier novedad. Pero olvidamos que lo que hoy es tradición o costumbre, un día no siempre tan lejano, también fue novedad y sufrió de idéntico rechazo y descalificación.

En las empresas el cambio es una realidad de la que no podemos aislarnos. Los mercados avanzan de modo arrítmico e inconstante pero jamás se quedan quietos, pues la quietud, en ellos, equivale a la muerte. Y así, el día que llegamos al convencimiento de que los procedimientos establecidos en nuestro trabajo son inmutables e imperecederos hacemos de ello cuestión de fe, virtud que debería dejarse para cuestiones más trascendentes y menos mundanas. Por eso, cuando nuestra rutina nos hace sentir seguros estamos sembrando con absoluta inconsciencia, la semilla de la ineficiencia que nos acabará degradando hasta hacernos desaparecer frente a competidores más robustos y eficaces. Y es así porque el mercado es dinámico y la competencia actúa como esos golpes de aire helado que nos azotan la cara cada mañana de invierno mientras caminamos hacia el trabajo soportando el tiempo inclemente y que nos mantienen despiertos. Algo que en absoluto sentimos, si nos trasladamos sentados al volante de un cómodo vehículo climatizado en el que nos subimos en la cochera de casa para bajarnos en la de la oficina.

Cuando la novedad planteada nace, a diferencia del pensamiento de san Bernardo, no de la temeridad, la superstición y la ligereza sino de la valentía, el razonamiento y la reflexión estaremos poniendo los cimientos de una nueva etapa de rentabilidad y desarrollo empresarial. El problema de las burocracias es su esclerosis; nacen con ese gen y hay que dedicar toda la vida a curarlas del mismo. Los procedimientos son medios, nunca el fin de una empresa ni de ninguna estructura con vocación de eficiencia.

Pienso en aquel hombre primitivo, algo más inteligente que sus congéneres, curioso, innovador y con cierto temperamento, no sé si meramente artístico, lúdico, trascendente o quizás tan complejo que era un compendio de estas y otras virtudes, que un día decidió pintar las paredes de su cueva. Puede que lo hiciera como parte de un rito religioso o por mero entretenimiento; las hipótesis son variadas y la certeza ninguna. Pero sé que a su alrededor sufrió la queja de quienes le afearon que ensuciara el hogar de la familia y el aplauso inconsciente de quien lo creyó insuperable. Él no lo sabía, pero intuía que había puesto el primer peldaño de una escala de superación y que tras sus bisontes, vendrían los frescos de Giotto, el sfumato de Leonardo, el claroscuro de Caravaggio, la luz deliciosa de Vermeer y … en su fuero interno sabía que le superarían. Pero si no lo hubiera intentado, nadie habría podido mejorar su trabajo.

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