EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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SINDICATOS PARA EL SIGLO XXI


Narra Bertolucci en Novecento la transformación de la Italia recién unificada a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Y lo hace, contraponiendo las vidas de dos hombres nacidos el mismo día: Alfredo Berlinghieri – interpretado por el siempre impagable Robert de Niro – que es el heredero de una importante hacienda agrícola y Olmo DalcòGerard Depardieu –, hijo de unos humildes trabajadores de la misma. Aunque amigos desde la niñez, las tensiones sociales les acompañarán durante toda su existencia.

La fecha elegida para el nacimiento de ambos personajes, el 27 de enero de 1901, con el siglo recién estrenado, tiene el enorme simbolismo que supone fijarlo el mismo día de la muerte del maestro Verdi, símbolo del Risorgimento y gloria del nacionalismo italiano hasta el punto de que los que luchaban por la unificación del país en la figura del rey Víctor Manuel de Saboya entonaban su delicioso y emotivo Va pensiero de Nabucco donde el pueblo judío sólo es un trasunto del italiano y gritaban a los cuatro vientos Evviva Verdi! siendo el apellido del maestro el acrónimo de Vittorio Emanuele Re d’Italia.

"El Cuarto Estado" de Giuseppe Pelliza da Violpedo. Pinacoteca de Brera. Milán (Italia)

“El Cuarto Estado” de Giuseppe Pelliza da Volpedo. Pinacoteca de Brera. Milán (Italia)

Novecento es un bellísimo fresco histórico que parte de la miserable situación de los campesinos explotados, extensible a las terribles condiciones de los obreros industriales, y nos cuenta la aparición del comunismo tras la I Guerra Mundial, el triunfo del matonismo fascista, la dictadura de Mussolini, apoyada por los grandes terratenientes y por último, la guerra y la liberación de Italia por las tropas aliadas tras el cambio de bando que supuso la caída de Mussolini y el gobierno efímero del Mariscal Badoglio.

La película empieza con un plano corto sobre el retrato de una cara barbuda. La cámara abre pausadamente el objetivo hasta que al final de los títulos de crédito observamos con total claridad un maravilloso lienzo – El Cuarto estado de Giusepe Pelliza da Volpedo – pintado en tonos ocres, como el color de la tierra, que retrata a un grupo de trabajadores en huelga y que hoy puede admirarse en la milanesa Pinacoteca de Brera.

El enorme realismo de la escena nos retrotrae a una época a la que ninguno querríamos volver y que centra en la figura de una joven que lleva en brazos a su hijo, el dramatismo de un tiempo en el que luchar por la dignidad y por los derechos ciudadanos podía acarrear la cárcel y hasta la muerte. Una sociedad libre y abierta no puede asumir que parte de sus miembros se conviertan en marginados sociales, en desharrapados, en seres deshumanizados sin más objetivo que seguir vivos esperando tiempos mejores.

Por eso, el sindicalismo luchador de aquel novecento es, no ya comprensible, sino absolutamente justo y admirable para cualquiera que defienda un mínimo respeto a la libertad y la dignidad del ser humano. Porque no basta con tener libertad, es necesario poder ejercerla. Para ello se requiere que la sociedad garantice unas normas básicas de subsistencia, convivencia y respeto. Y, antes que en ningún otro ámbito público, en el laboral, pues todo ciudadano debe tener la posibilidad de ganarse dignamente el sustento y desarrollar sus capacidades en un entorno de máxima libertad e igualdad.

Otra cosa es el sindicalismo anacrónico, burocrático y funcionarial que sufrimos y que se ha instalado como parte de ese stablishment al que aparentemente, dice oponerse. Más, cuando la corrupción campa por sus respetos en demasiadas organizaciones sindicales.

Mientras existan las relaciones laborales, el sindicalismo será necesario porque es razonable y justo que los trabajadores se unan para defender sus derechos y consigan las mejores condiciones de trabajo, ese punto de equilibrio en el que capital humano y financiero se sientan cómodos, porque ninguno ganará todo a lo que aspira pero tampoco sentirá que pierde demasiado.

Cada vez, la economía requiere más capital intelectual y menos capacidades físicas. El mundo ha cambiado. Hoy, ni el campo ni la industria tradicional son los sectores que acogen mayor cantidad de empleados. Por todos esos motivos, los sindicatos y el sindicalismo han de cambiar y acomodarse a las realidades de la economía actual. Guste o no, el viejo concepto de clase ha decaído y son las clases medias – incluso tras la escabechina que en ellas ha perpetrado la dura crisis que aún padecemos – las que constituyen el grueso de los trabajadores. Hoy, los white collar han sustituido a los blue collar pero los sindicatos parece que no lo han entendido.

En definitiva, sólo un sindicalismo que se acerque a la realidad actual y abandone viejos principios anquilosados podrá dar solución a los problemas reales de los trabajadores. Pero lamentablemente, los viejos líderes sindicales se parecen demasiado a los viejos empresarios y ambos están fuera de tiempo.

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5 comentarios

  1. misael dice:

    D. Luis, es vd. un sol… habla de los sindicatos de ahora como si a ellos les preocupara mucho su adaptacion a la cambiante sociedad en pro de mantenerse como un bien de utilidad pública… lo dicho es vd. un sol.

    Mire D. Luis, el sindicalismo español ya hace tiempo que hizo el cambio, no de motu proprio, sino impuesto por la evolución de las cosas que los ha barrido dejándolos con el palo del sombrajo, no por el bien público, sino para beneficio personal de cada uno de ellos.

    El sindicalismo patrio, en esta España de pymes, micropymes y muuuchos autónomos o falsos autónomos, ha encontrado como único asidero la función pública… y ahí los tenemos, cortijeando lo que es de todos, a saber: las administraciones y organismos del estado. Sus defendidos creen que cuanto más consigan mejor… que si esta o aquella pretensión distan años luz de lo que hay en el mercado laboral ¡ y a ellos que ! Predominan “el que quiera más que ahonde” o el otro “ande yo caliente ríase la gente”. La igualdad les queda bien sólo en tertulias: a la hora de la nómina no hay que pasarse de igualitario.

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    • Coincidimos en el hecho de que el sindicalismo está anquilosado pero también creo que no basta con quedarse mirando sino que hay que crear el futuro y actuar en consecuencia. Saludos.

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      • misael dice:

        Pues ya me gustaria a mi creer en el futuro sin parecer un iluso. Mire, D. Luis, con lo que viene cayendo desde 2006 y *no* se ha modificado ni un ápice el entramado administrativo pagado con nuestros impuestos que algunos finamente llaman la mamandurria.

        Si con lo que ha salido de cursos de formación, de ERES, mariscadas, drogas y mujeres del ligero vivir, de esto y aquello ¡ y no se ha movido un dedo ! para exigir que los sindicatos presenten cuentas. ¿ Cuando entonces cambiará algo ? Ya no hablemos de tocar el bisindicalismo al que todos por ley, la ley de la imposicion, contribuimos con nuestros impuestos…. porque prima desmedidamente, en nuestro cuerpo legislativo social, lo de “sindicatos mas representativos”

        Podria hacer un ejercicio de optimismo. Pero prefiero los ejercicios de realismo, en este caso mi realismo, que es el que tengo mas a mano 😉

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  2. Los sindicatos me recuerdan a los bancos, no puedes elegir, sólo firmar un contrato de adhesión, aceptar dando gracias lo que te ofrecen y por supuesto olvidarte de que traten de darte algún servicio más allá de su propio interés.

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