EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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CUANDO NADIE VIGILA


Publicado en Granada Hoy.

Durante siglos, quien carecía de cuna o fortuna sólo podía medrar socialmente tomando los hábitos o la espada. O más difícilmente, deambulando por las universidades y rondando por figones y tabernas para obtener un plato de sopa y algún mendrugo de pan a cambio de chanzas y canciones, razón por la que a estos estudiantes se les llamó sopistas. El liberalismo combatió esa realidad desde sus orígenes, nos trajo las Luces y defendió que sólo el hombre culto es libre. Y así, en el siglo XIX impulsó la meritocracia y concretó el acceso a la formación imponiendo la enseñanza obligatoria. A sensu contrario y aunque lo disimule, el poder, sea del signo que sea, siempre abomina de la cultura y o la amordaza, de modo sutil o grosero, o intenta imponer su versión de los hechos.

Una sociedad formada no sólo es más libre, es también mucho más capaz y eficiente porque es el capital intelectual el que realmente impulsa la economía. Además, emprende, investiga, descubre, inventa e innova. Y asegura para todos sus miembros un futuro mejor y más justo, pues como explicó Unamuno sólo el que sabe es libre y no hay que proclamar la libertad de volar ni la de pensar; hay que dar alas y pensamiento porque la mayor libertad que anhelamos es la cultura.

El estado de bienestar, esa invención tan genuinamente europea que nace del liberalismo, de la socialdemocracia y del humanismo cristiano, afianzó la educación y la formación continua como un derecho fundamental de todo ciudadano en una democracia moderna. Y fue la propia UE, fruto de esos mismos ideales la que en su fundación creaba, en el mismo Tratado de Roma, el Fondo Social Europeo con el objetivo de fomentar el empleo en los estados miembros y promover una mayor cohesión económica y social. Y si al principio las ayudas se destinaron a gestionar la migración de los trabajadores europeos, más adelante buscaron reducir el desempleo entre los jóvenes y los desempleados menos cualificados incentivando su formación para mejorar su empleabilidad.

Y ha sido ese dinero proveniente de la solidaridad y los impuestos de otros europeos el que la Junta de Andalucía – la misma que se vanagloria en su propaganda de iniciar una nueva modernización cada dos tardes – ha dejado en manos de una caterva de amigotes para que se dilapide sin ejercer la menor fiscalización ni proceder a control alguno. Por eso aquí, tan indigno ha sido el ladrón como el vigilante.

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