EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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MOTIVACIONES NAVALES


El jefe, que había asistido en los últimos días a un seminario sobre motivación del personal en la empresa del siglo XXI, decidió reunir a toda la plantilla en la sala de juntas con la idea de arengarlos y tal y como le había aconsejado el director del curso que era toda una eminencia en esto de la motivación, provocar una revolución en la compañía que la llevaría a facturar más, ganar más y mejorar su posicionamiento en el mercado. ¡Toma ya!

El jefe, con la intención de ilustrar a sus subordinados, había diseñado un larguísimo y soporífero power-point lleno textos poco digeribles, fotografías supuestamente impactantes, pareados de parvulario y fondos musicales de dudoso gusto cuya última imagen fue despedida con unos tímidos aplausos nacidos más que de ningún sentimiento, de la liberación que provocó en la audiencia la palabra fin sobreimpresionada en la pantalla.

El jefe, siguiendo las indicaciones recibidas en el carísimo seminario – así das una sensación de informalidad y cercanía – se sentó sobre la mesa y comenzó a contarles una emotiva historia en la que un trirreme romano era perseguido por una nave pirata en el estrecho de Mesina… o en el golfo de Tarento. La verdad es que no me acuerdo porque la geografía no es lo mío, comentó sonriente. Al mando de la nave iba Cayo Julio Claudio, popular y campechano – legionario, no me llames legado, llámame Julio – héroe de la guerra de las Galias, senador de Roma y miembro de una importante familia. Un hombre adorado por sus tropas, dispuestas a seguirle hasta el último rincón del mundo conocido. Ante la amenaza de los piratas y sabiendo que la noche le alcanzaría antes de tocar tierra, el senador  – no me llames legado, llámame Julio – ordenó al capitán de la nave que virase en redondo y que lanzara el trirreme a toda velocidad contra el maldito bajel pirata, hundiendo el espolón de proa en su costado para que los legionarios lo abordaran y pasaran a cuchillo sin piedad a esa escoria de ratas criminales.

Cayo Julio Claudiono me llames legado, llámame Julio – se retiró a su camarote mientras el capitán organizaba el ataque, los legionarios afilaban pilum y gladius y se enfundaban las pesadas corazas. Un esclavo nubio comenzó a golpear acompasadamente el timbal que resonó de proa a popa de la cubierta. Los remeros bogaron con fuerza siguiendo el ritmo que se les marcaba y el trirreme, con las velas desplegadas y henchidas por el viento, se lanzó, surcando las olas a velocidad creciente, contra el costado de la nave pirata que hasta poco antes le acosaba. El estruendo que provocó el embate debió escucharse en las aldeas marineras de la costa cercana. Al anochecer, el bajel enemigo ardía por los cuatro costados; los pocos piratas capturados vivos eran encadenados al palo mayor y el griterío de los legionarios que enarbolaban sus pilum y gladius aclamando a su popular jefe, Cayo Julio Claudiono me llames legado, llámame Julio – inundaba la noche entre las lejanas luces que titilaban tierra adentro.

Y ente la algarabía de los vítores de los legionarios un ave sobrevoló sobre sus cabezas y dejó caer sobre la toga de Cayo Julio Claudiono me llames legado, llámame Julio – una rama de laurel, símbolo de su victoria.

Ahogado por la sobreactuada narración del jefe, casi nadie escuchó el comentario socarrón de Alvarito, el becario del departamento financiero, que se apostó cuatro cañas a que el jefazo no había visto Ben-Hur porque hay que ser muy lerdo para comparar a los trabajadores de tu empresa con los galeotes que eran esclavos encadenados de por vida a un duro banco de madera que sólo dejaban una vez muertos o cuando, heridos o enfermos eran incapaces de remar y se les abandonaba en cualquier rincón de la sentina a la espera de la visita de la parca.

El jefe, sentado sobre el filo de la mesa – así das una sensación de cercanía e informalidad – dejaba entrever cierta incomodidad en esa postura de claro equilibrio inestable pero enardecido como estaba, imbuido en su épica historia, preguntó: ¿lo habéis entendido?

Y sin dejar que nadie contestara una cuestión, más retórica que inquisitiva, siguió con el hilo previsto de su intervención: la trirreme es nuestra empresa y la nave pirata, la competencia. Por eso os pido que todos reméis al mismo ritmo, que cada uno de vosotros esté dispuesto a hacerlo en el mismo sentido para que la empresa sea más fuerte y gane más. Venga, ahí afuera hay un mar lleno de piratas y nosotros tenemos que expulsarlos del mercado. Confío en vosotros.

Hizo un gesto que él creyó de complicidad y salió de la sala. Así reflexionan sobre lo que les has contado, ¡ya verás! – le había dicho el director del curso.

Tras unos cuantos segundos de denso silencio, uno de los contables más veteranos le preguntó a Alvarito:

¡Oye, tú, yo de Ben Hur me acuerdo y a mí no me convence lo de ir encadenado y encima remando!

– Además, – contestó el becario – que todos vamos en el mismo barco, pero que no es lo mismo remar, que tocar el tambor, que decirle al del tambor que toque. Y lo que a mí no me queda claro es que si de verdad facturamos más, ¿cuanto nos toca a cada uno de lo que se gane? Porque de eso no ha hablado, ¿verdad?

Los trabajadores no se motivan per se, hay que motivarlos. Y no hay mejor motivación, mis queridos amigos, sin despreciar eso que algunos llaman los intangibles de la relación laboral, que aquella que llega a nosotros, no en el pico de un ave de buen augurio, sino en forma de transferencia bancaria con abono a nuestra cuenta corriente.

Es menos épico pero más efectivo, ¿no creen?

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