EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL FANTASMA DEL PADRE DE HAMLET


ARCO DEL PERDÓN EN LA CALLE DEL COBERTIZO.BAEZA (ESPAÑA)

ARCO DEL PERDÓN EN LA CALLE DEL COBERTIZO. BAEZA (ESPAÑA)

La noche es gélida en el castillo real de Elsingor. Los centinelas se relevan al toque de campana que señala la medianoche. Dos de ellos, BernardoMarcelo, llevan varias guardias sufriendo la aparición de un espectro que suponen que es el del viejo rey Hamlet, cuyo hijo heredó su nombre pero no su corona, pues la viuda reina Gertrudis casó con su cuñado Claudio, aún caliente el cuerpo de su esposo. Temerosos de que les tomen por dementes invitan a su amigo Horacio a que les acompañe pues, en palabras de Bernardo, la noche pasada, cuando esa misma estrella que está al occidente del polo había hecho ya su carrera para iluminar aquel espacio del cielo donde ahora resplandece, Marcelo y yo, al tiempo que el reloj daba la una…

El fantasma deambula por el camino de ronda despreciando los ruegos de los soldados que a la noche siguiente, acompañados del mismísimo príncipe Hamlet vuelven a la muralla de palacio con la esperanza de volver a ver el espectro y sobre todo, de que su hijo lo reconozca, como así ocurre. En un remoto risco batido por las violentas olas del bravo mar del Norte y desde el que se divisa en la lejanía el Palacio de Elsingor, el fantasma del padre de Hamlet pide a su hijo que le prometa venganza pues fue asesinado por su propio hermano, el hoy rey Claudio.

Y a partir de ese momento, el drama. Hamlet duda de su visión, retuerce su mente indagando que vió realmente y que creyó ver. Y la tragedia avanza. El fantasma del padre de Hamlet es una de esas figuras literarias que sin tener un claro papel en la trama de la obra provocan todo el desenlace. Y lo hacen sin una motivación evidente, pues no es claro su mensaje, ni aún menos su intención. Realmente, no sabemos que desea, aparte de que se vengue su muerte. Pero es claro que su influencia acaba provocando, de un modo u otro, la muerte de su propio hijo.

Cuando en una organización empresarial quien ha de encabezarla se comporta como un fantasma que deambula por el camino de ronda del castillo porque no transmite claramente la estrategia de la compañía, no es claro en las órdenes ni en las intenciones, es incapaz de decidir y sobre todo, aparece sin regularidad ni aviso, la empresa se adentra en un estado de clara turbulencia y turbación.

Hay personas silenciosas que, antes de opinar, escuchan y observan a quienes les rodean. Pero también los hay que callan porque no tienen nada que decir y si acaso oyen y quizás ven, pero ni escuchan ni observan. La dirección de una compañía no puede inspirarse ni soportarse en la aparición extemporánea y sorpresiva de un jefe que nunca está porque su hábitat natural es un despacho de la planta noble, los salones de los restaurantes o las cabinas de los aviones. Como en el caso del fantasma del padre de Hamlet las instrucciones sesgadas, las opiniones poco meditadas, las contestaciones a vuelapluma y las apariciones escasas y dilatadas en el tiempo sólo generan confusión en los cuadros directivos. La misma que sufre Hamlet y que le lleva a la duda y a la melancolía en dos de las escenas más recordadas de la tragedia de Shakespeare que plasman a la perfección su azorado estado de ánimo. La duda, representada por uno de los monólogos shakesperianos por excelencia, el famoso To be or not to be, that’s the question y la melancolía con la que, al ver la osamenta de Yorick, recuerda al bufón que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros… y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita… Aquí estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito?

Desgraciadamente para él, Hamlet no es un héroe alentado por el fantasma de un padre muerto que le acompaña a lo largo de la obra, que le aconseja o le advierte del peligro como el personaje del terapeuta Malcolm Crowe que interpreta Bruce Willis en El sexto sentido y que consigue que el pequeño Cole sea capaz de convivir con ese extraño don que él resume en una frase: I see dead people y que en la versión española quedó mucho más conseguida gracias al archiconocido,  en ocasiones, veo muertos.

Los directivos de muchas empresas sufren el mismo sentido de orfandad que el joven príncipe de Dinamarca. Alguien les dijo algo un día, alguien les confundió en una ocasión, alguien no les transmitió una sencilla estrategia, ni un plan de negocio; simplemente pasó por allí. Lo terrible es que aquel fantasma del padre de Hamlet era el señalado para aferrar el timón de una nave que, realmente, avanza sin rumbo fijo, ni puerto de destino porque nadie conoce, ni siquiera de soslayo que pasa por la cabeza del fantasma que deambula por el camino de ronda.

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