EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LECCIONES DE UN GENERAL. IIII. TRABATONTOS.


 

Por algún motivo dejaría von Hammerstein para el final de su definición a esos seres sobre los que nos advertía que del que es tonto y trabajador hay que protegerse; en ése no se puede delegar ninguna responsabilidad, pues siempre causará alguna desgracia. Cuando se ha sufrido a un trabatonto la experiencia te deja marcado para la eternidad porque es difícil entender y mucho menos predecir que puede pasar por su cabeza. Y nunca se sabe si es peor que el trabatonto sea tu sea superior, comparta responsabilidad contigo o lo tengas como subordinado. El trabatonto es como el gafe, sólo acarrea desgracias, aunque en su caso no es algo involuntario porque, inconscientemente, se esfuerza en idearlas y producirlas.

Un jefe trabajador y tonto te hará vivir en la oficina, requerirá un power point para cada reunión interminable sin orden del día, las convocará con urgencia, sólo valorará el tiempo y no el resultado y sobre todo, te recordará que gracias a la empresa tu familia puede tener una vida digna, olvidando que su confortable tren de vida y la riqueza de los accionistas se deben también a tu trabajo. Son así, como un señor feudal fruto de generaciones de matrimonios entre primos, pero en pleno siglo XXI.

Si el trabatonto está a tu mismo nivel, cualquier cosa que hagas sin necesidad de instalarte en tu despacho durante un fin de semana lo achacará a la suerte, te reprenderá si no llegas a tu hora pero nunca creerá que es tiempo de volver a casa y además, despreciará los logros de todos los subordinados que pueda tener a su cargo. Son esos tipos que se empeñan en revisar el trabajo de cualquiera que tenga la desgracia de estar a su mando – porque ellos son jefes con mando en plaza – y hasta de sus propios compañeros. Y lo hará porque sin él, la empresa no funcionaría. Aunque habría que dejarles claro que no funcionaría…tan mal como lo hace.

Tener un subordinado de este cariz es una de esas cruces que hay que asumir con elegancia y una sonrisa. El trabatonto te presentará una idea revolucionaria cada semana y algo que cambiará el mundo cada trimestre. Sonríale y anímelo a seguir en ello si no es algo que ponga en peligro la estabilidad de la compañía. De ese modo, estando entretenido, no le llevará al desastre.

Cuando no eres muy brillante y sobre todo, no lo asumes, pretendes ocultar tu falta de capacidad trabajando mucho. El problema es que ese trabajo será ineficiente e inútil. No hay mayor peligro que el que supone un estúpido como vimos hace tiempo al comentar las leyes inmutables de la estupidez humana que formuló el profesor Carlo M. Cipolla. El estúpido es un genio inventando trabajos inútiles, creando burocracias innecesarias y son expertos en cumplir la ley de Parkinson; esa que afirma que el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para su realización. Es fundamental para cualquier organización detectar al tonto porque al final, siempre es quien acaba llevándola a la ruina y es imprescindible eliminarlo sin contemplaciones. O al menos, neutralizarlo. Cuando no hay más remedio que asumirlo tenemos un problema irresoluble. Piensen en esas empresas familiares en las que el mérito para ocupar un cargo se debe a ser hijo, cuñado, hermano, sobrino, primo y demás familia de alguien; en las que el tonto es el mejor amigo del jefe, o cuando una relación comercial te exige mantener a según quién en según qué puesto. En esos casos hay que ocupar al trabatonto dándole trabajo, mucho trabajo. Pero hay que ser inteligente y encargarle cuestiones inútiles pero que para él sean cruciales. Piensen que trabatonto es como el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo (Sesame Street), necesita estar ocupado gritando su particular ¡galletas, galletas!

Son los tipos con mentalidad taylorista. Esos que creen que un ser humano es una máquina que sólo puede trabajar y que ellos – sí, curiosamente se creen superiores – son los elegidos para dirigirlos aunque no ocupen un puesto directivo. Se sienten encantados de que el jefe tenga en cuenta su opinión porque tienen la solución a todos los males de la empresa. Aunque la realidad más habitual es que son ellos mismos, el principal mal de la compañía.

Se produce en casi todos ellos y siempre en los especímenes más desarrollados el efecto Dunning-Kruger, un sesgo cognitivo, según el cual, el trabatonto percibe un sentimiento de superioridad ilusorio, se cree más inteligente y providencial que cualquier otro y están tan pagados de sí mismos y tan encantados de haberse conocido que lo demuestran exclamando cada mañana, mientras se miran al espejo; ¡Señor, para qué tanto!

El trabatonto sobrestima su propia habilidad, es incapaz de reconocer la de otros y no asume su extrema insuficiencia. Cuando eres tan estúpido como para ser incapaz de reconocer tu propia ineptitud te conviertes en un peligro público. Imagínense lo que ocurre a una empresa o a un país cuando, por los azares del destino, un trabatonto escala las más altas cotas del poder. En fin, ya dijo Charles Darwin que la ignorancia frecuentemente proporciona más confianza que el conocimiento.

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Toda la serie inspirada por el General von Hammerstein:

02/09/2015               LOS DIRECTIVOS SEGÚN VON HAMMERSTEIN.

09/09/2015               LECCIONES DE UN GENERAL: I. TRABALISTOS.

16/09/2015               LECCIONES DE UN GENERAL: II. TONTÍVAGOS.

23/09/2015               LECCIONES DE UN GENERAL: III. LISTÍVAGOS.

30/09/2015               LECCIONES DE UN GENERAL: IIII. TRABATONTOS.

07/09/2015               LECCIONES DE UN GENERAL: V. ESTRAMBOTE.

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1 comentario

  1. Recomiendo esta serie de artículos dedicados a von Hammerstein porque se pueden leer cosas que no se cuentan en las escuelas de negocios (y que es necesario conocer por si te tocan en suerte…)

    Ha sido una gran serie, y este el final perfecto.

    Me gusta

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