EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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DIPUTADO WILLY FOGG


Publicado en Granada Hoy

Si quienes nos representan acuden a nuestros múltiples parlamentos, a juzgar por esa imagen de telediario en la que un solitario orador dirige un mortecino discurso a un hemiciclo casi vacío, lo que debe ser toda una fiesta son sus bares y salones. Y claro, cuando tras el café se ofrece la copita subvencionada por el erario público ¿quién no se toma alguna? Y a ellos les pasa con sus bravatas lo que a todos; que son directamente proporcionales al peso de la bandeja en la que el camarero retira los restos de la charla.

Así que si el flemático Willy Fogg –el personaje de la serie de nuestra infancia, basado en el Phileas Fogg de la vuelta al mundo de Verne– es capaz de jugarse su fortuna con los socios del Reform Club por un quítame allá esas pajas sobre si se podía o no recorrer el mundo en ochenta días, tal y como publicaba el Morning Chronicle… ¿qué no haría un español, desafiante y pasional, tras escuchar un… a qué no eres capaz? Pues teniendo en cuenta que el dinero sale del bolsillo del contribuyente, salir pitando a por los billetes en primera clase y lanzarse a dar más tumbos que la maleta de Willy Fogg.

Y eso ha sido así desde ni se sabe. Antes de Monago estuvo el mystère de Alfonso Guerra, los cuatrocientos vuelos en Aviaco de Magdalena Álvarez, el overbooking de políticos en las finales de fútbol -sean de la selección o de algún club- y el todo Madrid sufriendo el desastre olímpico de Buenos Aires. Aquí hay concejales que dejan en mantillas a Marco Polo porque siempre es mejor ver in situ cualquier instalación, obra, exposición o sistema de ahorro antes de ponerlo en marcha en la propia circunscripción. Y lo curioso es que in situ se ha convertido en el lenguaje administrativo en sinónimo de viaje en primera más hotel de lujo más acompañante. Ya se sabe que la soledad es tentadora.

La depuración que provoca la crisis económica se ve en la caída a plomo de nuestro límite de permisividad con los privilegios. Que los viajes eran gratis se sabía, la cuestión es que ya no queremos pagarlos. Por eso sorprende que el presidente del Congreso señale la dificultad de exigir tal justificación y la complejidad de articularla. Y lo dice en la misma semana en que la Agencia Espacial Europea sitúa a la sonda Phileas en un cometa. Se ve que sumar cuatro tiques es infinitamente más difícil que viajar al espacio. Salvo que el billete lo pague la Cámara, ¿verdad Willy Fogg?

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