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PIRÁMIDES SIN FARAÓN


No toda estructura piramidal ha sido concebida originalmente como una estafa. Existen múltiples negocios que acaban derivando en estructuras piramidales y que terminan por colapsar por una causa tan sencilla como predecible; cualquier negocio que para ser rentable requiera un crecimiento constante y geométrico de sus participantes deviene en insostenible.

Momas Egipcias del British Museum. Londres (Reino Unido)

Momas Egipcias del British Museum. Londres (Reino Unido)

Como señalábamos en la Nota anterior, los timadores venden humo y por tanto, su única estrategia es ampliar la base de asociados, miembros, colaboradores o como quiera que llamen a los primos abducidos por su encantadora sonrisa, hasta el punto máximo de tolerancia social que se manifiesta cuando empiezan a pesar más las dudas que las certezas sobre el negocio. Ese será el momento elegido por su creador, el otrora gran gurú de los negocios, para poner pies en polvorosa.

En cambio, existen otros negocios, en apariencia y en origen absolutamente legales que se convierten, por mor de su necesidad de crecimiento en pirámides que colapsan, si bien su vida suele ser más larga. La diferencia fundamental con la estafa reside en que aquí, sí se comercializa algún producto o servicio real. Suelen ser de baja calidad, poco valor añadido y gran consumo ya que en caso contrario sería imposible generar una base amplia de colaboradores. Es evidente que el tamaño de una red de vendedores de alta joyería será ridículo si lo comparamos con otra que comercialice bisutería. La pirámide surge cuando los ingresos de cada vendedor se componen tanto de sus ventas como de las realizadas por la red que ha captado y colapsa cuando los beneficios obtenidos por los recién llegados son tan ridículos que resulta imposible captar más colaboradores dando lugar a una espiral de abandonos.

Aún así, en principio, no hay ilegalidad alguna siempre que se cumplan respecto de los vendedores – y eso es otro cantar – todos los requisitos fiscales y laborales exigibles por la legislación vigente. Lo curioso es que siempre que aparecen este tipo de redes suelen dedicar demasiado tiempo a convencer al mercado de que son totalmente legales y de que, además, y esto es lo más importante, han descubierto una nueva forma de distribución comercial que acabará con los sistemas tradicionales.

Pero aún más interesantes son aquellos casos en los que la pirámide es espontánea. En su ya clásico y muy recomendable Manias, panics and crashes, Charles Kindleberger describe con gran maestría y muy documentadamente cómo emergen las crisis financieras y lo poco que se diferencian de los fraudes pergeñados por los timadores. En este caso, la renombrada mano invisible del maestro Adam Smith parece que opera sustrayendo directamente la cartera de los participantes en las burbujas, sean financieras o no.

Toda marea especulativa comparte características comunes con un negocio piramidal. Aunque parezca mentira, la razón que convence a más partícipes suele ser una que niega la estructura básica de los activos financieros ya que se promete un elevado retorno del capital invertido, muy superior al habitual en una inversión tipo combinado con una casi total ausencia de riesgo.

Sea en bolsa, en el mercado inmobiliario o en cualquier otra burbuja el efecto de la emulación es lo que atrae más y más inversores  en estas pirámides involuntarias. La sensación de quedarse fuera del negocio, el beneficio obtenido por conocidos, amigos y familiares o simplemente, el aroma de riqueza que se huele en el ambiente.

Recuerdo con claridad el día en el que concluí que la burbuja inmobiliaria instalada en España iba a explotar. Esperaba el autobús y junto a mí. Dos chicas veinteañeras que lucían el uniforme de una cadena de supermercados comentaban la última inversión inmobiliaria de una de ellas que junto a su pareja, había dado la señal para la compra de cuatro plazas de garaje en una urbanización en construcción cercana a su casa. Su argumento era absolutamente burbujeante: hemos puesto los dos mil euros que teníamos para comprar la cocina de señal por las cuatro cocheras, les damos el pase antes de escriturar y en tres o cuatro meses les podemos sacar otros o dos o tres mil euros para el viaje de novios. Y eso, sin hacer nada.

Si alguien sin formación financiera invertía con esa alegría y pensaba así, era claro que el pinchazo estaba muy cercano. Supongo que aún no habrán comprado la cocina y que el viaje de novios lo harían a ver sus cuatro plazas de garaje, en el caso de que estuvieran terminadas.

Ese es el motivo por el que conforme se va saturando la población objetivo el retorno se reduce y la marea especulativa comienza a retroceder porque las rentabilidades se minimizan. En ese momento, el mercado colapsa. Y es así, aunque el precio solicitado por el último tenedor del bien sea casi igual al de su propia adquisición o incluso se venda a pérdidas ya que nadie estará dispuesto a pagarlo. En el fondo, hay pocas diferencias entre una pirámide, una burbuja financiera o inmobiliaria y una apuesta en el hipódromo o un sorteo de Lotería.

Cuando a esa falsa combinación de alta rentabilidad y bajo riesgo se une la captación masiva de partícipes aparece la exuberancia irracional de los mercados que crea la atmósfera psicológica necesaria para que aparezcan todo tipo de burbujas, sean inmobiliarias, crediticias o de obras de arte, entre otras mil. La burbuja implica la compra de un activo, no por su tasa de retorno, sino como anticipo por la elevada y rápida plusvalía que suponemos que va a generar su venta.

Bien mirado, sólo falta algo para estar ante una pirámide; el líder embaucador que convenza al mercado para que participe en la fiesta de las rentabilidades. ¿Y quién es? Unas veces los líderes sociales, otras los bancos, a veces las empresas y casi siempre … los gobiernos.

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