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RETORNO AL PASADO…BANCARIO


Jeff Bailey es un tipo normal que disfruta de la pesca y del amor de su chica, Ann, con la que desea casarse. El personaje que encarna un rotundo Robert Mitchum, es un tipo normal, simpático y agradable, que gestiona una pequeña gasolinera en un pueblecito perdido de los Estados Unidos. Uno de esos lugares donde, salvo los vecinos, es muy raro que un extraño se acerque a repostar y si lo hace es porque se ha perdido o porque es uno de esos aventureros que una vez al volante disfrutan haciendo millas sin importarles a donde les lleve la carretera. Por eso, cuando recibe la visita de Joe, un matón neoyorquino que trabaja a las órdenes de Whit SterlingKirk Douglas – uno de los capos mafiosos más crueles de la gran manzana, su vida da un vuelco trágico. Sin quererlo, Jeff se ve obligado a recordar su azarosa vida como detective privado; una época para olvidar en la que Sterling a quien no tiene más remedio que visitar, le contrató para localizar a Kathie Moffett, una mujer tan bella como peligrosa, toda una femme fatale.

Retorno al pasado es una obra maestra del cine negro. En ella, Jacques Tourner juega con todos los tópicos del género y realiza un fascinante ejercicio en el que la vuelta al ayer más oscuro se convierte en una tortura para el protagonista. Las sombras, tan propias de sus mejores obras, componen aquí parte de la trama y trasladan al espectador la sensación agobiante y claustrofóbica que sufre Jeff Bailey al verse obligado a revivir una época que creía olvidada y oculta tras una puerta definitivamente cerrada que vuelve a abrirse dejando pasar todos sus miedos y temores.

Y al igual que el pobre Jeff Bailey, los que tenemos alguna edad y cierta experiencia en el mercado bancario estamos viendo aparecer por la carretera al enviado del viejo Oligopolio Sterling, para recordarnos que es muy posible que volvamos a la España de los setenta y ochenta en la que los Siete GrandesBilbao, Vizcaya, Central, Hispano, Santander, Popular y Banesto – marcaban el ritmo del mercado, decidían los tipos, las comisiones y conseguían que nadie cambiara el paso. Los almuerzos de sus presidentes, que invitaban al café posterior al responsable del Banco Exterior, la entidad más importante entre las de titularidad pública eran tan conocidos que la prensa los recogía con el mismo interés que las reuniones del Consejo de Ministros.

La concentración y bancarización obligada de la mayoría de las Cajas de Ahorros y la desaparición de muchas de ellas, unida a la última estampida de la banca extranjera que hemos comentado en Notas anteriores, nos han vuelto a traer el fantasma del pasado oligopólico de nuestra banca. Hasta el negocio del quebrado y nacionalizado Banco Spirito Santo ha sido ofrecido a las entidades españolas, superando las tradicionales reticencias de las autoridades portuguesas, tan celosas de su independencia económica frente al vecino más grande. Aunque puede que el ofrecimiento se haya debido, exclusivamente, a que no hay nadie más a quien hacerlo.

Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, veremos que no queda más que un puñado de entidades que secundan a los cinco grupos importantes, Santander, BBVA, Popular, Sabadell y Caixabank. Y como en todo mercado, la tentación del oligopolio es grande. Más aún, cuando las Cajas que quedan, aunque saneadas y el conjunto de Cajas Rurales, entre las que destaca Cajamar andan por tamaño e implantación lejos del grupo de cabeza.

En aquellos años a los que no nos gustaría retornar, el negocio bancario se basaba en la bajísima remuneración de los pasivos que no llegaba al 1% y en el alto coste de los activos, que se acercaba, cuando no superaba el 20%. Esa estructura comercial generaba un amplísimo Margen Financiero que obviaba cualquier error de gestión y permitía no cobrar por los servicios o hacerlo discrecionalmente. El mercado era tan plano que la competencia no existía. Cada cliente tenía su banco de toda la vida o su Caja si era un particular o un pequeño negocio y no había nada más que hablar. Así que ni había mercado posible, ni crecimiento económico. El número de entidades, al igual que ocurre hoy era elevado, más de cincuenta, pero la mera concurrencia no crea competencia y además, en cada provincia no solían coincidir, como hoy, más de una docena de marcas. Del mismo modo, la competencia tampoco era posible por las diferencias de tamaño, solvencia y recursos, entre los oferentes.

En fin, un retrato parecido al que se nos está dibujando en el panorama, sólo que en blanco y negro. ¿Volveremos a ver en la prensa los almuerzos entre los Cinco grandes? Supongo que no, ya que nos caería encima toda la fuerza de las autoridades de la U.E., pero … ¿se reunirán en privado? Espero que no pero… chi lo sá!

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1 comentario

  1. misael dice:

    A mi lo que más me molesta es el desdén conque se trata al cliente. Pongamos por caso Sabadell. Colas de 9 personas para un solo cajero (persona). La espera puede llegar a 40 minutos. En gestion dos personas sin atender a nadie. Hablas con ellas y te cuentan que es que las cosas han cambiado, que ya no es como en CAM y que ahora los “gestores”, por ordenes “de arriba” tienen que hacer otro tipo de gestiones. Menos mal que tienen la cuenta expansion que sino es para darles el adios.

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