EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LA MODERNA DECIMATIO


Cuando el mítico Espartaco, al mando de un ejército de gladiadores y esclavos, puso en jaque a la mismísima República Romana, el angustiado Senado de Roma designó Pretor a Marco Licinio Craso para que liquidara la rebelión y diera ejemplar castigo a sus cabecillas. La derrota de diversas legiones a manos de un simple esclavo tracio había golpeado duramente el orgullo romano. Así que espoleado por la idea de dejar claro a sus subordinados que no iba a temblarle el pulso a la hora de decidir, Craso aplicó a las legiones que habían huido al mando de su predecesor una de las penas más crueles y excepcionales que recoge la historia de la disciplina militar, la decimatio. El castigo era, cuando menos, salvaje y como demostró reiteradamente su aplicación, ineficiente.

Aparece citado ya en tiempos de la Primera Guerra Púnica y se reservaba para los más graves casos de sedición y cobardía. El procedimiento era sencillo; los soldados encontrados culpables de tan graves faltas eran repartidos en grupos de diez, sorteándose entre ellos quien habría de morir ajusticiado por sus propios compañeros y ante el resto del ejército que asistía como espectador a la aplicación de la pena con la idea de que todos fueran conscientes de las duras consecuencias que les acarrearía su indisciplina o su falta de arrojo en la batalla. Tomaba el nombre de decimatio o vicesimatio según afectara a uno de cada diez o veinte soldados.

Pero Craso fue mucho más allá. Lo aplicó a todo el ejército, independientemente de cual hubiera sido su comportamiento en la batalla y además, obligó a los supervivientes a cambiar la ración de trigo por cebada y a pernoctar al raso, fuera de los campamentos, lo que les provocaba una enorme inseguridad. Evidentemente, Craso sólo consiguió desmoralizar aún más a la tropa. Diezmar un ejército – al fin y al cabo, el vocablo español proviene de decimare, matar a uno de cada diez – no es la mejor forma de incentivarlo.

La medida desapareció del código militar por su evidente ineficiencia, por el sacrificio de tan importante número de efectivos y por el hecho de que los generales, casi siempre patricios, solían ser exonerados de responsabilidad en la mayoría de los casos gracias a sus relaciones familiares e influencias. Si alguna vez más a lo largo de la historia se han aplicado castigos similares a los soldados, siempre ha sido con igual resultado; cuando no se han provocado motines o revueltas se han afrontado las siguientes batallas con tropas desmoralizadas, sin liderazgo y más preocupadas de salvar la propia vida que de ofrendar laureles a la patria.

Hoy, demasiados Directivos aplican sin saberlo alguna suerte de decimatio en la gestión de sus plantillas y como no podía ser de otra manera, obtienen los mismos resultados que Marco Licinio Craso, una tropa a punto del motín, desmoralizada no identificada con quien le manda porque es incapaz de liderarla y más pendiente de sus propios intereses que del futuro de la empresa.

Al fin y al cabo, la decimatio era una forma brutal y salvaje de trasladar las responsabilidades del generalato a la tropa. Un mal general puede desplegar sus fuerzas con soberbia, desatender la logística, no tener clara la estrategia de la contienda o fallar estrepitosamente en el planteamiento táctico ante el enemigo. Sin embargo, siempre es mucho más cómodo culpar a los soldados de la derrota aduciendo cobardía sin asumir los errores del mando. Del mismo modo, un Director General puede enfrentarse al mercado sin ponderar su fortaleza, obviar la propia estructura interna, no saber dónde quiere llevar a la compañía o cometer errores de gestión.  Pero es más cómodo culpar a los trabajadores de los malos resultados por falta de compromiso, argüir que no se identifican con la empresa o buscar cualquier otra excusa antes que admitir su pésimo planteamiento y asumir que él es el más claro responsable de la derrota ante el mercado.

Y si Marco Licinio Craso agrupó a sus hombres de diez en diez para que uno de ellos fuera asesinado por sus propios compañeros, ¿cuántos directivos no hacen algo similar al exigir informe sobre informe de superiores, subordinados e iguales para justificar, por ejemplo, un ERE, esa forma de muerte laboral tan tristemente habitual entre nosotros? O la forma en la que suelen decidirse subidas de salarios, gratificaciones, complementos o despidos en demasiadas empresas y que como de todos es sabido están más inspiradas por cuestiones extraprofesionales como son la amistad,  la empatía o los prejuicios. ¿Cuántos directivos apartan de su camino a quien le dice la verdad porque prefieren la adulación a la crítica?

Lamentablemente, esta forma de mandar, pues no es posible dirigir desde la soberbia y mucho menos liderar, es tan habitual como los comportamientos ineficientes que genera y que lastran las cuentas de resultados de infinidad de empresas y el crecimiento de sociedades enteras.

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