EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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PÁNICOS BANCARIOS Y CORRALITOS


 

Desde que en Grecia se estableció el control de capitales, también conocido como corralito por obra y gracia de un periodista argentino que lo bautizó así en 2001 por analogía con el recinto cerrado que permite proteger a los bebés de los peligros que supondría para su integridad la posibilidad de circular libremente por la casa, hemos escuchado tantas interpretaciones del asunto y se ha creado tal confusión al respecto que nos hemos instalado en un auténtico pandemónium financiero.

Aunque el corralito nos haya ofrecido imágenes propias de un pánico bancario muy similares a algunas que recordamos haber visto en muchas películas ambientadas en la Gran Depresión, como ¡Qué bello es vivir! o incluso Mary Poppins, ambas situaciones son diferentes.

A lo largo del tiempo, la pérdida de confianza de los ciudadanos en una entidad bancaria siempre acaba provocando lo que se ha llamado estampida, corrida, pánico o asedio bancario. Desde que en 1720 la Banque Royale, inspirada en Francia por John Law, quebrara al ser incapaz de canjear todos los billetes emitidos por el Regente, Duque de Orleans, por el oro que supuestamente los respaldaba, las colas de preocupados impositores ante las puertas de las entidades con problemas han sido una imagen habitual en las crisis financieras.

El pánico bancario siempre nace de creencia de que un banco podría ser insolvente. En ese caso, todos los depositantes intentan obtener su dinero antes de que no quede liquidez suficiente. Pero la realidad bancaria es tozuda. Ningún banco puede devolver todos los depósitos recibidos a libre solicitud de sus clientes porque la función básica del Sistema Financiero es canalizar los fondos excedentes de los ahorradores hacia los solicitantes de crédito. Son estos quienes realmente los tienen, normalmente invertidos en proyectos más o menos rentables, cuando no los han gastado. En este caso, lo que hay es una relación jurídica en la que el prestatario adeuda al banco la cantidad recibida más los intereses pactados que deberán ser abonados en la fecha acordada entre las partes.

Cuando la banca centraba sus actividades en el limitado ámbito físico de las oficinas bancarias, era comprensible que ante cualquier noticia que afectara a la posible solvencia de una entidad se produjera un pánico bancario. Sin embargo, cuando el dinero se mueve a través de muy distintos canales como son la banca electrónica, los pagos con tarjeta o la emisión de todo tipo de documentos no parece lógico que un ciudadano medianamente bien informado madrugara para hacer cola ante la sucursal bancaria del barrio. Más bien, se sentaría ante su ordenador y transferiría su dinero a otras entidades o canjearía el saldo disponible de su tarjeta por bienes o servicios suficientes para absorber el crédito concedido por la entidad, ahora con problemas.

De hecho, cuando en diciembre de 1993, mucho antes de la aparición de la banca digital, el Banco de España decidió la intervención de Banesto las sucursales de la veterana entidad española realizaron en los días subsiguientes cientos de miles de transferencias, emitieron millones de cheques bancarios hasta el punto de que los impresos llegaron a agotarse en algunas oficinas y en cambio, aunque las autoridades garantizaron la existencia de liquidez suficiente en las sucursales no fueron billetes lo que más solicitaron los impactados clientes de un banco con una prolongada historia de solvencia a sus espaldas.

El mayor problema de los pánicos bancarios es la posibilidad de contagio. El sistema bancario es más frágil de lo que parece ya que, como todos sabemos, no son meros custodios de dinero sino que son los fondos depositados por terceros los que utilizan para su actividad como prestamistas. La fragilidad del sistema se basa en la asimetría jurídica existente entre depositantes y solicitantes de crédito. Los primeros siguen siendo propietarios del dinero entregado al banco como los segundos lo son de los fondos recibidos. Por eso, si el banco no ofrece confianza al mercado, su quiebra acaba convirtiéndose en una profecía autocumplida ya que a mayor retirada de fondos, más crece la desconfianza y más alta es la posibilidad de un colapso.

Pero un corralito no se basa en la desconfianza del público en sus bancos, sino en la del gobierno de un país en su capacidad de gestionar las propias finanzas. Y ese es el motivo por el que limita la libertad de los ciudadanos para disponer de sus propios fondos así como la de enviar transferencias al extranjero, básicamente porque carece de divisas para poder afrontar esos pagos internacionales.

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