EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL JURAMENTO


Emitido en La Mañana de COPE Granada.

Desde que en Santa Gadea de Burgos, do juran los fijosdalgo, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo, tomara el Cid juramento a Alfonso, rey castellano, no habíamos visto en España un juramento tan raro. Y es que parece que los representantes de lo que ellos han bautizado como la nueva política han decidido cambiarlo todo; la indumentaria, el lenguaje, la ética, la estética y las costumbres.

De nada sirve recordarles que es innecesario jurar o prometer la Constitución añadiendo un largo y pesado estrambote más o menos reivindicativo. Es inútil advertirles de algo tan obvio como que todo el mundo acata las leyes tal y como están redactadas hasta que siguiendo los procedimientos establecidos, se derogan, reforman o sustituyen por otras. Más en este caso, ya que la propia Carta Magna incluye un Título completo, el X, denominado De la Reforma Constitucional que regula el procedimiento para la misma en cuatro clarísimos artículos – los números 166, 67, 68 y 69. Parece imposible convencerles de que son los representantes de la ciudadanía, elegidos mediante el sufragio universal, libre, directo y secreto de todos los los españoles y no Escarlata O’Hara poniendo a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre mientras solloza sobre la roja tierra de Tara.

Por todo eso, el circo de tres pistas protagonizado por los diputados y senadores de Podemos y de alguna que otra formación más, pasará a engrosar el anecdotario más jocoso y surrealista de nuestra democracia. Esperemos que se quede en la mera anécdota y no cree escuela. En caso contrario, a partir de ahora veremos a los diputados pijos jurar por Snoopy, a los futboleros por Messi o por Cristiano, a los cinéfilos por el guante de Gilda o el casco de Darth Vader y a los fans de Chiquito de la Calzada por la gloria de mi mare. Claro que como haya muchos de estos, nos íbamos a reír un rato. Ya los imagino presentando una proposición de ley para proteger a los siete caballos que vienen de Bonanza, cambiando los títulos académicos por etiquetas de Anís del Mono, el euro por el fistro y contestando ¡no puedor, no puedor! en la rueda de prensa posterior a los Consejos de Ministros.

La liturgia de la democracia no requiere de excesos, ni originalidades, ni de líricos romances, ni de puños en alto de tan infausto recuerdo. La garantía de un juramento se asienta en la simplicidad de una afirmación libre, incondicional y rotunda. Jurar la Constitución es aceptar que se asumen y se van a respetar los principios democráticos sobre los que se asienta y que el imperio de la ley y el estado de derecho van a seguir siendo protagonistas de nuestro día a día. El resto, sólo son fuegos de artificio y funciones de fin de curso.

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