EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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ÉTICA Y SECRETO BANCARIO


El secreto o cuando menos, la discreción respecto a las informaciones que pueda atesorar cualquier profesional, sea cual sea su especialidad y sean quienes fueren sus clientes es una garantía de privacidad valorada por los mercados y por la sociedad en su conjunto.

Si la democracia, en tanto que forma pública de gobernar una sociedad requiere luz y taquígrafos, las relaciones entre ciudadanos, sean estrictamente privadas o semiprivadas como ocurre con las transacciones mercantiles, exigen una cierta discreción que actúe como protección de la privacidad y la intimidad de todos aquellos que interactúen en las mismas.

Es obvio que hay profesiones en las que esa discreción a la que hemos hecho referencia es infinitamente más exigible que en otras, sea por la nimiedad del dato publicado – es razonable entender que el hecho de que el personal de una peluquería comente que tipo de tinte utiliza un cliente determinado no tiene la misma gravedad que si un médico revela la enfermedad que aqueja a la misma persona – o porque el dato es más o menos público; supongamos que el camarero de una cafetería pregona que un determinado personaje desayuna a diario en su barra e incluso qué pide habitualmente o cual es su pieza de bollería preferida.

Por tanto, la gravedad de la revelación de datos es graduable y así se recoge en diversas legislaciones el castigo a recibir por quien, traicionando la confianza de su cliente, hace pública determinada información sea con intención de perjudicarle o por puro y simple afán de protagonismo o mera incontinencia verbal.

En el ámbito bancario, la discreción es una cualidad muy valorada. Aunque afecta a cualquier tipo de cliente, es muy lógico pensar que ningún directivo de empresa entregaría información de la misma a una entidad financiera si sospechara que la misma podría caer en manos de su competencia por una indiscreción del banquero común. Por ese motivo, la información recopilada por las entidades debería quedar compartimentada para uso de la propia entidad en el análisis de sus riesgos o en la búsqueda del pulso del mercado pero no resultaría ético que su uso y abuso constituyera al banco en almoneda de compraventa de informaciones.

Y así, se entiende lógico que ningún banco dé a terceros información relativa a cuentas, saldos, posiciones deudoras o acreedoras, inversiones, etc. de sus clientes. Naturalmente, en los países desarrollados, la ley aborda estas cuestiones ya que se trata de garantizar a los ciudadanos que los empleados de las entidades financieras cumplen con el deber de diligencia exigible a cualquier persona en el ejercicio de sus funciones además de contribuir a la protección del derecho al honor, a la intimidad y a la imagen pública de sus clientes.

En función de estos razonamientos, con intención de constituirse en una plaza financiera de primer nivel y elevando el nivel de exigencia hasta límites más que debatibles, las entidades financieras suizas crearon el concepto de secreto bancario que figura expresamente en su legislación desde 1934 y que consiste en la protección que las entidades bancarias deben otorgar a la información relativa a los depósitos y captaciones de cualquier naturaleza, que reciban de sus clientes.

La introducción del secreto bancario fue muy positiva en tanto que garantizaba a los ciudadanos que sus asuntos financieros estuvieran protegidos de la curiosidad ajena pero por otra parte, abrían las puertas a todo tipo de actividades delictivas y fraudulentas que resultaban muy difíciles de combatir dada la conocida opacidad de las cuentas suizas y de otros países que copiaron esta idea y cuya única riqueza era la de constituirse en paraísos fiscales en los que no se preguntaba por el origen de los fondos ni por la legalidad de su procedencia.

Es sencillo entender que la información financiera forma parte de la privacidad de los clientes bancarios pero la especialidad de la banca suiza fue la de, utilizando la tradicional neutralidad de la Confederación Helvética, hacer de la discreción, secretismo y de la privacidad un inexpugnable blindaje ante los poderes públicos de los países de origen de sus clientes.

Tradicionalmente, los bancos suizos han defendido el secreto bancario hasta el punto de negarse a ceder a terceros cualquier tipo de información sobre los titulares de sus depósitos. Y eran estos los únicos que podían relevar al banco de su obligación de secreto lo cual resultaba absolutamente ineficiente en el caso de quienes habían evadido capitales a Suiza buscando, precisamente, el acendrado secretismo de sus banqueros que a cambio de pingües comisiones no hicieron ascos a fondos provenientes del tráfico de drogas o de armas, de organizaciones criminales o terroristas o de los expolios a los que un sinnúmero de dictadores sometieron a los países que habían sojuzgado.

Pero una sociedad abierta, moderna y democrática no puede admitir que la banca, como cualquier negocio, funcione sin ética y por ese motivo ni el secreto profesional ni el bancario pueden ser ilimitados. Y así, el deber de confidencialidad aparejado debe cesar ante las solicitudes de información realizadas por la Administración Tributaria y, por supuesto, ante cualquier mandato judicial que pretenda perseguir un delito.

Por ese motivo, la intervención de la Banca Privada d’Andorra (BPA) por parte del gobierno del Principado y de su filial española – Banco de Madrid – por el Banco de España a instancias de una denuncia de la Secretaria del Tesoro de los Estados Unidos es, sin duda, una buena noticia.

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