EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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MANDAR NO ES LIDERAR


Después de más de dos años de guerra, la situación del frente alpino era de absoluto estancamiento. Los combates continuos entre Italia y el Imperio Austrohúngaro que se libraron entre junio de 1915 y noviembre de 1917, se conocen como las batallas del Isonzo. Les dio nombre el pequeño río que hacía de frontera entre ambos contendientes. Tristemente, el bucólico valle alpino se convirtió en el último lecho de 300.000 soldados italianos, la mitad de los que cayeron en la Gran Guerra y de otros 200.000 austrohúngaros, un sexto de las bajas totales del secular Imperio de los Habsburgo.

En el verano de 1917, los austríacos recibieron apoyo militar alemán con el objetivo de lanzar una ofensiva que llevara a la definitiva derrota italiana.

Ocultos por la niebla que cubría las cumbres alpinas, nueve divisiones austríacas y seis alemanas tomaron por sorpresa a los hombres del Regio Esercito a los que obligaron a retroceder y abandonar sus posiciones en la pequeña localidad eslovena de Kobarid, conocida como Caporetto por los italianos.

LAS BUCÓLICAS CUMBRES ALPINAS, CEMENTERIO DE UNA GENERACIÓN.

LAS BUCÓLICAS CUMBRES ALPINAS, CEMENTERIO DE UNA GENERACIÓN.

La escasez de munición artillera y la falta de pertrechos, impidió a los italianos reorganizarse tras el primer golpe enemigo, lo que permitió a los atacantes aprovechar la brecha abierta en el frente y lanzarse hacia la llanura para destruir el grueso de las fuerzas italianas, llegando a avanzar más de veinticinco kilómetros y pisando, por primera vez desde el inicio de las hostilidades, territorio enemigo. Era el 24 de octubre de 1917. Una fecha de triste recuerdo para la historia de Italia, el día que se inició la duodécima batalla del Isonzo, más conocida como Desastre de Caporetto.

Ante una situación tan débil, la decisión del general Luigi Cadorna, jefe del Segundo Ejército, fue tan desacertada como propia de quien se limita a dar órdenes, pues sólo cree en el ejercicio del mando. El mismo día 25, las posiciones italianas eran cercadas y destruidas por un enemigo más poderoso y mejor pertrechado. Y en medio del desastre que se intuía, Cadorna prohibió la retirada, exigió a los oficiales mantener una resistencia imposible y ordenó que las tropas lanzaran contraataques locales. Algo inconcebible si tenemos en cuenta que el Regio Esercito carecía de reservas móviles para apoyar cualquier acción y menos aún para liberar a las unidades cercadas. Y por último, ante los oficiales que casi le suplicaban que ordenara una retirada general y organizada, amenazó con fusilar a cualquier mando que simplemente, permitiera a sus hombres retroceder un palmo de terreno. Como no podía ser de otra manera, la tropa, totalmente desmoralizada, comenzó a rendirse masivamente ante el enemigo. El 28 de octubre, sólo cuatro días después del inicio del ataque, el frente italiano se había derrumbado y los austroalemanes tomaron Udine. Acosado por la realidad, Cadorna permitió la retirada que fue  tardía y desorganizada. El día 30, los italianos cruzaron el río Tagliamento intentando evitar su completa aniquilación y abandonando a su suerte, armas, bagajes y prisioneros. Pero no fue suficiente y Cadorna debió ordenar que la retirada continuase, mezclándose con los soldados desmoralizados, miles de refugiados civiles.

El 6 de noviembre, el primer ministro Vittorio Emanuele Orlando que había sustituido el 29 de octubre a Paolo Boselli, cesó a Cadorna y lo sustituyó por Armando Diaz que reorganizó la retirada estableciendo una línea defensiva en el rio Piave a la vez que detenía la ofensiva austroalemana el 12 de noviembre.

A diferencia de Cadorna, el general Diaz utilizó más racionalmente sus tropas, estabilizó el frente en el Piave y reconstruyó el ejército dotándole de medios adecuados. En pocos meses se reemplazó el material perdido o abandonado, armas, municiones y material sanitario. Se ampliaron los permisos y se rejuveneció la tropa llamando a filas a i ragazzi della classe del 99, jóvenes de apenas dieciocho años cuyo ánimo fue fundamental para la victoria final. Diaz fue presionado por el gobierno que buscaba una reparación al desastre de Caporetto y una victoria sobre Austria que le permitiera adquirir los ansiados territorios en litigio que había pactado con los aliados. Pero el general resistió: no sacrificaría a sus hombres por una victoria incierta; no lanzaría una ofensiva hasta asegurarse de que fuera determinante y para conseguirlo aceleró sus preparativos buscando que Italia venciera a Austria-Hungría en el campo de batalla y no porque el enemigo, como de hecho ocurrió al final, se desintegrara a causa de su enorme crisis interna. Así, reforzó su ejército con seis divisiones francobritánicas y el 23 de octubre de 1918, un año después de Caporetto, Diaz lanzó un potente ataque con cincuenta y siete divisiones, capturó Vittorio Veneto y cortó en dos la línea defensiva enemiga. Los mandos del ejército austrohúngaro, totalmente desmoralizado, vieron como estallaban motines protagonizados por los soldados de origen eslavo que provocaron una gran crisis política que acabó con la disolución del imperio y la capitulación total de sus fuerzas. Gracias a esta victoria, Armando Diaz mantuvo su fama de general eficiente y se convirtió en el héroe italiano de la contienda.

Frente a la soberbia y la inflexibilidad de Cadorna, la sensatez y la paciencia de Diaz. Si el primero despreció la vida de sus hombres, el segundo sólo la expuso cuando estuvo convencido del triunfo. Si uno se limitó a mandar, el otro supo, ante todo, liderar.

Si Cadorna sufrió la mayor derrota de la guerra, Diaz consiguió con su victoria devolver a todo un país la confianza en sí mismo.

Porque los jefes ordenan y los líderes inspiran.

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