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TRES HURRAS POR SIR WINSTON


Publicado en Granada Hoy,

Se cumple medio siglo del fallecimiento de un líder imponente, imprescindible para comprender la historia de la democracia y del mundo libre, Winston Churchill. Aristócrata, militar y periodista en su juventud aventurera y dueño de una fina prosa que le hizo acreedor de un merecidísimo Nobel de Literatura, sus Memorias deberían ser lectura obligada para cualquier político. Pocos oradores han gozado de su maestría – aunque defendió que la mejor improvisación es la que se ensaya ante el espejo – y de su agilidad para destrozar al oponente con una réplica ácida y contundente.

"The Churchill Arms". Kensington. Londres (Reino Unido)

“The Churchill Arms”. Kensington. Londres (Reino Unido)

En estos tiempos de obligada y falsa moderación puritana, sir Winston hubiera sido más que criticado. Fumador empedernido de habanos, bebedor y bon vivant, superó los noventa años con la misma decisión con la que a los treinta, molesto por la postura tory ante el librecambio, en un receso en los Comunes, cruzó la sala y tomó asiento en la bancada liberal. Veinte años después volvería al partido Conservador en la idea de que sólo algunos cambian de partido por el bien de sus principios frente a todos los que cambian de principios por el bien de sus partidos, como comprobamos a diario.

Defensor a ultranza del parlamentarismo y de la responsabilidad frente a los votantes declinó el honor de ser nombrado Duque de Londres porque le impediría acudir a los Comunes como representante del pueblo inglés.

Algunas de sus mejores anécdotas -como aquella en la que una líder laborista le reprochaba su evidente estado de embriaguez, impropia de un premier británico, a la que contestó: así es querida, pero mañana amaneceré sobrio y usted seguirá siendo fea-, serían piedra de escándalo para los defensores de las melindres superferolíticas e hipócritas de la actual corrección política.

Si alguna lección deben aprender quienes dicen dirigirnos es que los logros –reales o supuestos- de su gestión no garantizan la victoria. Churchill ganó la guerra y perdió las elecciones inmediatas que él mismo había convocado. En sus propias palabras, ya no era su hora.

Honremos su patriotismo y su orgullo de ser británico; su resolución –no cedan al abrumador poderío del enemigo–; su capacidad de reconocimiento y homenaje –nunca tantos debieron tanto a tan pocos–; su sinceridad ante la adversidad –no tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor- y sobre todo, su tenacidad en la defensa de la democracia y de la libertad.

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