EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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TRAS LA DAMA DEL PERRITO


Sólo Marcello Mastroianni podía encarnar a Romano Patroni, el protagonista indiscutible de esa hermosa joya del cine que es Ojos negros. Sólo el viejo histrión tenía tablas para emocionarnos con su interpretación. Sólo el gran Marcello sería capaz de hacernos amar y odiar a ese vencido Casanova que, aburrido en el restaurante de un lujoso crucero, siente avivarse en su corazón toda la pasión de que es capaz en cuanto descubre que el sofocado caballero que acaba de acercársele se llama Pável y que además, es ruso. Y sólo por ello, casi le considera el más íntimo de sus amigos y le cuenta, sin pudor ni vergüenza alguna, su hermosa historia de amour fou.

Romano reacciona de modo tan convulso y exagerado cuando evoca la Rusia que pervive en su memoria que en unos pocos segundos Mastroianni nos define a un personaje tan tierno como inmaduro, algo bufón, vano, inconstante, sentimental y sobre todo, un perfecto tarambana. Romano es un tipo ocioso e ingenuo aunque absolutamente encantador, casado con una bellísima y elegante dama de la alta sociedad italiana – interpretada deliciosamente por Silvana Mangano -; un arquitecto con un solo proyecto en su cartapacio que, terriblemente aburrido durante su estancia en uno de esos balnearios tan a la moda en el siglo XIX, se enamora fugazmente de una hermosa dama rusa siempre vestida de blanco y siempre acompañada de un perrito. Romano la corteja de todas las formas que es capaz de imaginar hasta que un día, la dama del perrito desaparece y sólo le deja una breve carta de despedida.

Empujado por ese capricho adolescente, Romano decide en un rapto de locura, partir hacia la lejana Rusia en busca de su amada de la que sólo recuerda el nombre del perrito, Sabatchka, contraseña y talismán que cree suficiente para encontrar el rastro de la misteriosa mujer. Y así, el incorregible perillán se inventa un viaje de negocios cuyo aparente objeto es introducir en el imperio de los zares la fórmula de un cristal irrompible que habrá de fabricarse a lo largo y ancho de la inmensa Rusia. Las situaciones que ha de vivir el pobre Romano para hacer creíble esta argucia son ridículas e hilarantes. Lógicamente, es recibido con honores allá donde va pues todas las autoridades locales creen que es el caballero blanco que derramará millones sobre los depauperados e ignotos pueblos, olvidados de la corte zarista que, mal que bien, intentan gobernar. Y de los mismos lugares es expulsado con cajas destempladas cuando descubren que, más que traer dinero, lo pide. Y es que el bueno de Romano que casi no dispone de fondos para costear su viaje, menos aún podría realmente poner en marcha una fabrica para templar el vidrio irrompible que le acompaña. También debe solicitar permisos, licencias, cédulas y todo tipo de documentos incomprensibles para que él que la compleja burocracia zarista exige para cualquier inversión o movimiento de capitales, personas, mercancías o servicios.

Cuando al fin la encuentra, descubre que su amada Anna es una mujer casada que sortea la tenaz acometida del maduro galán como mejor puede, hasta que cae rendida a sus pies. Pero Romano también está casado y por eso le promete que irá a Italia a divorciarse y volverá para vivir junto a ella el resto de su vida…

Cuando termina su historia, el caballero ruso, emocionado, se siente obligado a compartir confidencias. Hace siete años – cuenta a un interesado Romanoencontré a una reservada dama que había sido muy desgraciada en su matrimonio y que por aquel entonces vivía con su tía, decía la gente que esperando a un enamorado que había partido a lugares lejanos… Le pedí matrimonio varias veces y una tras otra me rechazó. El día que por fin me dio el sí, me confesó que jamás me querría pero aún así, acepté esa humillación, porque la adoro.

Todo acaba cuando el jefe de sala llama a gritos a Romano que ya no es el apuesto galán del principio de la cinta sino un tipo arruinado que se gana la vida como camarero del barco. Mientras tanto, una misteriosa dama de blanco acompañada de un perrito, otea el horizonte desde la cubierta mientras sigue esperando.

Romano Patroni me recuerda a miles de empresarios españoles que, en algún foro empresarial, en uno de esos seminarios que se organizan aquí y allá, han oído historias sobre las inmensas riquezas de los mercados exteriores, las facilidades de negocio que existen en otros mercados y la posibilidad real de hacerse rico si internacionaliza su empresa. Y enamorados de esa idea con la misma adolescente locura que el personaje de Mastroianni lo hizo de Anna han cogido su cristal irrompible y sin más bagaje que la ilusión se han lanzado a conquistar el mundo. Y como Romano Patroni, si no han acabado arruinados, han estado muy cerca de ello.

Salir al exterior se ha convertido en un mantra para muchas empresas españolas. Pero buscar negocio allende nuestras fronteras no es ir de turismo a un destino exótico. Cualquier misión comercial conseguirá que nos reciba un alcalde y hasta algún ministro que se fotografiarán con nosotros pero jamás hará posible que nos regalen ni un solo euro porque, lógicamente, lo mínimo que esperan de nosotros es que llevemos capital suficiente para realizar esa inversión de la que estamos tan seguros para buscar a nuestra Anna atravesando la estepa rusa.

Internacionalizar una empresa requiere un plan de negocio meditado, sensato y posible; un equipo comprometido y un liderazgo firme; un mínimo conocimiento del país en cuestión; un buen puñado de euros y asumir que podemos perderlos sin obtener beneficio alguno y sobre todo, más paciencia que el santo Job. En caso contrario, estaremos abocando a nuestra empresa hacia el más seguro y absoluto de los fracasos.

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