EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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A LAS PUERTAS DE OCCIDENTE


Publicado en Granada Hoy.

Como escribió el maestro Gibbon a quien siempre releo con interés, si Carlos Martel no hubiera frenado la expansión islámica en Poitiers, la marcha victoriosa que llegó hasta la ribera del Loira desde Gibraltar, habría cruzado una Europa frágil y dividida hasta los confines de Polonia, pues el Rin no era más infranqueable que el Nilo o el Éufrates y la flota árabe hubiera divisado las bocas del Támesis sin entablar una sola batalla.

Y si en los albores del siglo VIII, la media luna pudo plantarse en el centro de Francia en poco más de veinte años, lo debió en gran parte a una España enfrentada y rota que se traicionó a sí misma. Pues si triste fue el destino de don Rodrigo, mayor lo fue el del reino cuando en medio de la batalla del Guadalete, las alas del ejército que comandaban los hijos del rey Witiza se cambiaron de bando, pues creyeron en su ignorante soberbia que los Omeyas venían a devolverles el trono.

El gobierno ha entendido – o le han hecho entender desde Europa – que España no puede ser ajena a la coalición internacional que se está forjando para enfrentar el claro desafío que supone el islamismo radical que con demasiada frecuencia fija como su principal objetivo la reconquista de Al Ándalus, el mito perdido que obsesiona a los fanáticos que convierten la Umma, de comunidad de creyentes, en nación elegida que ha de someter al mundo. No parece lógico que trece siglos después haya que volver a parar la invasión a las puertas de París. Aunque esta vez, el furibundo radicalismo islamista no vendrá a lomos de briosos corceles pues ya se muestra más que instalado entre nosotros e incardinado en nuestras propias comunidades.

No puede calificarse de generosa la aportación española siendo el país más reiteradamente amenazado. Pero que el gobierno haya decidido colaborar aunque sólo sea con un contingente de trescientos militares para adiestrar en unas semanas a una brigada del ejército iraquí, supone un gran avance respecto a nuestra habitual, inconsciente y mojigata neutralidad, tan temerosa como temeraria. Aún así, seguimos sufriendo una escandalosa pacatería intelectual que no quiere ver la amenaza que representa una ideología tan retrógrada para el sistema de libertades y democracia que nos hemos dado en Occidente.

Mantenía Kapuściński que el mayor peligro del siglo XXI serían el nacionalismo y el fanatismo religioso. Parece que no erró en el pronóstico.

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