EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL DESCONOCIDO CAMINO DE LOS TIPOS NEGATIVOS


El tipo de interés que aplica el BANCO CENTRAL EUROPEO a las operaciones realizadas con los bancos comerciales y que se denomina en el argot, precio del dinero o tipo oficial se encuentra tan cercano a cero – actualmente es del 0,05% – que la posibilidad de que se convierta en negativo es cada día mayor. Tras la reunión del pasado 22 de octubre, el presidente de la entidad, Mario Draghi anunció una revisión de la política monetaria que se concretaría en la reunión programada para el próximo 3 de diciembre.

En caso de confirmarse, entraríamos en un camino desconocido ya que nunca nos hemos movido en un mercado con el tipo oficial negativo, si bien, el Euribor, los tipos de emisión de la Deuda Pública de algunos países – entre ellos, España – y otros índices de referencia presentan rentabilidades negativas en determinados plazos desde hace algún tiempo.

La consecuencia inmediata sería la depreciación del euro  y un cierto impulso – se supone que fuerte – a la inflación de la eurozona, ese índice más protagonista de la memoria que de la realidad diaria desde hace algunos años. Otra cuestión que se coordinará con la bajada de tipos a negativo será la de la ampliación del programa de compra de activos, aumentando su volumen, composición y duración. En definitiva, seguiremos monetizando y por ende, mutualizando de modo indirecto, la deuda pública de los miembros de la eurozona.

Si hace unos años, en plena crisis de deuda, Mario Draghi anunció que la UE utilizaría toda su artillería monetaria para preservar el euro, hoy, la necesidad de la propia Unión es la de elevar la inflación hasta un mísero 2% con la intención de ayudar a reactivar la economía y animar la recuperación. Ya se sabe que la inflación baja, más cuando la sombra de una posible deflación está acechando desde hace meses o años, desanima a los compradores en tanto que la amenaza de que suban los precios suele provocar el efecto contrario. Lo que, por otra parte, es muy lógico. ¿Para qué voy a comprar algo que puede esperar si es posible que los precios bajen, se mantengan o, sencillamente, el esfuerzo requerido para adquirirlos sea menor mañana que hoy? O viceversa, claro.

La idea es sencilla, si los costes de financiación son bajos, hay cierto ánimo a endeudarse. O lo había. La crisis ha dejado escaldados a millones de consumidores de los países desarrollados que se apalancaron en exceso y que aún hoy, ocho años después del estallido de la crisis subprime, siguen pagando préstamos obtenidos fácilmente en la época de vacas gordas. Aún así, la crisis estranguló el crédito y el único que puede suavizar las condiciones para prestamistas y prestatarios y convencerlos de invertir es, a nivel europeo, el BCE. Además, sin inversiones es muy difícil que los veinte millones de desempleados que sufre la UE puedan reincorporarse al mercado laboral e incrementar la productividad de nuestra economía.

La inflación baja impide reducir la deuda por la vía de la pérdida de valor tan propia de otras épocas y eso, evidentemente, es negativo. Pero, a su vez, afloja el coste de su mantenimiento y permite una refinanciación indefinida a precios de saldo. Con una inflación plana y tipos bajos es fácil endeudarse para los países pero si los costes de financiación suben, y lo harán algún día, lo único que suavizará la carga de la deuda pública será la inflación.

La misión de la política fiscal, hoy, ha de ser asegurar la sostenibilidad de la deuda, en coste y plazos de amortización y ayudar al crecimiento. Si el ahorro de los estados en el pago de intereses se utiliza para gasto corriente y se incrementa la deuda, estaremos cavando nuestra propia tumba, ya que el día que aumente su coste el volumen de deuda será insostenible. Así que o se reduce el gasto innecesario o se invierte en estructuras públicas o público-privadas cuya tasa de retorno sea superior al coste de la deuda en un futuro, cuando se haya encarecido.

Aunque tiene sus dificultades y lógicamente sus detractores, el intento es bueno y puede funcionar. Lo más interesante será ver cómo reacciona la ciudadanía cuando vea que sus ahorros no tienen capacidad de generarle ingresos. ¿Gastará el dinero, lo invertirá o simplemente lo atesorará en casa? Ese es, sin duda, el mayor riesgo que correremos.

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