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LOS PÓSITOS AGRARIOS


 

De modo similar a los Montes Frumentarios italianos y con el mismo objetivo de socorrer a los agricultores pobres, se establecieron Pósitos en Castilla, unos por acuerdo entre los propios vecinos – en una especie de cooperativas avant la lettre – y otros mediante fundaciones caritativas animadas por la Iglesia y por algunos de sus más preclaros representantes entre los que destaca el Cardenal Cisneros, que con sus propias rentas puso en marcha los de  Alcalá de Henares, Toledo o Torrelaguna. Los fundados por iniciativa eclesiástica o piadosa, obispos, monasterios, conventos, hermandades o parroquias, se conocían como Pósitos Píos para diferenciarlos de los de fundación real o municipal que eran llamados Pósitos Reales o Concejiles.

Una de las características propias de los Pósitos  españoles es su limitado ámbito de actuación, siempre referido al municipio y del que quedan infinidad de muestras en calles y Casas del Pósito a lo largo y ancho de toda la geografía española. En todos ellos, la administración quedaba en manos de una Junta compuesta por miembros del Concejo. Lo más interesante de la historia de los Pósitos y quizá se deba a ese carácter local que les hizo pequeños y por tanto poco apetitosos para los gobiernos nacionales siempre ávidos de dinero por mor de la tradicional y endémica mala gestión de las finanzas públicas es el hecho de ser una de las pocas instituciones capaces de sobrevivir a los cambios políticos, sociales y económicos producidos en España desde la Baja Edad Media hasta nuestros días, ya que su desaparición legal, aunque no real, se puede fechar a finales del siglo XX.

El objetivo del Pósito era evitar la escasez de pan, alimento básico de las clases populares durante siglos y evitar que su carestía generara hambre, descontento y en definitiva, revueltas. Tenía por tanto en su origen, un claro interés caritativo, el de evitar en lo posible, las dificultades económicas de los pobres que no quedaba exento de otro más político como era el de comprar la paz social en el campo. Su actividad bancaria se reducía al préstamo de cereal a los labradores en condiciones módicas. El sistema no era muy distinto del ya visto para los Montes Frumentarios. Una vez finalizada la cosecha acopiaba grano, normalmente trigo, bien por compra con los fondos fundacionales o por donación de los agricultores ricos y ya en época de sementera lo prestaba a los labradores más necesitados. El préstamo de grano permitía al  pequeño labrador superar las carencias provocadas por las malas cosechas, comprar lo necesario para la siguiente campaña, adquirir nuevas tierras o sanear sus cuentas. También eran habituales los préstamos personales que se entregaban tras la Semana Santa y se devolvían en septiembre una vez terminada la siega y acabada la cosecha.

El cálculo de intereses no era tal sino que se tasaba en sacos o costales, si bien las proporciones habituales y del plazo podemos deducir que equivaldría a un interés que oscilaría entre el 4% y el 8% anual. Estos precios eran muy inferiores a los que podría cobrar un banquero. Como ejemplo, valga recordar que los préstamos otorgados por los Fugger al rey Carlos I para obtener la corona Imperial se establecieron en el 18%, siendo el prestatario el monarca más poderoso de Europa.

Otra de las funciones de los Pósitos, menos financiera, y más propia de la regulación económica era la de ofertar trigo en época de carestía para forzar la bajada de los precios. La realidad de todos modos, es que sus finanzas nunca fueron saneadas. Financieramente no generaban grandes ingresos y sus aportaciones de misericordia solían llevarlos a épocas de autentica quiebra técnica, sólo salvada por donaciones o aportaciones de sus fundadores.

Hasta tiempos de Felipe II no existió una regulación legal unificada para los Pósitos. La Pragmática de 15 de mayo de 1584 recogía una serie de normas que ya aparecían en las ordenanzas de bastantes de los Pósitos existentes. Quizá la más curiosa, que buscaba dar garantías sobre la custodia de los caudales del Pósito era la que exigía que el dinero se depositase en un arca con tres llaves y que estás fueran entregadas a la Justicia, a un regidor y al depositario, cargos nombrados a la vez que se elegían los oficiales del Concejo que estaban obligados a llevar la Contabilidad de la institución en Libros dedicados al efecto. Se prohibía prestar dinero del Pósito ni siquiera por mandato de un juez que de existir, devenía nulo. Pero ni aún así, se libraron los Pósitos de las continuas exacciones de los poderes públicos que evitaban la prohibición mediante la emisión de empréstitos obligatorios que se acababan impagados así como de tributos locales.

También exigía la Pragmática que se fundaran los Pósitos con el objeto de garantizar el abasto del lugar y de los caminantes en los periodos de escasez. Igualmente señalaba que en el caso de que hubiera exceso de trigo en las paneras, que era el nombre que recibían los graneros, y para evitar que se pudriera si no se le daba uso, el Ayuntamiento lo entregara a terceros contra la entrega de fianzas y el compromiso de su reposición con el que obtuvieran en la siguiente cosecha.

Y por último, la Casa del Pósito que aún pervive en muchos pueblos de España y que era el lugar donde se guardaba el grano debía de tener dos llaves, una de las cuales custodiaba el depositario y otra el regidor. Además se prohibía la apertura del mismo si ya había oscurecido para evitar suspicacias así como el almacenamiento de trigo ajeno.

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