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LA GRANDE THÉRÈSE


Coincidiendo casi temporalmente con nuestra doña Baldomera, apareció en Francia otro fraude piramidal si bien con más ínfulas y una desbordante fantasía. Pues si a la española llegaron a llamarla la madre de los pobres, su homóloga francesa prefirió moverse entre las altas esferas de la III República, inaugurando la versión chic y de altos vuelos de estos fraudes financieros que tan bien ha personificado el hoy encarcelado de por vida, Bernard Madoff.

Madame Thérèse Daurignac que llegó a ser conocida como la grande Thérèse, estaba casada con Frédéric, hijo de Gustave Humbert, diputado, senador y durante un breve período de 1882, Ministro de Justicia y Cultos en el gobierno de Charles de Freycinet.

El lujoso foyer de la Ópera Garnier. París (Francia) por donde más de una vez se luciría la grande Thèrése.

El lujoso foyer de la Ópera Garnier. París (Francia) por donde más de una vez se luciría la grande Thérèse.

Thérèse era hija de un mago pero decidió mostrar sus dotes de prestidigitación no en la pista del circo, sino en el parqué de las finanzas. Era una estafadora nata y tenía una enorme capacidad para embaucar a la gente. De hecho, su matrimonio no está exento de fraude y engaño. Cuando conoció al que luego sería su esposo, era una chica sencilla y regordeta que se ganaba la vida como lavandera en la casa familiar de los Humbert. Y como en todo fraude que se precie, en este también ocurrió que timador y timado se movían por intereses similares. La lavandera convenció al joven retoño de que siendo una niña había caído en gracia a mademoiselle de Marcotte que al no tener hijos se había encaprichado de ella legándole sus fincas, su castillo y todo su patrimonio. Y puesto que ya tenía una avanzada edad, en muy poco tiempo Thérèse se convertiría en una gran dama de inmensa fortuna. El hijo del prominente político no debía ser una lumbrera ya que es difícil de entender que la heredera de una riquísima anciana cuyo final se acerca, se gane la vida como lavandera y no esté junto al lecho de su benefactora acompañándola en sus últimos días y disfrutando de la posición que podría ofrecerle. Lo que nadie puede negarle es que lo que le faltaba en seso le sobraba en interés y cara dura.

Así que nada más licenciarse en derecho se casó, en contra de la voluntad paterna, con Thérèse y juntos marcharon al alegre París en el que disfrutaron de la vida como sólo puede hacerse a los veinte años. Dados sus magros ingresos hubieron de endeudarse y para ello resultó fundamental la capacidad de convencimiento de la que ya era madame Humbert que hizo correr la historia de su herencia hasta que alguno de sus acreedores, escamado por la imperdonable tardanza de la anciana señora en comparecer ante el Sumo Hacedor comprobó su inexistencia así como la de sus inmensas propiedades. Para evitar el escándalo, el suegro, ya ministro, se hizo cargo de las deudas.

Pero como Thérèse llevaba la estafa en la sangre inventó otra historia, esta sí, que dio lugar a un auténtico fraude piramidal. En esta ocasión el benefactor era un millonario estadounidense, Mr. Crawford, al que contó que había salvado la vida en un tren camino de Niza tras sufrir un ataque al corazón. Agradecido, había decidido dividir su fortuna entre sus dos sobrinos y la hermana menor de Thérèse, Marie, aunque ella disfrutaría de las rentas del capital hasta que la joven fuera mayor de edad y pudiera casarse con uno de los sobrinos Crawford. Todo un novelón, la verdad.

Pero, ¿por qué no era ella la heredera? Según nuestra protagonista, por generosidad hacia su pequeña hermana, aunque la verdad es que la minoría de edad de esta iba a darle mucho juego. Todos los títulos, bonos del estado y demás valores quedaron en manos de los Humbert que instalaron una gran caja de seguridad ignífuga en el palacete que acababan de ocupar en el centro de París. Se supone que con algún soborno, consiguió que un oscuro magistrado de provincias hiciera de notario y certificara la composición de la supuesta cartera de valores que custodiaba. Y para no quedarse corto en la estafa, el muy pillo certificó que había unos cien millones de francos. Y fue con esa garantía aparente y no comprobada por nadie con la que Thérèse consiguió ingentes cantidades en préstamo, hasta el punto de que se cree que llegó a acumular un pasivo de sesenta y cuatro millones.

El matrimonio se convirtió en un imprescindible de la alta sociedad parisina hasta que un banquero de Lyon, Monsieur Delatte, decidió hacer lo que siendo lógico, habían olvidado sus amigos de la capital, investigar el origen del asunto hasta concluir que jamás había existido el tal Mr. Crawford. Como siempre ocurre en estos casos, surgieron las dudas y Thérèse anunció un pleito con los sobrinos, apresurándose su esposo a reunir un importante equipo de abogados. Como se acercaba la mayoría de edad de Marie decidió crear con sus hermanos Emile y Romain un negocio especializado en rente viagére, lo que aquí conocemos como renta vitalicia. Así que al engaño en los préstamos unió la estafa piramidal. Lógicamente, los intereses se pagaban con el dinero de los nuevos incautos convencidos por la verborrea y la parafernalia de la grande Thérèse

Y a partir de ahí se aceleraron los acontecimientos; la Banque de France alertó al primer ministro Waldeck-Rousseau que lo filtró a la prensa. Los abogados de la familia prometieron abrir la famosa caja pero curiosamente, el 8 de mayo de 1902, se produjo un misterioso incendio en el dormitorio de Thérèse que junto a su esposo y hermanos desaparecieron de parís. Al abrir los restos de la caja ignífuga solo se encontró… un ladrillo. No me negaran que la metáfora, teniendo en cuenta que hablamos de una burbuja, no es homérica.

Unos meses después fue detenida en Madrid y juzgada en 1903 fue condenada a cinco años de prisión al igual que su esposo y sus hermanos Romain y Emile a tres y dos años respectivamente. Curiosamente solo cumplió tres años y medio gracias a su buena conducta. Y a partir de ahí, la nada.

Si cada vez que un banquero estuviera tentado de guiarse de la apariencia de riqueza de un cliente para darle crédito, recordara la historia de la grande Thérèse y de su caja fuerte que tan sólo guardaba un ladrillo, otro gallo nos cantaría. ¿No creen?

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