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LAS BANCARROTAS DEL IMPERIO ESPAÑOL


Comentábamos en un Nota anterior como fue España el primer país en titulizar la deuda de la corona y también el primero que decidió distraerse a la hora de hacer frente a su pago. Y lo más curioso es que gran parte de esas quiebras se produjeron en el momento de nuestro máximo esplendor histórico, cuando el Imperio Español era la mayor potencia del mundo y los estandartes de los Austrias  campaban a lo largo y ancho de todo el mundo conocido.

Escudo de Armas de Felipe II en una fachada de Malinas (Bélgica)

Escudo de Armas de Felipe II en una fachada de Malinas (Bélgica)

Financieramente la explicación no es muy compleja. Es fácil entender que cualquier prestamista se ve más tentado de correr riesgos con quien tiene recursos que con quien carece de ellos, razón por la cual la deuda crece sin generar excesivos miedos. Se pide prestado para pagar las operaciones vencidas y la deuda se alarga en el tiempo. Y ese fue el esquema que la corona española siguió durante decenios garantizando sus obligaciones con las riquezas que llegaban de América y las concesiones de estancos, monopolios y demás explotaciones en las riquísimas e inexplotadas colonias.

El problema fundamental de la deuda nunca es la cantidad que acaba siendo indiferente, sino el puntual y correcto cumplimiento de las obligaciones pactadas. La quiebra llega cuando se consolidan los impagos y ya no hay confianza en el emisor – deudor.

Desde aquella primera bancarrota filipina declarada por el rey prudente hasta el repudio de la deuda de la II República por el gobierno de facto del general Franco, España ha dejado de cumplir sus compromisos en más de una decena de ocasiones que vamos a repasar en estas líneas.

La deuda española soportó, a lo largo de los siglos XVI a XVIII ocho episodios de bancarrota, fuera por la suspensión directa de los asientos – el impago en terminología actual – o por su renegociación con los acreedores que siempre conllevó una reestructuración de plazos, tipos y quitas. De darse hoy esta situación de continua bancarrota el Imperio Español se habría convertido en emisor de bonos basura.

En tres ocasiones – 1557, 1575 y 1597 – Felipe II hubo de suspender los asientos e impagar la deuda y poco después, en 1607, su hijo, Felipe III hubo de renegociar los asientos; situación que dio cierta tranquilidad a la corona hasta que, cuarenta años después, Felipe IV volvió a suspenderlos, al igual que su abuelo, en tres ocasiones – 1647, 1652 y 1662. Bajo el último de los Austrias hubo que volver a suspenderlos en 1666.

El acceso de los Borbones al trono tras la muerte de Carlos II el Hechizado supuso una mejora en la gestión de las cuentas públicas. Los gobiernos de Felipe V pusieron cierto orden en las finanzas españolas al articular la creación de un gobierno más moderno, a imagen del francés, con funcionarios a sueldo del estado. Además, tras la guerra de sucesión, la paz ayudó a retomar con garantías el comercio con América y Filipinas lo que ayudó grandemente al desarrollo económico. También se profesionalizó y simplificó la Hacienda que permitió recaudar impuestos en todo el reino para financiar al estado.

El largo reinado del primer Borbón (1700-1746) estabilizó las finanzas del país que no sufrieron reforma alguna hasta el reinado de Carlos III que trajo de Nápoles la lotería y la creación del Banco de San Carlos, una entidad – antecedente del Banco de España – encargada de convertir en oro los vales reales – títulos de deuda al portador admitidos como dinero fiduciario y a cuya crisis dedicaremos una próxima Nota -, descontar los efectos al 4%, contratar los suministros militares y pagar la deuda exterior. La entidad, enteramente constituida con capital público, sobrevivió a duras penas hasta 1829, año en que fue absorbida por el Banco de San Fernando.

Tras un siglo de tranquilidad, la decisión de Carlos IV de declarar la guerra a la Francia revolucionaria tras la muerte de Luis XVI y Maria Antonieta, llevó a España a la ruina. Las diversas campañas militares se financiaron mediante la emisión descontrolada de vales reales cuyos intereses fue imposible satisfacer declarando la corona en 1799 el impago de intereses.

Tras la invasión napoleónica y las vergonzosas abdicaciones de Bayona, el país se vio inmerso en una contienda que esquilmó las arcas públicas y privadas. El fin de la Guerra de la Independencia no mejoró el panorama ya que la restauración de Fernando VII el rey felón no sólo supuso cercenar el soplo de aire fresco y apertura que supuso la Constitución liberal de Cádiz sino que, además, la intransigencia del monarca provocó la pérdida de las Indias y con ellas, las de su oro, plata, mercancías e impuestos. Esta situación dio lugar a un déficit crónico en el presupuesto del estado que generó una enorme desconfianza en la deuda española y que supuso la antesala al período más complejo y difícil para las finanzas públicas españolas, que trataremos en la próxima Nota.

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