EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LA PERFECCIÓN ES BLASFÉMICA


Recuerdo el asombro con el que hace ya bastantes años escuchaba absorto a uno de mis profesores contar como en los años sesenta del pasado siglo, una pequeña Caja de Ahorros había tenido que abonar a sus empleados, en concepto de horas extras, el equivalente a más de mil veces el descuadre contable de nueve pesetas que el Departamento de Contabilidad había detectado y que, lógicamente, tenía como origen un error de los mismos contables que cobraron por encontrarlo y corregirlo. Eran tiempos en los que la contabilidad de una empresa se llevaba a mano en enormes libros cuyos datos, a su vez, se resumían y agrupaban en otros volúmenes, no menos gruesos y pesados.

Imagen del libro "La ciencia del Comercio" de don Manuel Fernandez Font publicado en Valencia a principios del siglo XX.

Imagen del libro “La ciencia del Comercio” de don Manuel Fernandez Font publicado en Valencia a principios del siglo XX.

Y así, había un Libro Diario y un Mayor y otros varios para los Balances, el general y el de Sumas y Saldos. Conceptos todos ellos que aún usan quienes se mueven en el mundo de la contabilidad, pero también la llevanza y teneduría de libros – pues de esa forma tan exquisita se denominaba entonces eso que hoy llaman lo de la contabilidad – exigía anotar cada movimiento en otros cuantos registros como el Libro Borrador del Diario, el Auxiliar de Caja, el de Efectos a Cobrar y negociar que complementaba al de Obligaciones a Pagar, el de Ventas de Almacén, el de Facturas Emitidas y el de Recibidas, el de Pedidos y algunos más entre los que siempre, para mí, ha destacado por curioso, el que lucía el título más delicioso, evocador y romántico de todos ellos, el Libro Copiador de Cartas y Telegramas.

Está claro que eran otros tiempos y otras formas de trabajar; años en los que un directivo no podía pedir un Balance o un Listado de Mayor con un mensaje de móvil, esperando recibirlo en unos minutos por correo electrónico e impreso en pdf, a cinco mil kilómetros de la sede social de la compañía. Por eso, nunca estaremos suficientemente agradecidos a los científicos y a todos los que colaboraron en la revolución tecnológica del último siglo. Tan es así que hoy es casi imposible que una contabilidad se descuadre; no hay programa informático que permita cerrar un asiento si sus partidas no cuadran. Y si las bases sobre las que se asienta un balance son correctas, es imposible que no lo sea el resultado de agrupar esos datos.

Sirve la anécdota para retratar a esas compañías en las que la búsqueda de la perfección mata la lozanía y la vitalidad de la propia empresa. Decía uno de mis viejos profesores en los Maristas que buscar la perfección es blasfémico, pues sólo a Dios cabe tal atributo. Y no sé si será por eso que siempre he huido de quienes, en el mundo de la información económica y financiera de la empresa, afirman buscar la perfección absoluta pues de lo que estoy seguro es que la validez de un dato nace de ofrecernos una ventaja competitiva aunque sea aproximado. Y en cambio es una tara cuando, siendo absolutamente exacto, llega tan tarde que ya no nos sirve para decidir sino para certificar el error cometido.

La burocracia, la documentación excesiva, las fotocopias, el secretismo, los controles innecesarios, la desconfianza mutua en los datos recibidos, el repasar cada documento mil veces puede que certifiquen la perfección pero convierten la información ofrecida en páginas de historia y no en teletipo de noticia que es lo que realmente se requiere para gestionar una compañía.

Los estados contables que nos presentan estos Departamentos de Administración son como esos retratos de corte tan propios del Antiguo Régimen en los que los pintores de cámara idealizaban la magra lozanía de una joven princesa que debía matrimoniar con algún poderoso rey extranjero a fuer de estrechar lazos políticos con el propio reino y al que sólo vería una vez firmado el acuerdo matrimonial, a veces años más tarde. Son efigies planas que nada transmiten; hay más vida en esas tiras de retratos de fotomatón realizados a velocidad de vértigo a las puertas de la Facultad el mismo día de la matrícula, con el flequillo aplastado con la mano mojada de saliva, la camisa encajada con prisa y la sonrisa y el gesto vivo de quien tiene veinte años y una vida por delante. A diferencia de aquellas obras de museo, estas, aún arrugadas en el fondo una vieja cartera, siempre recordarán el momento, el estado de ánimo y el carácter del fotografiado.

La eficiencia de la gestión nace del conocimiento. Un equipo directivo debe conocer la realidad de su empresa, pero el dato debe combinar la precisión con la celeridad. Recuerdo que en el colegio aprendimos que España tiene algo más de medio millón de kilómetros cuadrados. De hecho, memorizábamos quinientos cinco mil, pues es capicúa. Consulto los datos oficiales y leo que son 504.645 km2. El error es del 0,07%. Supongamos que esos kilómetros cuadrados fueran euros; si el dato perfecto requiere, como aquellas nueve pesetas, un elevado coste en tiempo y dinero, será mejor no buscarlo y tomar decisiones, incluso, con el aproximado del algo más de medio millón.

Así que dejemos la búsqueda de la perfección para otros menesteres y concentremos nuestros esfuerzos en la rentabilidad que es mucho más satisfactoria. No olvidemos que la eficiencia se define como la obtención del mejor resultado, en el menor tiempo y al mínimo coste posible.

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