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LA ESPAÑA DEL PEQUEÑO NICOLÁS


Publicado en Granada Hoy.

Siempre hubo farsantes. Aún en el cadalso, el pastelero de Madrigal juraba ser el rey Sebastián de Portugal y en el siglo XVIII, un aventurero siciliano de pobre cuna decidió ser el barón Cagliostro y recorrió las Cortes europeas engañando a reyes, nobles y plebeyos con sus dudosos poderes esotéricos. Cuenta la Biblia como Jacob, cubierto por la piel de un cabrito y animado por su propia madre, finge ser Esaú para ganar la bendición de su padre Isaac y la primogenitura de Israel. En fin, la aventura del pequeño Nicolás no parece novedad. Menos aún en España donde la farsa copa las páginas de los anales patrios.

Es difícil entender las hazañas de un niñato tan vulgar, aunque luciera traje oscuro y apareciera junto a reconocidos líderes sociales, sino vemos en él un trasunto de la España actual. Nicolás no parece un estafador. No busca, como los pillos interpretados por Paul Newman y Robert Redford en El Golpe, engañar a un primo millonario montando una cuidada estructura de aparente legalidad para ocultar el timo. A Nicolás le basta con hacerse pasar por amigo de gente influyente, en el país en el que en los contratos públicos prima el amiguismo y la apariencia sobre la profesionalidad. Nicolás se mueve como pez en el agua en esa áulica corte de los milagros infestada de cazadores de negocios facilones, de amiguetes y conseguidores.

Se ha renunciado a la racionalidad y se prima la apariencia creyendo, como rimó Campoamor, que en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira y todo es según el color del cristal con que se mira. Y aquí, cada uno quiere elegir el del suyo. Pero olvidan que en democracia no hay más tono que la absoluta transparencia.

Cuando a golpe de investigación policial e imputación judicial, la confianza en lo público se ha derrumbado con la facilidad de un castillo de naipes y el estrépito de un trueno, la fragilidad de una democracia cada día más aparente que real se muestra con toda su crudeza. Nicolás es un farsante más que encarna la imagen fiel de esta España en la que el nepotismo es norma y la consideración del mérito, más que en excepción, se ha convertido en una extravagante rareza. Se le cree porque el burdo decorado de su sainete es tan parecido a la realidad política y social que a quien no convence le abruma. Aunque ya escribió Shakespeare que la carrera de un pródigo es como la del sol, con la diferencia de que nunca vuelve a salir.

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