EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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NUNCA OLVIDEN A GEORGE BAILEY


En estos tiempos de crisis bancarias, exuberancias financieras, quiebracajas, preferentes y tarjetas black resulta reconfortante arrebujarse ante el televisor y volver a disfrutar de una de las obras maestras de Frank Capra: ¡Qué bello es vivir!

¡Qué bello es vivir!

¡Qué bello es vivir!

Siempre he dicho que la mejor clase de banca a la que he asistido en mi vida la da George Bailey – magistralmente interpretado por ese caballero sin espada que siempre fue el gran James Stewart. Sería muy interesante que todo directivo bancario la hubiera visto y sobre todo, que lo hiciera con ánimo de aprender.

Todos recordamos como George, que se acaba de casar con Mary – la dulce y bellísima Donna Reed – es testigo del pánico bancario que acaba de desatarse en Bedford Falls y acude a la oficina de su pequeña Compañía de Empréstitos cuya actividad recuerda demasiado a las de las viejas Cajas de Ahorros locales, pues recibía depósitos con el objetivo de ofertar  préstamos hipotecarios para la construcción de viviendas. En un país cuya banca llegó a prestar el ciento cincuenta por ciento de sus depósitos la prudencia de George Bailey que nunca presta ni un dólar más de lo recibido acaba llamando la atención. Pero hace algo más, apoya a su compañía ante la posibilidad de que quiebre en razón de una retirada masiva de fondos y aporta la propia liquidez renunciando a su viaje de luna de miel. ¿Cuántos altos directivos o Consejeros de Cajas de Ahorros adquirieron preferentes para apoyar el capital de las entidades cuya solvencia defendían, mintiendo al mercado?

Y por último, George Bailey da a sus impositores una excepcional lección de banca. Cuando en mitad del pánico, algunos de ellos le reclaman su dinero les explica que no está allí sino en sus casas y en las de otros vecinos y les recuerda cómo eran las casuchas de Potter  en las que vivían antes de poder adquirir sus viviendas gracias a la financiación de la compañía. Cuando el reloj marca la hora de cierre en una emocionante cuenta atrás, en la caja quedan sólo dos dólares, dos tristes billetes que, sin embargo, son la señal de que se ha salvado la compañía puesto que ha superado la temida crisis de liquidez.

Comparar a los gestores de algunas Cajas de Ahorros, quebradas, rescatadas y nacionalizadas a costa de nuestro bolsillo con un banquero moralmente solvente – como el que interpreta James Stewart – es desolador e indignante.

Cuando un banquero, e incluso un bancario, carecen de algo tan etéreo pero tan importante como es la solvencia moral, resulta temerario dejar en sus manos nuestros ahorros. Al fin y al cabo le estaríamos prestando dinero, adquiriendo su deuda o participando en el capital de una compañía dirigida por un sinvergüenza. Y eso nunca es recomendable.

Frente a George Bailey aparece Mister Potter, único banquero de la ciudad y dueño de la prensa y de cualquier otro negocio que puede dar algún beneficio. Potter, interpretado por otro grande del cine clásico, Lionel Barrymore, aprovecha el pánico y compra todo lo que puede a precio de saldo. En fin, lo que ahora se llamaría un fondo buitre.

Así que tenemos a George Bailey, honrado, solvente y preocupado por la viabilidad de su empresa hasta el punto de renunciar una y otra vez a sus sueños personales anteponiendo la viabilidad de la misma y a Mister Potter.

Porque George no sólo renuncia a su luna de miel, ya había abandonado años antes su sueño de viajar a lo largo y ancho del mundo con una maleta que casi no iba a poder abarcar con sus brazos porque es su solvencia moral la que permite salvar la Compañía de Empréstitos cuando Mister Potter que también es accionista, exige su disolución tras la muerte del padre de George. Convence a los accionistas para que no lo hagan pero la condición es decisiva, o la dirige él o se cierra.

En fin, todos recordamos como George Bailey intenta suicidarse pero lo salva Clarence – un ángel enviado por san José – que le muestra como hubiera sido el mundo sin él. Y aquí surge el genio de Capra que muestra la realidad de la Gran Depresión con una imagen desoladora de Bedford Falls que ahora se llama Potterville ya que como George no nació, las casas que se construyeron gracias a los préstamos de su compañía nunca se edificaron y la mayoría de la gente vive en las míseras casas de Potter.

Será porque es Nochebuena o porque estamos demasiado acostumbrados a sufrir banqueros desaprensivos del tipo de Mister Potter, pero lo cierto es que hoy quería escribir sobre George Bailey y sobre todos los George Bailey del mundo, esos que hacen banca pensando en su cliente y no sucumben a las presiones comerciales hasta el punto de traicionar la ética. Son más de los que parece, lo que ocurre es que sólo los descubrimos cuando ya nos están junto a nosotros y entonces, los echamos de menos.

Permítanme un consejo, nunca olviden a George Bailey y recuerden, siempre que oigan sonar una campanilla, que un ángel ha ganado sus alas.

Feliz Navidad.

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