EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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HAY QUE TRABAJAR MENOS… Y GANAR MÁS


Decía el inefable señor Díaz Ferrán, entonces presidente de la ínclita CEOE, y antes de dar con sus huesos en la cárcel como consecuencia de un ejercicio poco ético y algo distraído de su labor empresarial que los trabajadores españoles deberían acostumbrarse, y cito textualmente, a cobrar menos y trabajar más. Que el presidente de los empresarios de un país que aspira a permanecer entre los más desarrollados el mundo y en pleno siglo XXI se descolgara con una declaración propia de los inicios del XIX fue una clara muestra del nivel de desconcierto que sufre una parte importante del empresariado español y de la mentalidad anacrónica que subyace bajo una aparente imagen de modernidad, más publicitaria que real.

Hay que decirlo tan claro como sea posible: ningún ser humano racional disfruta con el trabajo. Y quien lo diga, miente. Consciente o inconscientemente, pero miente. Lo que realmente nos proporciona placer es todo aquello que podemos adquirir con el dinero que ganamos. Del mismo modo que un capitalista – en una decisión tan inteligente como loable – invierte su patrimonio con la intención de obtener rentabilidad, cada trabajador aporta sus capacidades físicas e intelectuales con la única idea de conseguir la mayor renta posible de las mismas.

Nunca se trata de trabajar más, sino de producir más riqueza y hacerlo en el menor tiempo posible. Los días tienen veinticuatro horas y parece ridículo dedicar la mayoría de ellas a ganar dinero si después no tenemos tiempo para disfrutarlos. Estos obsesos del trabajo que los modernos denominan workalcoholic siempre son muy recordados por sus herederos cada vez que, en uno de esos claros bandazos pendulares de la vida, disfrutan de todo el ocio que sus mayores despreciaron sin complejo ni remordimiento alguno. Y si una actitud es profundamente estúpida, la otra no deja también de serlo.

A principios del XIX las fábricas de los países industrializados recibían a diario a miles de hombres, mujeres y – no lo olvidemos – niños que durante largas jornadas de doce o catorce horas se deslomaban sin más descanso que los pocos días que a decisión del empresario o por imposición del gobierno de turno se les permitía disfrutar. Su posición era peor que la de los trabajadores del Medievo que, al menos, y para cumplir con el precepto dominical descansaban el Día del Señor.

Los británicos, más por puro sentido común que por una mal entendida bondad, dieron paso a la llamada semana inglesa que, primero recuperaba el domingo y posteriormente ampliaba el descanso a la tarde del sábado. Ya saben, el famoso weekend de nuestros abuelos que en España sólo empezó a disfrutarse en el tardofraquismo.

Después – gracias a la presión sindical, a la influencia moral de las Iglesias Cristianas, al sentido del beneficio de los empresarios y al interés político de diversos gobernantes – se consiguió la semana de cuarenta horas y la vieja idea de repartir el día en tres partes iguales dedicadas al trabajo, el descanso y el ocio y la cultura se convirtió en una norma, no ya de obligado cumplimiento sino de absoluta aceptación social.

En todos los casos, la reducción del tiempo efectivo de trabajo se ha basado en un aumento de la productividad y del crecimiento económico. La ley de los rendimientos decrecientes que el gaditano Lucio Junio Moderato, conocido por su sobrenombre de Columela, ya intuyó en su Res rustica, tratado que versaba sobre la agricultura y la explotación agraria, entonces una parte muy importante de la actividad económica, está detrás de todo este asunto. Conforme aumenta el tiempo de trabajo, la productividad se reduce. Por ese motivo, y aunque parezca una boutade el desarrollo tecnológico ha sido, en demasiadas ocasiones, más determinante en la continua mejora de las condiciones de trabajo que la propia presión social.

Otra de las causas de esta mejora se debe a la educación, que es la mayor y mejor inversión de futuro que puede acometer una sociedad, y a la sanidad pública que, en un argumento tan economicista como poco sensible, aunque muy gráfico es el elemento que mantiene la maquinaria productiva de un país en perfecto estado de revista. Un país formado y sano es más eficiente y por tanto crea en su actividad mayor valor añadido.

Por todo ello, cuando uno de los hombres más ricos del mundo, como es Carlos Slim propone una semana laboral de tres o cuatro días aunque sea a cambio de ampliar la vida laboral aprovechando la experiencia de quienes, en el planteamiento clásico, serían unos jubilados, solo recoge ideas que otros muchos llevamos años defendiendo. En el trabajo intelectual, que cada vez ocupa más horas la edad no es óbice y podríamos disfrutar de una vida relajada y viajar y disfrutar cuando tenemos edad para ello en lugar de hacerlo cuando aunque dispongamos de tiempo no nos quedan ganas o fuerzas. En esa línea, ya en 2010, la New Economics Foundation proponía en su publicación 21 horas: ¿Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a todos a prosperar en el siglo XXI? como en el futuro se seguirá ampliando la reducción de las horas de trabajo. Porque lo importante no es cuánto se trabaja sino cuanto se produce. Y cuanto menor sea el esfuerzo dedicado, más eficientes seremos.

Parece claro que demasiada gente sigue anclada en los prejuicios del siglo XIX y no se acomodan a vivir en el XXI. Y tengan claro que el trabajo siempre ha estado sobrevalorado.

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2 comentarios

  1. Totalmente de acuerdo, nada de bajarle los sueldos a los presis de Caja Madrid, a los futbolistas y compañía, hay que subirles el sueldo y además que trabajen menos. Jaajajajaj, ya ves, la dialéctica no es mi fuerte. Ya en serio, estaría bien reducir la jornada, o lo que es lo mismo, ligar el salario a resultados y no a horarios, aunque claro, seguro que ahí ya no coincidimos tanto.

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